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martes, 27 de agosto de 2013

La plaza del arquero


Hace mucho tiempo, aquí… ¡sí! Aquí mismo, vivió un héroe. Cuentan que la ciudad estaba siendo asediada por una horda de sombras imparables. De tal magnitud era el ataque que incluso el propio Rey de Nogmiah se colocó su armadura, desenvainó su espada y embrazó su escudo para lanzarse a la batalla contra la oscuridad. Los centinelas intentaron encender las almenaras para pedir ayuda a otros reinos, pero las sombras se cernían sobre las piras, extinguiendo toda luz, y la posibilidad de salir con vida de aquel envite. Se propagaban por las calles, acabando con todo aquel que encontraban, apagando sus sueños y consumiendo a los habitantes de esta ciudad. No había espada capaz de abatirlas, ni escudo que protegiera de su maldad.

Todo parecía perdido cuando en la inmensa plaza, vacío de toda esperanza, débil y herido, el Rey clavó una rodilla en la tierra y su espada delante de sí. Sin una llamada, sin una tenue luz… la ayuda no llegaría a tiempo.

Fue entonces cuando, en medio de aquella implacable oscuridad, surgió esa llama. Se trataba de un joven, que con el arco en la mano prendió su última flecha con los retazos de la vida y la inocencia que aún le quedaban, y disparando hacia el cielo, una estela azulada iluminó la noche… y a lo lejos, justo antes de que él cayera, las almenaras de reinos vecinos se prendieron en respuesta.

Él jamás lo vería, pero la ayuda estaba en camino.


Y por eso, niños, este lugar es conocido como “la plaza del arquero”, en honor a ese valiente joven que dio su vida para que este lugar y sus gentes pudieran vivir para ver otro amanecer. 

domingo, 23 de diciembre de 2012

Handûr

Cuentan que hace mucho tiempo, en un lugar extraño en medio de ninguna parte, moraba un espíritu de la tierra. El nombre de aquella mujer se perdió entre las páginas del tiempo, más allá del sonido del viento y el agua. Dicen que sus cabellos eran tan largos que penetraban como raíces en la tierra, que de las puntas de sus dedos brotaban pequeñas y verdes hojas, que su risa era como el leve trino de las aves azules y en sus ojos se podían ver tantos caminos como destinos buscase el hombre. Campaba por doquier a su antojo, haciendo florecer los campos, reflejando su imagen en cada arroyo, velando los sueños de los arboles… hasta que estalló la guerra. El verdor se tiñó de sangre, la tierra, empapada de oscuridad era incapaz de preñar su vientre de frutos, el agua fresca ardía en la garganta… y su hermosura y su poder se marchitaron. Tanto lloró la dama que se secaron los ríos en su nombre, y llorando la encontró un joven soldado herido, con el alma deshilachada y los ojos cansados, y le dio tanta pena ver algo tan hermoso destrozado que la tomó en brazos y se la llevó de aquel lugar. 
Caminaron durante horas, días, semanas… hasta que llegaron al pie de una montaña, justo al lugar donde la piedra entraba en la tierra. Y en la entrada, quizá como un recibimiento, una flor roja había conseguido sobrevivir al mal que asolaba aquellos tiempos. Abandonando la fuerza de la roca que le había hecho resistir, el guerrero se dejó caer de rodillas dejando a la doncella acurrucada al lado de la flor. Su respiración comenzó a menguar y sus ojos a cerrarse mientras la joven inspiraba el suave aroma de aquel diamante rojo. La dama se acercó a los labios de él y tomó su último aliento como regalo. 
Dicen que se levantó un fuerte viento, como si el aire volviera a los pulmones del muchacho, y que a un gesto de ella, tomó la forma de un enorme gigante de piedra, con la fortaleza que bien había probado. 
Nadie sabe qué pasó después, pero los más ancianos aseguran que ambos viven bajo la montaña, y que la guerra no conoce aquel recóndito lugar, pues Handûr, el Gigante de Piedra, lo protege en compañía de su dama.

