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jueves, 11 de julio de 2013

Descubriendo el plan perfecto

Llevaba días dándole vueltas hasta hoy. No nos quedaba la más remota duda de que todo lo que había preparado el misterioso "contratante" no era nada más que una trampa para reunirnos a los cuatros en su territorio. Parecía evidente que el mago nos iba a tener a las llaves en su poder para ¿liberar? ¿controlar? a Lianah, Enigma, y quizás dominar o reescribir el punto final de su vida a costa de toda Metáfora. O eso creo, al menos.

Somos conscientes de que ponemos en peligro a todos (aunque ahora mismo solo pienso en que yo estoy poniendo mi vida en peligro ¡ya es más que suficiente!), pero créame, mi querido lector, si supiera que podemos huir de manera factible, un servidor hubiera puesto pies en polvorosa.

Necesitábamos un plan perfecto para salir de esta. ¡¿Pero cual?!

Le estuve dando vueltas a la cabeza todos los días desde que supimos la captura de Korvash por parte de su contratante. Dudo que el plan original del mago consistiera en mandarnos un mercenario callado y aparentemente duro para que simplemente nos encariñáramos de él. El caso es que pasó, es una de esas cosas que no se planean, son los daños colaterales, y esos siempre benefician a una parte y fastidia a la otra.
Y me parece que a Alasther le ha venido increíblemente bien las nuevas cartas barajadas. A nosotros nos ha venido de pena pero al menos hemos iniciado una nueva...y...peligrosa...aventura.

¡¡Qué miedo!!

Sí, sí, iremos a rescatar a Korvash, pero, ¿quién demonios me rescatará a mi? Ehem...bueno, a nosotros, quería decir.

Había aprovechado el descanso en la Sombra de la Tormenta para ponerme a pensar. Había muchas cosas que preparar ante la trampa de Alasther. Ethan deshacía los cabos con esos inquietantes brazos de marioneta que había creado y Aeryn buscaba con uno de los piratas (cuyo nombre no recuerdo ahora), la estrella norte.

Y yo aquí, intentando hacer lo que se me daba bien.

Pensar.

Pero había algo que no funcionaba en mi cabeza. Solo escuchaba la voz de mis pensamientos.

- Esto, querido y estimado Edward, te pasa por romper la regla número 11. Como siento con cierta certeza que no te acuerdas de la norma, te refrescaré la memoria. Veamos, regla número 11: no te ates a nadie, solo te traerán buenos sentimientos que impedirán tu independencia para continuar tu venganza personal contra el mundo. ¿Y qué es lo que haces? Hacerte amigo de estos personajes.

La voz era sorprendentemente familiar, tan familiar que sonaba en el interior de mi cabeza. Aquella frase no había sido escuchada por mis oídos. Había llegado a ese punto de concentración que podía escuchar los pensamientos de mi cabeza. Significaba que estaba altamente concentrado y que me había evadido de la realidad como hacía de pequeño. Era una sensación extraña en la que entraba pocas veces, se trata de un lugar en el que mi personalidad se desdoblaba y en la que podía escuchar lo que construía mi mente para poder hacer planes, así que inmediatamente saqué mi libreta para hacer anotaciones. Pero antes de que mi cabeza me diera algo útil, una segunda voz en discordia y más desenfadada rompió la concentración racional.

- Aaanda ya, Eddy. Tú y yo sabemos que tus planes no sirven para nada en Metáfora. No le hagas caso a esa cabeza loca que tienes. Hazme caso, siempre intentas adelantarte a todos y cada uno de los mil imprevistos con los que te puede patear el destino y eso es...¡imposible! Eso quizás te servía en Londres, cuando tus adversarios eran avariciosos burgueses en un mundo racional y sin magia. Ahora no cuentas con el factor sorpresa, vas directamente a la trampa y no tienes nada que hacer. Ahora estamos en el mundo de los cuentos. No lo pienses, siente. Esta vez, déjate guiar por el instinto, apóyate en tus amigos...¡hazme caso por una vez por el amor de dios!

El corazón había hablado. Pero la mente racional replicó al corazón con un tono educado, formal y quizás un poco pedante:

-Menuda estupidez, sr. Corazón. Lo que usted está pidiendo es que confiemos en unos personajes de cordura discutible. Si no piensa usted en un plan con raciocinio y trabajo, Edward, no lo hará nadie. Necesita cubrirse las espaldas por si algo saliera mal, algo así como una red de seguridad para evitar su caída en caso de que todo resultara un desastre...lo que probablemente pasará.

Pero el corazón le chistaba, loco y burlón.

-¿Sabes lo que he oído, señor Cerebro? ¡Bla bla bla bla! Menuda charla más aburrida. ¡Eh, tú, el de arriba!- exclamó dirigiéndose a mi- Mira, esto es más sencillo. ¿Tú confías en ellos?

Dudé un instante, vi como Ethan, Aery, Emily y Arthur trabajaban con más pena o más gloria por la cubierta.

-Supongo que...¿sí?

-¡Sí o no!- exigió saber el corazón

-¡Sí, sí!- respondí inquieto.

-¿Son tus amigos?- preguntó de nuevo.

-Eso creo.

