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domingo, 21 de junio de 2015

Malas nuevas

- No hay muchas cosas que yo vaya a decir de forma desinteresada… Majestad – una voz sibilina salió de entre las sombras y Dracul se giró enarcando una ceja. Sabía bien de quién era esa voz 
- Lucio Petrelli… ¿en qué puedo ayudaros? – sonrió. No era la primera vez que hablaba con aquel diablo, y tenía muy claro que entrar a su juego podía ser terriblemente peligroso, a la par que tentador - Veo, Majestad, que no me escucháis… soy yo quien puede ayudaros 
- ¿De veras? – Dracul se apoyó en el alfeizar de la ventana y le hizo un gesto para que continuase hablando – Por favor, iluminadme 
- ¿Y si os dijera que se han llevado a vuestra esposa y a vuestro hijo? 
- Os respondería que no tentaseis a la suerte, no soy alguien a quién enfadar, señor Petrelli – volvió a incorporarse despacio, esta vez con el ceño fruncido – ¿Qué tipo de broma o acertijo es esta vez? 
- No es una broma, no es una amenaza, no es una promesa… es un mal presente, Majestad… - fueron sus últimas palabras antes de desaparecer en un remolino de polvo y tinieblas 

No tenía forma de probarlo, pero sabía que decía la verdad. Una decena de escamas empezaron a dibujarse en su piel, sus ojos se tornaron ambarinos y sus músculos se tensaron. 

- Majestad… - Ardeth, como si pudiera sentir todo lo que se moviera en el castillo, apareció repentinamente a espaldas de Dracul - ¿Qué ocurre? 
- Se los han llevado… - la voz del príncipe parecía romperse por momentos, como si se adornase con un sonido gutural 
- ¿A quiénes se han llevado? – el consejero colocó una mano en el hombro de Dracul, que se giró despacio clavando unos ojos reptilianos y dorados sobre los del hombre, que en su compostura no pudo evitar estremecerse 
- A mi familia

viernes, 19 de septiembre de 2014

Diario de a bordo

Theris, Olson, Meior y Florence han caído.
Ni siquiera hemos podido darles una despedida digna, solo unos minutos de silencio han debido bastar. Espero que encuentren el camino a través de las profundidades.
Las Fauces no nos lo han puesto fácil. Los daños en cubierta son inestimables, pero sin duda lo peor es el ánimo de la tripulación. Por suerte el casco no está dañado, pero habrá que hacer algo con la mayor y el trinquete si queremos llegar a tierra… sea lo que sea eso al otro lado del fin del mundo.
El cielo tiene un tono violeta al atardecer y es aún más difícil que de costumbre distinguir el horizonte. Las aguas son tan negras como el cielo cuando cae la noche, y parece que el barco flota en la inmensidad de un océano negro y desconocido.
Dos días después de navegar más allá de Las Fauces aún no hemos avistado tierra, ni otro navío, ni siquiera un pájaro… nada.

¿Serán ciertas, después de todo, tantas leyendas sobre este inhóspito lugar?
Supongo que pronto lo averiguaremos.




James Hook

martes, 22 de julio de 2014

Guardemos el secreto

"Espera fuera", me dice. Por supuesto, obedezco.

Debo reconocer que es una princesa bastante particular, que desde luego no tiene la etiqueta requerida pero que... bueno, lo intenta. En más de una ocasión debe olvidar que permanezco invisible y atento tras ella, cubriendo sus espaldas para cualquier ataque improvisto... debe olvidarlo porque pierde las formas sobremanera. Sin embargo no estoy en mi posición para juzgar, ni siquiera para opinar. Mi trabajo es sencillo: protegerla.

Nada más, y nada menos.

Pasan las horas y con su paso la lluvia aprieta fuera. Busco algún sitio que me permita estar a resguardo sin apartarme y sin perder de vista la entrada de la pequeña casa del lago. Por suerte la naturaleza decide apiadarse de mí y encuentro un árbol más o menos grande, pero hueco. A las ardillas que duermen dentro no parece importarles dejarme un rincón.
En este lapso de tiempo me llama la atención ver al señor Sheldon salir con un vestido sucio en las manos, empaparlo en el lago, frotar lo suficiente y después volver a entrar en la casa con la ropa chorreando.

Enarco una ceja, pero nada más.

No pasa demasiado rato hasta que veo salir a la princesa, y me dispongo a levantarme y seguirla a pocos metros, como es costumbre, cuando algo me deja parado en el sitio... El señor Sheldon sale tras ella, coge su rostro entre las manos y la besa en los labios. Durante un momento mi mano va al arma, pero solo puedo sonreír y negar con la cabeza cuando la respuesta de ella es una sonrisa triste, un gesto de despedida y una frase que el bosque y yo guardaremos en secreto.

jueves, 20 de marzo de 2014

Una noche cualquiera...