martes, 18 de diciembre de 2012

El origen



Metáfora existe desde que lo hace el miedo, pero no siempre fue una tierra de luz. Cuentan que al principio todo estaba oscuro, que las tinieblas habían atrapado al alba y las sombras eran tan espesas que el aire se pudría antes de llegar a los pulmones. La tierra estaba marchita, nada crecía, ni una flor, ni un sueño. El sol era una leyenda sobre la que no se hablaba, pues en ese lugar no había nadie vivo. Solo la noche permanecía, la noche, las pesadillas… y el frío. Pero un día, posiblemente en algún momento al borde de la desesperanza, alguien se atrevió a soñar, a creer que algo mas sería posible con tanta fuerza y anhelo que se encendió una llama que hizo incendio entre las sombras de aquel mundo, esa llama se propagó, extinguiendo a las pesadillas y encerrándolas en un pequeño reducto de aquel basto lugar al que llamaron “Tierra Oscura”.
Entre tantos sueños, entre tanta algarabía y felicidad, la luz se apoderó del mundo y la vida floreció como los campos en primavera, y como si la naturaleza respondiera con ímpetu ante tal destino, se alzaron enormes montañas que rozaban las nubes, plagados sus caminos de laberintos y se derramó un embravecido río, ambas fuerzas conjugadas para impedir que la oscuridad volviera, que resurgiera de allá donde se las confinó.
Pero el mal se alimenta del mal y ninguna prisión es imperecedera, y dicen los viejos magos, los cuentacuentos y algunas brujas, que algún día el hombre soñará con cosas tan terribles que esas pesadillas disfrazadas de dulces sueños volverán a brotar de las entrañas de Tierra Oscura, y como un manto negro devolverán a Metáfora la noche que les pertenece.

domingo, 10 de junio de 2012

Las Lágrimas de Kaliana


 

- Esta historia comienza en un pequeño pueblecito donde hace mucho, mucho tiempo, Ethron y Kaliana unieron sus caminos. Como en gran parte de los cuentos, su amor estaba prohibido, pues los dos se encontraban ya prometidos a unos desconocidos. Los jóvenes amantes se encontraban cada luna llena a orillas del lago, donde el viento alzaba la voz para que nadie pudiera escuchar sus palabras. Pero una noche de invierno, Ethron no acudió a la cita. Kaliana lo buscó desesperadamente con la punzada de un mal presentimiento latiendo en su pecho y su corazón se detuvo cuando al fin lo vio, tumbado en la superficie del agua helada, pintando el hielo de rojo mientras la luna se derramaba sobre él.  Dicen que Kaliana corrió hasta él y lo recostó en su regazo hasta que a los poco minutos murió entre sus brazos. La joven rompió a llorar suplicando a Lianah que se lo devolviera, y las lágrimas que vertió desprendieron una luz cegadora que al desvanecerse la hicieron sonreír al ver los ojos de Ethron abrirse y las heridas de su cuerpo cerrarse a una velocidad milagrosa. Cuenta la leyenda que en la luna del mes más frío del año, en mitad del gélido lago, crece una flor cuyo néctar es capaz de devolver la vida a un ser amado…

- Pero padre, eso solo son historias, ¿no? – Isabel y Juan lo miraban con los ojos muy abiertos

- Es posible, hijos míos… - Zachary esbozó una sonrisa, le revolvió el cabello a Juan y con el dedo índice dio un leve toque en la nariz de Isabel - pero todas las historias nacen de alguna parte…

domingo, 11 de marzo de 2012

Silencio


Vuelve a soplar el viento frío. Las sombras se apelmazan en el alma, los sueños se amotinan.


Un bebé llora en su cuna, su madre no consigue apaciguar su llanto. El pequeño aún desconoce los monstruos bajo la cama, el hambre, la enfermedad y la miseria, pero su diminuto corazón tiembla de miedo al compás de la tormenta.
Él siente lo que se avecina, y como una plaga su lamento se contagia más allá de las nubes, a través de las montañas, haciendo enmudecer al silencio.



Vuelve a soplar el viento frío... y con él, la luz de la vela se apaga.

Donde los sueños tienen tanto poder,
las pesadillas devoran el alma.

viernes, 11 de febrero de 2011

Valle de los Perdidos


Lo que no te cuentan, lo que nunca se escribe son las historias que no tienen un final feliz, las que no traen sonrisas implícitas en sus páginas.
Se dice que hay un sitio, más allá de las promesas y la esperanza, de los sueños y las alegrías, un lugar donde terminan las aventuras y ningún color tiene sentido... un lugar donde va a parar quien se rinde, quien abandona...
Un cementerio de almas, un amplio valle cubierto por un manto plomizo que nunca desaparece. Y clavados a sus entrañas, como orgullosos estandartes de muerte, un sinfín de espantapájaros que lloran ceniza y barro cuando comprenden que nunca debieron dejarse morir en vida, pues los sueños son lo único que tenemos. Despojados de ellos, no somos sino huesos y silencio.