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lunes, 19 de marzo de 2012

Jack Frost (2ª parte)

Se balanceó aferrado al extremo más alto de un fino tallo verde, y con cada vaivén iba ganando más y más intensidad, utilizando todo su cuerpo para propulsarse. El viento volvía a golpearle con fuerza la cara y su estómago era un hervidero de cosquillas, producidas por el vértigo y la velocidad.

El tallo se tensó tanto que se encontró casi a ras del suelo en aquella vuelta, y aprovechó para apoyar en tierra firme las piernas flexionadas, dando un último y enérgico impulso que lo elevó describiendo un nuevo arco aún más pronunciado que los anteriores. Se soltó cuando estuvo en el punto más cercano al alféizar de la ventana que era su destino y se encontró volando por los aires durante unos cortos segundos hasta que sus pies volvieron a estar sobre firme.

Rodó varias veces sobre sí mismo por la inercia, quedando finalmente sentado sobre una superficie lisa y agitó la cabeza tratando de deshacerse de la sensación de mareo momentáneo. Sonrió ampliamente al ver ante sí el enorme cristal impoluto que iba a hacerle las veces de lienzo.

Escuchó un leve batir de alas tras de sí y se levantó de un salto sacudiéndose la ropa despreocupadamente.

-¡Ya era hora señorita tardona, llevo horas esperando! – le increpó antes siquiera de girarse.

Un pequeño cuervo negro vino a posarse a su lado con una fugaz mirada de reproche, colgando de su pico llevaba un enorme bote de pintura que soltó con cuidado ante él. Jack sacó de su zurrón un pincel del tamaño de su antebrazo y sumergió las cerdas en la pintura de escarcha sin apartar la vista del cristal.

-¿Cómo crees que deberíamos pintar este? – le preguntó a su amigo que ladeó la cabeza para mirarlo dubitativo antes de emitir un suave graznido en respuesta.

-¿Tú crees? – dijo Jack divertido, dándose unos golpecitos en la barbilla como calibrando la posibilidad; el cuervo volvió a graznar, esta vez con más decisión - Muy bien… ¡¡¡Estrellas, pues!!!

jueves, 15 de marzo de 2012

Jack Frost (1ª parte)

Se movía grácilmente, trepando entre las pequeñas ramitas, saltando de hoja en hoja, brincando siempre en sentido ascendente mientras silbaba entonando una alegre melodía. Una súbita ráfaga de viento gélido le revolvió el pelo y se paró un instante para disfrutar plenamente de aquella sensación, meciéndose suavemente sobre una pequeña flor arbórea. El frío siempre le hacía sentirse más vivo. Las manos le hormiguearon de expectación al pensar en que al fin, después de todo un ciclo, se acercaba de nuevo su momento.

Apretó el ritmo de la marcha, se encaramó al extremo de una larga rama y puso los brazos en cruz haciendo equilibrio mientras la recorría rápidamente con pasitos ligeros hasta llegar a la base del tronco, donde un pequeño hueco natural hacía las veces de cueva improvisada y, en ocasiones, servía como hogar para algunos de los animalillos del bosque.

Jack saltó dentro de la oscuridad que brindaba la madriguera, sin temor ninguno, y posó un dedo índice sobre el pico del oscuro cuervo que allí dormitaba. La escarcha surgió de su mano y comenzó a teñir de una fina capa blanca la nariz de su amigo, que se despertó de un respingo.

-¡Despierta dormilona! Es hora de salir de esta cueva… - hizo una floritura con la mano haciendo aparecer, como por arte de magia, una tiza blanca entre sus dedos –Ahora… ¡¡¡Nos toca pintar!!!

martes, 17 de enero de 2012

Soñando el pasado



Entró precipitadamente en el baño cerrando la puerta tras de sí y apoyó la espalda contra la madera permitiéndose por fin un momento para pensar en lo que había ocurrido aquella mañana. Hiciera lo que hiciera parecía que acababa siempre metiéndose en problemas o metiendo a los demás… ¡Hasta cuando dormía!