La ciudad se encontraba en calma, las calles desiertas y la Torre de la Luna se alejaba poco a poco mientras sus pasos le conducían a ninguna parte. Námerok era un reino curioso, con una corte más curiosa aún y que siempre se encontraba envuelto en un sinfín de movimientos incesantes, como una partida de ajedrez que no terminaba, solo paraba para respirar brevemente.
Solía escabullirse algunas noches, en compañía de al menos una de las lunas, para salir a pasear por la ciudad. Le encantaba el silencio, la apariencia de tranquilidad. Imaginarse a las familias cenando sentadas a la mesa de un fuego pobre agonizando en una chimenea. Le gustaba la idea del niño colgado del cuello de su padre, pidiéndole que lo lleve a dormir o incluso que le lea alguna historia. Una postal de cuento. Una postal, al fin y al cabo.
Caminaba tranquilo, cuando un llanto le desconcertó. ¿Un bebé? “No… un bebé no suplica”.
Se acercó con el paso acelerado al lugar de donde provenía el ruido, parándose en la entrada de un pequeño cobertizo y contemplando la escena desde las sombras. Un hombre corpulento, bien parecido pero con el ceño visiblemente fruncido asestó un golpe a una joven que le miraba con cara de horror y los ojos cuajados de lágrimas. La chica cayó al suelo inmediatamente después de que el hombre le cruzase la cara, pero la cosa no terminó ahí. Ella se cubría el rostro y la cabeza con las manos, y aquel mastodonte le propinó una patada en el estómago. Mario dio un paso, lento pero firme. El tipo lanzó otra patada, y Mario continuó avanzando hacia él hasta quedarse a escasos metros.

- Disculpad – carraspeó y el hombre se giró con brusquedad
- ¿Qué demonios quieres? – su expresión era la de un animal enloquecido, incapaz de contenerse, escupió al hablar
- Que paréis
- ¿Y a ti que te importa? – el hombre dio un paso hacia él, amenazador - ¡Largo! – gritó haciendo aspavientos con la mano
- Veréis, de hecho sí que me importa. Respondedme a una pregunta, ¿cómo puede vivir un hombre con el corazón tan frío? – Mario permaneció quieto, viendo acercarse al tipo y dejando que este le cogiera de la blusa y lo levantase
- Mira, pequeñajo, voy…

Pero no pudo, sea lo que fuera que quería hacer. Las palabras no salieron de su boca, solo un aliento frío. El hombretón dejó caer a Mario, que se ajustó la camisa mientras la tez del tipo palidecía por momentos. Sus ojos comenzaron a perder el color, sus labios a amoratarse, su piel a llenarse de escarcha y su cuerpo a quedarse cada vez más rígido. Mario dio un paso atrás cuando una estaca de hielo carmesí nació del corazón del hombre atravesándole el pecho, sin más sobresalto que el sonido de algo rompiéndose.

- Ya veo… - Mario sonrió – No puede

Pasó al lado de la macabra estatua y se acuclilló al lado de la muchacha, que había caído inconsciente a la segunda patada. Le apartó el cabello del rostro, que estaba cubierto de sangre, y descubrió un feo golpe en la sien. Negó en silencio y le acarició la cabeza con ternura.

- ¿Qué hago ahora con vos?

miércoles, 19 de marzo de 2014

El Rey Bastardo

Todo dormía en aquel pequeño fuerte donde la propia piedra les ofrecía cobijo y reposo. No había sido una noche sencilla, pero como siempre el momento de descansar había sido abrazado con mucho gusto por la mayoría.
La piedra que hacía de puerta en aquella extraña posada conocida como “El Rey Bastardo” se abrió despacio y sin hacer ruido. Un hombre de aspecto fatigado pero con los ojos vivos y atentos lanzó un vistazo alrededor antes de descubrirse el rostro echando la capa sobre una silla. Solo una persona se encontraba despierta aún, y el muchacho le observó de arriba abajo, buscando heridas y otras pistas que le pudieran resumir su última escapada.

- ¿Los demás? – el recién llegado se dejó caer sobre una de las sillas apretando los ojos con fuerza
- Descansando, Rasour… - el joven cerró el libro que tenía entre las manos y se acercó a su compañero, apoyándose en la mesa que tenía en frente y negando con la cabeza – Tenéis un aspecto horrible
- Siempre tan amable, señor Givyn – sonrió
- Oh, creedme, he sido amable – asintió haciendo un amago de acercarse al hombre - ¿Puedo?
- ¿Serviría de algo que dijera que no?
 - No, pero como decís, intentaba ser amable… - con un gesto de manos lento, unos dedos de humo comenzaron a filtrarse por el chaleco de Rasour, abriéndolo y dejando a la vista una camisola que en algún momento al principio de la noche debió ser blanca – Muy bonito… ¿cómo lo habéis hecho? Doña Solana os curó esa herida
- Sí, antes de salir, fuera la cosa se complicó
- ¿Vais a decirme ahora para qué esta… escapada?
- Liberamos a demasiada gente esta noche, muchos iban a estar correteando por ahí hasta que la guardia los volviera a coger, la emprendiera a golpes con ellos y les encerrasen de nuevo, o les matasen
- Y los habéis puesto…
- A salvo – suspiró - ¿Cómo va todo por arriba?
- Todos descansan, Elden sigue en la habitación con ella… pero no sé si pasará de esta noche
- Tiene que hacerlo – Rasour lanzó un vistazo hacia las escaleras – Si ha sobrevivido a aquello puede con esta noche. ¿Qué hay de los nuevos?
- El muchacho… el… ¿granjero?
- Ya… granjero… - Rasour sonrió – No sé qué historia trae consigo, pero no es un simple agricultor, metería la mano en el fuego por ello
- Mejor dejad de heriros gratuitamente esta noche – Givyn soltó una carcajada – Pero es cierto… es más que eso – se encogió de hombros - ¿Quién sabe? Quizás más allá del espejo los granjeros sean distintos… - añadió despreocupadamente
- ¿Más allá del espejo? – Rasour se inclinó hacia su compañero – Contadme más

lunes, 17 de febrero de 2014

Paseos a media noche

Era ya muy tarde, y su mirada no se apartaba de la ventana. No dejaba de dar vueltas en la cama, nerviosa. Normalmente no le costaba en absoluto conciliar el sueño, pero esa noche era distinto. Tenía dentro de sí un extraño sentimiento de inquietud que no podía comprender. Retiró la sábana despacio, como niña que huye en la noche. Se colocó un batín de seda de color rosa pálido sobre el camisón, y abrió la puerta con cuidado, mordiéndose los labios como si aquello pudiera evitar que los goznes chirriaran. Miró a izquierda y derecha y suspiró de alivio al ver el pasillo vacío.
Puso un pie descalzo fuera, y luego otro, y sonrió como si hubiera superado la primera prueba de una gran aventura. Avanzó por el enorme corredor con cuidado, sin hacer el menor ruido. El castillo siempre se le hacía inmenso de noche, se sentía tan pequeña como si estuviera perdida en cualquier calle de la capital. Sus pasos la llevaban sin preguntarle a la cabeza dónde quería ir, hasta que prácticamente se topó con una puerta. Tenía el marco adornado con pequeñas lunas, al igual que la suya, y la abrió sin miedo, sabiendo que se encontraría vacía. Entró y cerró tras de sí, apoyándose sobre la madera y mirando la habitación.
La ventana estaba abierta y algo de brisa mecía las cortinas azuladas hacia adentro, como si fueran espectros asomándose al dormitorio. Avanzó hasta el tocador y abrió el cajón, buscando su tesoro. Aquel dibujo siempre la hacía sonreír, le hacía imaginar partes de su niñez que no recordaba. En él aparecían dos niñas, una más pequeña que otra. La mayor tenía en sus manos un cesto de fresas y la pequeña parecía afanarse por cogerlas. No es que fueran los mejores trazos del mundo, pero sí que eran las mejores sonrisas jamás dibujadas.
Paseó los dedos por las redondas caritas de las niñas y un gesto de melancolía turbó su expresión. Apenas un segundo después, sacudió la cabeza un par de veces, soltó el dibujo rápidamente y cerró el cajón con un sonido sordo de forma repentina. Lanzó un último vistazo a la sala, esperando encontrar a alguien, y salió dando la espalda a aquello, como quien huye asustado de un fantasma.
Cruzó el pasillo de nuevo, esta vez a la carrera y sabiendo muy bien adónde iba. Se detuvo delante de una puerta y tocó cuatro veces. Luego esperó. Mientras aguardaba, miró en todas direcciones, temiendo que alguien la hubiera visto. La puerta se abrió y dos ojos claros y serenos se cruzaron con los suyos, asustados y con promesa de lágrimas.
- ¿Qué os ocurre? – la voz de él era calmada y su mirada trataba de averiguar con premura qué podría pasarle a ella
- Céfiro… ¿puedo dormir con vos? – no había soberbia, no había orden en sus palabras. Era una niña, una niña con corona y pesadillas – Me… me siento sola
- Vos no estáis sola, Majestad – sonrió él tendiéndole la mano e invitándola a pasar

jueves, 2 de enero de 2014

Lealtad

Bajo la vista en este tétrico lugar. Definitivamente, la chaqueta hace mucho al vestir a un hombre. Aquí dentro ninguno lo parece, más bien somos bestias confinadas tras los barrotes. Saben los dioses que en muchos de los casos es precisamente ese el papel que encarnan los aquí presos. Otras veces, sin embargo, no son menos víctimas que las que suponen suyas.