Levantó las manos para mirarse las uñas donde todavía podían adivinarse algunos restos de sangre reseca. Las contempló con una sensación de tristeza e impotencia. Quizá todo aquello no fuera nada, quizá no le afectaría a nadie más que a ella y a su desbocada imaginación. Pero… ¿Y si no fuera así? Se había colado entre sueños en el pasado de alguien y algo dentro de ella le decía que no estaba bien, que podía ser peligroso. ¿Pero cómo evitarlo? Ni siquiera era consciente de cómo hacía esas cosas…

Expulsó el aire de los pulmones en un largo suspiro y se acercó al lavabo. Al girar la manivela del grifo el agua fluyó en un límpido caño transparente, pero al introducir las manos debajo y frotarse las uñas, comenzó a teñirse de color. Emma dejó la vista perdida en el pequeño remolino rojo que se formaba justo en el desagüe.

Las imágenes de aquel sueño se arremolinaban del mismo modo en su cabeza… Los sollozos, la sangre, el camisón roto en tiras, él… Sus ojos. Sintió que las lágrimas se le agolpaban luchando por salir y sacudió enérgicamente la cabeza para desechar aquellos pensamientos. Cerró el grifo y se llevó las manos mojadas a la cara, el agua fresca la alivió en parte, pero no pudo evitar un último y leve estremecimiento.

“Me pregunto si todo aquello que le hicieron tiene que ver con la traición de su padre y de aquella mujer. Ojalá hubiera podido hacer algo más por él… Ojalá aún pueda hacerlo.” Se detuvo ante la puerta un último momento con la mano en el picaporte y, dibujando una sonrisa, volvió a al salón donde la esperaban.

lunes, 2 de enero de 2012

Identidades

Se dejó caer hacia atrás, recostando la espalda lentamente en el sofá con un hondo suspiro. Aún no se acostumbraba al hecho de que ese sofá era el suyo y aquella su nueva casa. Todo había ocurrido demasiado rápido; muchos cambios, muchas preguntas... Pensaba que la luna de miel le serviría para asimilar todo aquello, pero claro, no ayudaba el hecho de haber estado inconsciente los dos primeros días.

No entendía cómo acababa siempre metiéndose en líos. ¡Si sólo se había quedado sola un momento! Tan sólo un momento y había acabado huyendo de una enorme y oscura ola gigante imaginaria. Por alguna razón todo lo que le estaba ocurriendo parecía relacionado con aquella enigmática mujer.

-Vivianne Crowfield… - murmuró para sí misma y el nombre le pareció extraño al oírlo en sus propios labios.

“Parece una mujer triste y gris, yo no soy así, no quiero ser así…”

¿Sería posible? ¿Podía ser cierto que compartiesen la misma esencia? Había visto su retrato y era cierto que bien podría tratarse del suyo propio, pero no se sentía identificada con ella. Había intentado no pensar mucho en todo eso, olvidar al hombre de las enredaderas, seguir con su vida de forma normal… (Bueeeno no, no normal, pero sí lo más normal posible) y no había servido de nada, así que iba a tener que intentar investigar todo lo que pudiese sobre ella y sobre la vida que llevó.

Le daba miedo saber más y le aterraba que lo que pudiera descubrir sobre Vivianne pudiese cambiarla a ella de alguna manera, como si el espíritu de aquella desconocida pudiera apropiarse de su vida, modelarla a su antojo…

Miró el espejo del salón de reojo, la superficie pulida permanecía cubierta por una fina sábana blanca, pero era suficiente para hacerla sentirse un poco más a salvo de momento.
“No voy a dejar que esto me cambie – se dijo firmemente a sí misma -, pase lo que pase, descubra lo que descubra. Soy Emma Crowfield, soy Emma Crowfield…”

martes, 22 de noviembre de 2011

El flautista de Hamelín

La melodía comenzó a flotar en el aire rompiendo el silencio, deshaciéndolo lentamente, como se desharía un terrón de azúcar en la lengua de un niño, y a ella se le antojó igual de dulce…

Las primeras notas le parecieron extrañas, disonantes, como si sus oídos no estuviesen acostumbrados a ellas; pero por algún motivo la cautivaban, haciendo que quisiese quedarse, oír lo que aquella embrujante sinfonía tenía que decir.

Poco a poco las notas empezaron a juntarse entre sí, a fluir cada vez más y más rápido, como atrapadas en un vórtice que giraba en torno a su creador.

El flautista movía los dedos enérgicamente, saltando y girando, danzando como si no existiera nada más en el mundo. Como si de aquella forma expusiese sus argumentos ante la vida, defendiéndolos tenaz e implacablemente.

Ella estaba atrapada en aquella extraña danza, incapaz de apartar la mirada, hipnotizada por su belleza. Comenzó a bailar al son de él, giró y giró y la risa se escapó de su garganta, sencilla y espontáneamente, como un homenaje a la Libertad.

domingo, 6 de noviembre de 2011

Entre espejos

Caminó despacio por entre cientos de reflejos de sí misma, demasiado consciente de su semi-desnudez, de sus pies descalzos, de su cabellos sueltos. Hubiera deseado ser lo suficientemente lista como para haberse vestido debidamente antes de tomar la decisión, pero era muy tarde, demasiado tarde... Vislumbró por el rabillo del ojo una oscura mancha a su lado, moviéndose entre los espejos con tanta naturalidad como quien pasea por el parque. El miedo la paralizó durante un momento al ver la negra silueta salir del espejo ante ella. Una larga enredadera se acercó muy lentamente, sin llegar a tocarla, como si pidiera su mano...

Olvidó el camisón, olvidó donde se encontraba, se olvidó casi de quién era ella y qué hacía allí; pero tragó saliva, levantó la temblorosa mano y la posó sobre la planta, rozándola apenas. La enredadera la guió suavemente hasta él, que la esperó sin moverse hasta que estuvo muy cerca. Avanzó con la respiración entrecortada, sintiendo a cada paso que el corazón iba a salírsele del pecho. Si sonreía o no, no podía saberlo, todo él era oscuro, como si estuviese completamente envuelto en sombras. Emma se soltó para tomar la mano que él le ofrecía... Nadie hubiera dicho por sus impecables modales que había estado apunto de matar a un hombre hacía sólo un momento.

La silueta se movió hacia atrás en ese momento, entrando lentamente en el espejo del que había salido, y tirando de ella suavemente. Todos los sentidos de la joven se pusieron alerta. "Emma Crowfield ¿¿¿Estás loca??? ¡No puedes ir con él!" (le dijo una vocecilla en su cabeza). Se detuvo dudosa frente a la lisa superficie, y cientos de reflejos de sí misma dudaron con ella al mismo tiempo. Pero se obligó a recordar por qué estaba allí, necesitaba negociar con él... Aspirando profundamente movió los pies, y se adentró en lo desconocido. Unos ojos grises la recibieron al otro lado.

lunes, 31 de octubre de 2011

¿Quieres que te cuente un cuento?


Érase una vez, hace mucho tiempo y en un reino muyyyy lejano... una princesa.

Esa princesa tenía una extraña habilidad, un don increíble... Podía soñar que se cumplían todos sus sueños. Cuando ella dormía, podía por ejemplo desear: "Quiero la luna". Y una laaaarga escalera, hecha con polvo de estrellas, caía desde la luna para que pudiera acceder a ella.