Crímenes… lo único que está claro es que la sangre se paga con sangre, que la traición se paga con sangre, que la cobardía se paga con sangre, pero… ¿y la lealtad?

Hace años pagué un alto precio por esta corona que defiendo. No hay mayor herida que puedan hacerle a un hombre, y no hay herida que puedan hacerme para que traicione aquello en lo que creo.

Levanto la mirada, pero echo la vista atrás. Otros dirían que ha llegado el momento de rendirse, de bajar los brazos de una vez por todas y dejar al destino seguir su rumbo.

Pero no es eso lo que me enseñaron a hacer, y tampoco seré desleal a mí mismo.



martes, 24 de diciembre de 2013

Un nuevo comienzo

El rugido en mi estómago.

Mi corazón late con fuerza.

El aire está más limpio que nunca, el sol brilla con tanta fuerza que me duele. Las nubes han recuperado la forma de antaño, dibujan criaturas, cuentan historias que dejé de contemplar cuando llegó la sombra. No hay oscuridad en mis ojos. No siento el ansia, ni el hambre, ni la quemazón en el pecho que lucha contra el instinto de sobrevivir.

Calma. Silencio. Nada se agita en mi interior, soy dueño de mí mismo otra vez.

Quizás los dioses les mandaron en respuesta a tantos años de súplica. Nunca imaginé que fueran a responderme de una forma tan ruidosa.
Es como volver a nacer. Veo de nuevo la luz que las tinieblas atrapaban, y se lo debo a ellos.

Doy vueltas al anillo en mi dedo anular.
“Enid, creo que es hora de iniciar otro cuento”.


No sé qué ocurrirá ahora, no sé qué misterios esconde la niebla de este extraño lugar llamado Londres. Solo tengo una certeza: por primera vez en mucho tiempo, estoy en casa.

Lecciones

“Buena travesía”
Es todo cuanto puedo decir, un par de palabras y una sonrisa, mis mejores deseos y un silencio que permanece conmigo.

De algún modo, la gente a la que estimo, acaba marchándose. Las he visto partir de tantas formas que podría escribir un libro. Unos han ido a la guerra, para no volver. Otros han marchado en pos de sí mismos y se han extraviado por el camino, convirtiéndose en algo que no estaban destinados a ser. La decepción ha hecho que algunos también se embarquen, quizás para siempre. La muerte se ha llevado a otros tantos y las aventuras han raptado a muchos, apartándolos a cualquier rincón del mundo.
Las despedidas, en fin, siempre me dejan un sabor amargo. Pensaba que no habría “adiós” posible que no doliera un poco. Y sin embargo y para mi sorpresa y alegría, aún tengo mucho que aprender.

“Buena travesía”, os deseo. Que las estrellas y los dioses estén con vosotros pero sobretodo, sobretodo… que no os olvidéis de ser quienes al fin y al cabo me han dado una lección:

Amarga es la despedida… salvo que te deje en los labios el sabor y la promesa del reencuentro.


Gracias.

lunes, 2 de diciembre de 2013

¿Por qué?

Frío... como si hubiera pasado horas a la intemperie y una rociada me hubiera calado hasta el alma. Tengo el cuerpo entumecido pero a pesar de esta sensación las manos me arden en el lugar donde hace unas horas hubo runas dibujadas. Abro los ojos y agradezco que apenas haya iluminación, puesto que la poca luz que hay me araña las pupilas.
Al mirar a mi alrededor lo primero con lo que tropiezo es con la sonrisa tranquila de la señorita Filia Van Tassel. Esa sonrisa es condenadamente contagiosa y no puedo evitar devolvérsela.

- ¿Estáis bien, Zack? - habla bajito, sin llegar a susurrar
- Vivo... lo cual creo que es... - mi sonrisa se borra, "y si yo estoy vivo..." - Señorita Van Tassel, la muchacha, ¿está...?
- Viva, y sorprendentemente ilesa. Moristeis, Zack... ella y sus amigos os trajeron de vuelta con ayuda de Kaliana
- Me... ¿trajeron? - mi preocupación se desvanece, se cambia el puesto con la sorpresa, aunque por una vez es una sorpresa agradable - El resto de ellos, ¿cómo están?
- Heridos, recuperándose de sus lesiones y tomando algo caliente. Alasther está bajo nuestra guardia y así permanecerá hasta que El Espejo se reúna. Ellos quieren hablar con nosotros, es lo mínimo que les debemos
- Tenéis razón, señorita, es lo mínimo... - asiento terminando de incorporándome


"¿Por qué me han salvado la vida?"

domingo, 1 de diciembre de 2013

Inalcanzable


Al fin entre mis brazos, su mano entre las mías.
Quizás sea cierto después de todo que no se puede coger una estrella, pues cuando por fin la sostuve ella ya no estaba conmigo.
Se me parte el alma, no hay más luces esta noche.