Transcurrió así su infancia. Pidiendo cada noche un deseo distinto, que le era concedido en el acto, superando siempre todas sus expectativas. Pero sucedió que tan hermosos eran sus sueños, tan apacibles sus noches... que cuando despertaba, el mundo real le parecía yermo y gris. Tan infeliz se sentía durante el día, que comenzó a vivir pensando sólo en el momento en que las estrellas poblaran el cielo, y ella pudiera sumergirse a través de almohadones de plumas y sábanas blancas, en un profundo sueño.

Un buen día, la madre de la princesa entró en su alcoba y le dijo:

-Hija mía, ya va siendo hora de que sientes la cabeza, no puedes vivir sólo de tus sueños, has de convertirte en una mujer y por eso has de casarte. Te hemos elegido un marido, que no podrás conocer hasta el día de tu boda.

La noche anterior al tan temido acontecimiento, la princesa se durmió y pidió un deseo especial... uno que no se había atrevido a pedir hasta ese momento, pues temía que por primera vez, su deseo no se viese cumplido.

"Deseo que mi sueño más hermoso se haga realidad y que no desaparezca cuando despierte". Y esa noche ya no soñó nada más. Cuando la luz del alba rozó sus ojos ella despertó y miró esperanzada a su alrededor. Entonces vio, posado sobre el alféizar de su ventana, un pequeño pájaro azul que la observaba en silencio.

-¿Eres tú mi sueño? - le preguntó al pajarillo sin esperar respuesta, pero para su sorpresa éste asintió y voló por el cuarto hasta posarse a los pies de su cama.

-¿Pero cómo es posible? - preguntó la princesa sin salir de su asombro.

-Es posible porque hay cosas en este mundo y en el otro que tienen más poder del que se pueda imaginar y los sueños son una de ellas. - contestó el pajarillo ladeando ligeramente la cabeza.

-Ojalá pudiera soñar siempre - dijo ella.

-Nadie puede hacer tal cosa, pero sí podemos en cambio, hacer que la realidad se parezca lo más posible a nuestros sueños.

-Mis sueños han de acabar hoy, porque he de casarme, debo convertirme en una mujer.

El pajarillo la miró un momento de forma enigmática y salió volando rápidamente por la ventana.

-¡No te vayas! - gritó la princesa, pero ya no había nadie, volvía a encontrarse sola en su habitación.

Su madre entró en ese momento, seguida por un séquito de sirvientes que la lavaron y vistieron para la ceremonia. La princesa les dejó hacer, sin ser muy consciente en realidad de lo que ocurría a su alrededor. Tenía la sensación de observarlo todo desde fuera... Como en un cuento en el que ella fuera la lectora, en lugar de la protagonista.

Llegó el carruaje, tirado por siete hermosos caballos blancos, que habían de llevarla hasta la iglesia. Ella hizo el viaje en silencio, mirando por la ventanilla, y le pareció ver en algunos momentos, entre las ramas de los árboles, un destello azul que la seguía. El pajarillo apareció de pronto con un revoloteo y se posó en la ventanilla del carruaje.

-Tienes que ayudarme - le dijo ella desesperada -, no sé qué debo hacer. No quiero casarme.

-Entonces no lo hagáis - respondió él simplemente.

-Pero tengo que hacerlo, es mi deber...

-¿De veras? Yo no lo creo, las personas deben hacer lo que sientan y cuando lo sientan.

-Cuando lo sientan... pero yo ni siquiera le conozco.

-Conocedlo entonces.

En ese momento todo se volvió difuso, y la princesa abrió los ojos. Se dio cuenta de que se encontraba en su alcoba, había estado dormida todo el tiempo; era en efecto el día de su boda, pero aún ni siquiera había amanecido.

Se levantó de la cama, y sin saber muy bien por qué, escapó de su palacio, pues sentía la imperiosa necesidad de conocer al hombre con el que iba a casarse antes de pasar por el altar. Corrió y corrió por los páramos hasta llegar a la casa de él, y se coló dentro a hurtadillas.