El primer beso que le di… fue para decir adiós.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Malos hábitos

Abrió los ojos sobresaltado. Otros ojos claros se encontraban a pocos centímetros de los suyos. Sus ojos se abrieron de par en par, los de su visitante permanecían serenos. Trató de decir algo pero los dedos del muchacho se posaron sobre sus labios.

- Shhh… - negó con la cabeza, recomendándole al soldado que no gritase, que no alzase la voz más de lo debido y retiró los dedos llevándolos al cinto, donde una pequeña y retorcida daga descansaba aun dentro de su vaina
- ¿P… por qué? – desprovisto de sus armas y armadura, el hombre no sabía a qué aferrarse - ¿Vais a matarme? – susurró tragando saliva
- No – respondió el joven volviendo a negar con la cabeza levemente – Conservaréis vuestra vida, solo perderéis la lengua esta noche – su expresión era tranquila mientras desenvainaba la daga con un breve destello
- ¿Mi… lengua? ¿P… por qué? – no pudo evitar retroceder, pegando su espalda contra la pared
- Por uso indebido. Alguien quiere que la mantengáis lejos de las esclavas. Intentad no moveros
- Kha… Khalid…

domingo, 22 de septiembre de 2013

Cabúm

Es curioso como en la mayoría de las ocasiones las cosas no son lo que parecen. A veces son mucho peor, y otras, si hay suerte, mucho mejor.

“Tiene algo que me escama”. Tu percepción está intacta, Arthur.

De todas las cosas que podíamos pensar que estarían pasando en realidad, supongo que ninguno de nosotros esperaba verle estallar al cruzar la última de las puertas.

“¿Dónde está el truco?”, pensé cuando Emily dijo lo que había visto, pero después de que Aeryn contase su parte… bueno… ¿y si no hubiera truco? No sería ni el primero ni el último que va persiguiendo algo que está perdido desde que comenzó su camino y aun así, engañado y esperanzado, continúa avanzando.

¿Sabes qué, chico? Sigues sin gustarme un pelo, pero al menos ahora tenemos algo en común: gente a la que proteger.


jueves, 5 de septiembre de 2013

Un amargo regreso

Dos semanas. Apenas habían pasado dos semanas desde que Tomás llegó a tierra, de nuevo a la pesadilla que hacía no tanto había dejado atrás.
El uniforme, las armas. El barro, la pólvora, la sangre. No podía echar de menos nada de eso.
Dieciocho años, esa era la edad exacta del muchacho que desde que desembarcó se le había pegado como una lapa. Su nombre era Fernando, y tenía unas ganas atroces de aprender, aunque Tomás no sabía exactamente qué quería aprender, pero ahí seguía.
Les habían golpeado con dureza la noche anterior y se encontraban descansando el cuerpo y tratando de, no sanar, sino evitar que sus recientes heridas les concedieran un paseo rápido al más allá.
Tomás limpiaba algunos cortes en su brazo derecho, superficiales todos pero no por ello necesitados de menos cuidados. En la guerra, una herida que no se limpia puede ser la última. Permanecía en silencio, haciendo vagar los ojos de un lado a otro del amago de campamento que habían conseguido organizar.
Una sombra que poco a poco tomó la forma de un joven, desaliñado y con una pronunciada cojera, se acercó a él cuadrándose a pocos pasos de su persona.

      - Capitán
      - Relajaos, Fernando – Tomás hizo un gesto con la mano, señalando a su lado
      - Sí, capitán – el muchacho tomó asiento a su lado, no sin mostrar una leve mueca de dolor al hacerlo
      - ¿Qué le ocurre a vuestra pierna?
      - Nada, señor, solo un rasguño – sonrió con franqueza, plegando levemente al hacerlo la que en breve sería una nueva cicatriz en su cara
      - De ser así, no os importará que me asegure – dijo simplemente, manteniéndole la mirada
      - Cla… claro, capitán – suspiró arremangándose la pernera del pantalón

La expresión de Tomás no cambió, aunque su percepción de un “rasguño” debía ser distinta de la del muchacho. No le costó demasiado adivinar de qué se trataba y al presionar levemente alrededor de la herida, un fino hilo de pus se deslizó por la pierna del chico.

      - ¿Una bala?
      - Sí, capitán – el muchacho abrió mucho los ojos, apenas le habían hecho falta un par de minutos para deducirlo y supuso que, ciertamente, los años en el campo de batalla son el mejor de los maestros – Pasó rozando, pero lo suficiente como para que…
      - Está infectándose, si continúa así puede extenderse la infección y en el mejor de los casos habrá que amputaros la pierna – Tomás volvió a alzar la mirada hacia el chico, que había cambiado la expresión de sorpresa por la de pánico
      - Y… y… ¿y en el peor… c-capitán?
      - No creo necesitar explicároslo, ¿cierto? – el chico tragó saliva

Tomás cogió su pequeño petate, una especie de bolso de cuero que le había regalado su cuñado antes de partir con varios frascos dentro. No sabía exactamente qué efecto tendría, pero merecía la pena probar. Cogió uno de los frasquitos, que se había asegurado de etiquetar para poder reconocer y distinguir el uso de cada uno, y lo abrió.

      - ¿Qué es, señor?
      - Medicina, si estoy en lo cierto, es posible que evite que se extienda la infección – el chico asintió y Tomás hundió un par de dedos en el emplasto y lo pasó sobre la herida. Un leve resplandor iluminó durante un instante la zona donde estaba untando la cataplasma
      - ¡Capitán! – el joven dio un rápido tirón de la pierna, y se santiguó un par de veces muy rápidamente para luego susurrar – Eso es brujería, capitán
      - Sea lo que sea, Fernando, podéis aplicároslo y rezar, o no hacerlo y en breve posiblemente os estéis santiguando ante el Altísimo. Ahora decidme – le señaló el tarro – ¿Qué preferís?
      - El… - dijo tragando saliva – El fuego del diablo bien vale contra él, señor
      - Eso dicen – asintió con una leve sonrisa volviendo a aplicar el emplasto


Eso sí, esta vez el muchacho no miró lo que ocurría. 

sábado, 24 de agosto de 2013

Decir adiós

Algunas estrellas parpadeaban, otras estaban demasiado nerviosas por lo que iban a contemplar, supongo que no querían perderse ni un solo instante de lo que, al amparo de la noche y haciendo cómplice a la luna, iba a ocurrir en aquel lugar. La suave brisa mecía las hojas, haciéndolas crujir en su sueño en las ramas, o bailar alzándolas del suelo con ligereza.
Bajo una capa, solo la sonrisa inquieta de una mujer se asomaba. La dama se retorcía los dedos, su pecho se hinchaba y deshinchaba visiblemente, hay quien diría que por la fuerza con la que tomaba aire, pero yo… yo me inclino a pensar que era el corazón, palpitante de júbilo e impaciencia, desbocado e indiscreto.
El sonido de unas pisadas lentas pero firmes casi le paró la respiración. La doncella alzó la vista, pronunciando aún más la sonrisa y su nerviosismo. Los pasos se detuvieron a poca distancia de ella, sacando de las sombras a otra figura, masculina esta vez, pero igualmente encapuchada e incluso levemente sonriente.
Pasaron así… veinte segundos, quizás, un breve instante que pudo prolongarse días, y un silencio parlanchín que no parecía querer callar.

-          Según la ley, debería mataros – el caballero decidió romper esa calma, hablando despacio y bajito
-          Y no habría de poner impedimento alguno, mi señor – su voz, la de ella, era suave y serena a pesar de su agitación

El hombre avanzó y ella hizo una inclinación bajando la cabeza aun cubierta por la capa. Él permaneció quieto un momento, sin saber muy bien qué hacer. Ninguna estrella parpadeó entonces. Su mano derecha se posó con suavidad en el mentón de ella, haciéndole alzar la cabeza, y la izquierda retiró con cuidado su capucha hacia detrás, dejando ver por fin a la mujer que se escondía en su sombra.

-          ¿Qué hacéis aquí? – preguntó él, tragando saliva, aun con el rostro de ella sujeto y la mano sobre su cabello
-          Nunca pude despedirme – sonrió
-          Nunca quise que lo hicierais – susurró a la par que ella le descubría la cara
-          Pero así debe ser… ¿he de llamaros Majestad?
-          No si la noche me guarda el secreto – él hizo descender sus manos, buscando las de ella y apretándolas levemente entre las suyas
-          Confiemos en ella entonces, Ion…
-          ¿Dónde iréis ahora?
-          ¿Dónde? No lo sé… - suspiró negando con la cabeza – Pero no es importante, creedme, es lo que menos me quita el sueño ahora mismo
-          Lejos de la corte, al fin – sonrió él – Os dije que llegaría el momento, Evelyn
-          Se ha hecho de rogar, desde luego – se rió – Pero al fin soy libre
-          Desearía poder ofreceros asilo, pero bien sabéis que… - la mujer puso un dedo sobre sus labios y sonrió con ternura

-          Ion… no vengo a pediros refugio, sólo a deciros que allá donde vaya, por lejos que sea, mi lealtad siempre estará con Drakooner… - y poniendo una mano sobre el pecho de él, como si de un extraño secreto del pasado se tratase, ambos cerraron la frase en un susurro – Y mi corazón con vos

domingo, 18 de agosto de 2013

¿Libre?