-¿Quién anda ahí? - oyó una voz a su espalda y sintió el corazón en un puño.

Ella se giró, intentando vislumbrarlo entre las sombras de la habitación, pero sólo alcanzó a ver una oscura silueta que caminaba despacio, girando en torno a ella. Observándola.

"¿Te has perdido, pequeña Caperucita?" Le pareció que susurraban burlonamente las sombras, pero cuando él por fin despegó los labios, lo que dijo fue simplemente:

-¿Puedo ofreceros un té?

La princesa no podía creerlo. La locura que se había apoderado de ella y la había hecho ir hasta allí comenzaba a desvanecerse; en su lugar comenzó a sentir miedo, un miedo extraño, distinto del que había conocido hasta el momento.

-He venido porque tenía que conoceros antes de la boda, pero ahora tengo que irme.

-Os llevaré a casa entonces. -contestó él, e hizo preparar su calesa, donde ambos se sumieron en un profundo silencio durante el viaje; un silencio lleno de preguntas que flotaban sobre ellos, como mariposas.

Al llegar a su destino él bajó de la calesa para acompañarla hasta la puerta de palacio.

-Hasta mañana, pues - dijo inclinándose en una profunda reverencia, y ella hizo lo propio, devolviéndole la inclinación. Pero al levantarse, durante una fracción de segundo, la luz de la luna iluminó los ojos de él cuando sus miradas se encontraron y arrancó de ellos un destello azul que ella supo reconocer...

Él sonrió de forma enigmática y se dio la vuelta.

-Hasta mañana - dijo ella observando la silueta que se alejaba con una sonrisa. Supo entonces que el deseo de su sueño realmente se había cumplido y que, aunque quizá las circunstancias externas no eran las más apropiadas, tenían ante ellos la posibilidad de ser felices y comer perdices.



FIN

domingo, 30 de octubre de 2011

A través del vidrio


-Deberíamos volver ya a la fiesta señorita Crowfield, o nos echarán de menos - dijo sonriendo mientras apartaba el pesado cortinaje del balcón.

No sabía muy bien cuanto tiempo habían estado fuera, pero en ese momento sus pies se negaron a moverse del sitio. Sentía un leve cosquilleo en la cabeza, justo donde él había puesto las pequeñas pinzas hacía sólo un momento.

"Yo también tengo algo para vos" - pensó muy fuerte mientras apretaba el pañuelo guardado en su bolsillo, pero sus labios no emitieron sonido alguno. En cambio se quedó un momento mirándolo allí parada como una tonta.

-Er... sí, claro - agachó la cabeza un tanto abatida por su falta de coraje y lo siguió de vuelta a la fiesta.

"¡Eres una tonta Emma Crowfield! Te ha regalado las pinzas para el pelo más bonitas del mundo y tú no te atreves a darle un simple pañuelo ¿Qué pasa contigo?" Se acercó a la mesa para coger una copa mientras lo observaba de reojo; en ese momento se acercaba a ese extraño amigo suyo, el señor Néstore.

"Hum... el flautista de Hamelín" - le adjudicó a Néstore tras observarlo un momento, y reprimió una risita por la ocurrencia. Luego desvió la mirada hasta su amigo, y su mente recreó por algún motivo la última conversación que habían tenido a solas, mientras tomaban el té en su cocina.

-Si hubierais sido libre de elegir, si vuestra madre os hubiera dicho que podíais elegir a quien quisierais para casaros... ¿Qué le habríais contestado?- le había preguntado él.

-Pues... que me casaría con quien ella eligiera para mí - fue su respuesta, la cual provocó la risa de su interlocutor.

"Bueno, no es que le mintiera exactamente... es lo que le habría dicho a mi madre hace unas semanas" - pensó mientras derramaba un poco de ponche por la mesa sin percatarse y alzó la copa para beber un sorbo.

-A vos... -susurró observándolo a través del vidrio tallado - ...os hubiera elegido a vos.