Libre. Y sin embargo más preso que nunca. 
Fugitivo, prófugo, desertor… ¿qué rumbo he de tomar ahora? ¿qué se supone que tengo que hacer? 

¿Ha servido de algo todo lo que ha ocurrido o no he estado más que intentando desafiar a un destino que no se puede vencer?

Muchas preguntas, ninguna respuesta

La sala se queda en silencio, apenas se escuchan los movimientos de Athor, yendo de un lado para otro, sin parar, hablando para sí mismo. Supongo que últimamente escasean los buenos conversadores. Me siento al lado de la cama y suspiro. 
¿Cómo puede ser? Es imposible que esté libre, absolutamente imposible… ¿no? 
Demasiadas guerras, demasiados frentes abiertos, poca gente en quien confiar. 

Emma y Samuel mueven cosas de las que ni siquiera son conscientes, pero al menos se mantienen a la vista. Víctor, por su parte, permanece silencioso, y no sé si la calma me da más miedo que el ruido. 

Su Majestad y los demás siguen jugando a un enorme ajedrez sin tener claro si sus alfiles y sus torres son firmes y de confianza. Hay batallas que no se pueden ganar en solitario. 

Y luego están ellos. Juntos para avanzar, divididos en medio de la nada, arriesgándose a morir para poder seguir con vida. Es una suerte saber que tienen conciencia y buen corazón, aunque el juicio de alguno de ellos no sea muy de fiar…

- Señor… - la voz de Edriel me saca de mis pensamientos, y no sé si sonreír o golpearle 
- Me alegro de verte de vuelta – las manchas de tinta aun de mantienen sobre su piel, desapareciendo muy poco a poco 
- ¿Los demás están…? 
- Vivos – sonrío – Puedes relajarte 
- ¿Y vos? – me mira intentando girar la cabeza lo máximo que el dolor le permite 
- ¿Yo? Me retiro, me estabas retrasando, otros asuntos me reclaman – él se ríe, sabe que no es precisamente un reproche 
- ¿Puedo saber de qué se trata? 
- Ya no, no eres mi pupilo, ¿recuerdas? – me incorporo y me acerco a la puerta 
- Gracias, señor, lo había olvidado… 

Salgo y lo dejo atrás, con una de esas sonrisas que desvelan que está tramando algo. 
Me miro las manos, desnudas de runas y dibujos arcanos.


“Vamos allá, Zack”.

jueves, 11 de julio de 2013

Avanzar, vivir

¡A bordo de un barco pirata que vuela!
Dios mío, Arthur… ¿en qué momento has pasado de leer historias increíbles a vivirlas?
Paseo por cubierta, deshago y hago nudos, como hace no demasiado tiempo en el puerto de Londres. Cada vez que doy un paso y escucho crujir la madera bajo mis pies tengo la sensación de que voy a despertarme, de que nada de esto es real.
La brisa es suave, a pesar de la altura a la que estamos. Me asomo por la borda y bajo nosotros hay todo un mundo de cuento de hadas. He leído tantas veces sobre esto que se me hace… no sé, casi imposible que esté ocurriendo, y sin embargo un “¡Epim, asegura el rumbo!”, me saca de mi ensimismamiento. Es la voz del capitán, firme al timón. Siempre pensé que los piratas eran tipos sanguinarios, con dientes de oro y malolientes. Estos parecen incluso amables, ¡divertidos, digo más!

Miro a mi alrededor y tomo aire. Emily ha bajado a cocinas, posiblemente estará tratando de echar una mano, al fin y al cabo tiene más confianza en sí misma con eso de los cuchillos que con lo de las llamas. Es increíble que una cosa tan pequeña pueda ser tan destructiva. Ethan está apartado, como siempre, con esas cosas extrañas en forma de manos que le salen de una especia de mochila que lleva a la espalda. En su mundo, con sus ideas. A veces Ethan llega a darme miedo, y ojalá bromease al decirlo, pero no. Hay algo en él… que me da miedo.
Después está Edward, hablando a solas, o eso parece. Divaga, incluso diría que discute consigo mismo. El hombre elegante. A pesar de sus ropas, sus extraños modales y sus ambiciosos planes, solo puedo decir de él que es el niño mejor vestido que he visto en mucho tiempo. Yo no sé mentir, Edward, pero sé cuándo mienten (más o menos).
Y luego Aeryn. Intentando trepar por las jarcias, subirse a donde no sea posible, porque ella es absolutamente imposible. Es una especie de… esponja con patas, trata de fijarse en todo, de aprender de todo. Y aun aquí, y ahora, con un destino tan incierto como el que tenemos, no borra esa sonrisa de la cara. 
A veces no sé si es temeridad o simplemente que piensa que merece la pena vivir, sea lo que sea, pero vivir.

Korvash, querido amigo, no hemos cambiado nada, pero quizás no te importe en absoluto, quizás incluso lo prefieras. Seguimos siendo ese grupo de tarados que avanzan a base de “acierto – error”, pero siempre a carcajadas, para dejar claro dónde estamos.

Edward tira algo por la borda y suspira, y no puedo evitar recordar la promesa que me hice la vez que casi les dejo atrás, que pensé que marcharme sería la mejor alternativa.


Sé lo que hay atrás. Atrás no tengo nada. Sea lo que sea aquello que esté por venir, les tengo a ellos. Y eso… sí que es una aventura. Eso sí que es vida. 

lunes, 22 de abril de 2013

Amigos que se van

- Su nombre es Fyrah, y es tuya 
Fueron las primeras palabras de mi padre cuando cumplí los diez años, el primer ruido que en la mañana de mi cumpleaños me hizo abrir los ojos y mirar a mi alrededor casi sin saber muy bien dónde me encontraba. Había vuelto a quedarme dormida en el pequeño granero, junto al caballo de Michel, con quien había tenido una extraña conversación hasta altas horas de la mañana. 
Cuando por fin conseguí enfocar pude ver a quién se refería mi padre. Ante mis ojos, una potrilla blanca, pequeña y asustada miraba de un lado para otro como quien intenta buscar una vía de escape. 
- Padre, es… 
- Tu responsabilidad. No es un juguete, no un muñeco. Piensa y siente, como tú, y ahora está a tu cuidado 

Me acerqué con cautela al animal y muy despacio posé mi mano sobre su hocico, dibujando en mi rostro una amplia sonrisa. 
- Hola, Fyrah … 


“Hasta siempre, Fyrah”. 
Abro los ojos y me trago las lágrimas. No es momento para llorar pero ya te echo de menos. No dijeron que esto sería fácil, ¿cierto? Cuando mi padre me dijo “no encontrarás ningún otro caballo como el primero” tenía razón. No habrá otra como tú. Brindaría por todas esas escapadas a escondidas de mis hermanos, por aquella vez que nos perdimos y casi me muero de frío pero te echaste detrás de mí cubriéndome con tu cabeza y tapándome con tu cuerpo. Brindaría por las largas caminatas nocturnas, y las charlas donde tú y yo hablábamos un idioma común: el silencio. Brindaría por aquella ocasión, ¿recuerdas? En que adelantamos al “imbatible” Ángelo y a Zanni cuesta arriba por aquella loma embarrada, y cómo nos reímos al verles llegar fatigados y maldiciendo también entre risas. Brindaría por cada pequeña aventura que vivimos, y por todas en las que te extrañaré. 
- Buena travesía, mi vieja amiga…

domingo, 31 de marzo de 2013

Órdenes

La tienda se encontraba sumida en el más absoluto silencio, como si la gruesa lona fuera capaz de dejar al otro lado los gritos de soldados dando órdenes o el tintineo de las armaduras que los hombres portaban.
 Los ojos del oficial daban vueltas de un lado a otro del inmenso mapa que tenía extendido sobre la mesa. Clavadas sobre él, varias pequeñas dagas grabadas en la empuñadura con la ilustre “N” de su nación: Nogmiah.
 Durante unos segundos, la lona se abrió dando paso al ruido del exterior y a un soldado que, tras dejarla caer a su espalda, hizo una reverencia marcial. 


- Señor, órdenes, señor 
- Acercaos – respondió secamente el oficial señalando al mapa 
- ¿Dónde queréis el ataque? – el soldado fijó su vista en un par de las dagas - ¿Aquí? – su dedo marcó uno de los puntos 
- No – el hombre sacó otro cuchillo, este algo más tosco, bajo la armadura de su antebrazo y lo clavó en otro punto distinto a los ya fijados – Aquí 
- Señor… - abrió mucho los ojos y tragó saliva, dudando sobre si quería preguntar o discutir – Eso es un pueblo 
- Veo que me seguís – asintió mirando fijamente al joven 
- Es… población civil, señor 
- Y vos un soldado – sonrió levemente – Y como tal cumpliréis mis órdenes 
- Sí, señor 
- Retiraos, y organizadlo todo para esta noche 

Tras una breve y nueva inclinación, el soldado abandonó la tienda de su oficial y mirando a su alrededor, no pudo sino pensar en la masacre que estaban a punto de realizar. 

- ¿Dónde queda el honor?