-Pues entonces ahí lo tienes. Partid juntos en busca de lo que habéis perdido. Déjate llevar, diviértete como el niño que siempre has querido ser. ¡Recupera la maldita infancia que se te negó! ¿Por qué seguir abusando de la razón cuando estáis en un mundo de cuentos? Te voy a contar un secreto: en Metáfora se necesita algo más que la mente, necesitas la imaginación y sobre todo, a los amigos. Te sorprendería lo mucho que te pueden ofrecer y la de ideas que te van a dar. ¡Mucho más que tú poniéndote a solas con una estúpida libretita!

El Cerebro carraspeó indignado.

-En esa "estúpida" libretita, como usted lo llama, sr. Corazón, ha preparado docenas de estafas bien elaboradas, nos ha dado de comer y nos ha hecho sobrevivir en el mundo industrial de Londres.

-Pero yo le estoy ofreciendo la posibilidad de poder pensar de una nueva manera. ¡Claro que tienes que echarle cabeza a la situación, Edward! Pero está claro que, si te importan tus amigos, tendrás que echar en el puchero algo más que mente. El ingrediente secreto es alma y corazón. Si no existe una gran causa, ¿de que sirve una gran mente? Puede que no sea el más listo de los dos...

-En eso estamos de acuerdo- replicó la mente, y dejó continuar al corazón.

-...pero siempre se ha necesitado mucho más que cabeza para hacer el plan perfecto. El plan perfecto ahora mismo es que no hay plan, sino que los más alocados personajes os habéis reunido por recuperar un amigo. ¡Ese es el plan perfecto! El cómo se lleve a cabo no es un plan...es vuestra historia.

-Menuda tontería- replicó el racional consejero.

-Tontería es lo que dicen los tontos- respondió el corazón burlándose del cerebro.

-Pues entonces usted será tonto- concluyó el cerebro finamente

Entonces comenzó antes de comenzar una lista de improperios entre la educada y estirada razón y el irreverente sentimiento.

-¡Soso!- burló de forma infantil el corazón.

-Descarriado- respondió el cerebro impasible.

-¡Aburrido!

-Incoherente.

-¡Estirado!

-Incomprensible.

-¡Pedante!

-Inestable.

-¡asdjhasd!

-¡Basta, basta!- interrumpí, casi volviéndome loco por esos dos pesados- Esta claro que no puedo seguir aparentando que trabajo solo. No puedo hacer planes sin contar con ellos- pensé mirando a los cazurros de mi grupo-. Esta claro que habrá que improvisar- de pronto me vi sonriendo y pensando en plural-...tendremos que improvisar. Esta vez no perderemos el tiempo intentando preveer todos los imprevistos. Habrá que echarle sentimiento y trabajo en equipo...ese es el plan perfecto.

"El único"

Habrá que dejar de usar la cabeza un poco y empezar a oír al corazón. Más le vale ser bueno, porque solo pienso darle una oportunidad.

Arrojé la libreta al vacío, pensando en que arrojaba una parte de mi y avanzaba hacia adelante, de pronto sentí que dejaba atrás una pequeña parte de madurez que tanto me recordaba a mi fallecido padre. Volvía a sentirme un poco más niño.

"Bien, corazón...veamos lo que sabes hacer."

lunes, 15 de octubre de 2012

Pagar con la misma moneda.

La noche había caído en el Londres victoriano. Las calles de su centro estaban de una forma especialmente vacía, y es que la niebla aquella noche fue más densa de lo normal. Hacía un frío terrible y la gente que podía permitírselo quemaba carbón a mansalva, por lo que la polución había acentuado la niebla amarillenta que los londinenses denominaba "puré de guisantes". Esa noche no había sido puesta en el escenario para ser disfrutada en las calles oscuras de Londres, sino que se esperaba que la gente se quedara en casa, con sus familias arrimados al fuego.

Pero eso era algo para pobres de dineros pero ricos en el amor. Además, no existía familia alguna para mi con la que volver. Ni casa en pie sobre la que volver a dormir. El camino se hacía con la mirada al frente, ¡nada de mirar atrás!


¿Entonces qué diablos se podía hacer aquella noche tan fría? Ah, amigo...el dinero te podía abrir las puertas de los solicitados clubes nocturnos de Londres. Y ahí se encontraba nuestro amigo el "caballero" Mark Anderson. Había entrado de forma disimulada con su enorme tripa de burgués, que a punto estaba de reventar su hortera faja roja que alcanzaba a asomarse desde una camisa que ya le quedaba pequeña: su espeso bigote flotaba sobre sus gruesos labios como un perro yorkshire inquieto por pulgas; los ojillos, ocultos en la sombra de un sombrero hongo muy feo, denotaban que estaba nervioso y que a la vez reconocía unas calles que hacía mucho que no visitaba. Mucho, mucho tiempo. Se sentía como un marinero que había esperado a que pasara la tormenta para cruzar un océano...y aún así se temía que le pillara el mal temporal. Y eso fue lo que pasó ¡pero no adelantemos acontecimientos! Sigamos con el señor Anderson, ¿qué tramará semejante personaje? Shhh, vamos a observarlo.


Con los puños enguantados y después de levantarse el cuello de su caro abrigo, el gordo y sudoroso caballero subió las escaleras del umbral del edificio de fachada clásica. Atravesó el umbral de columnas blancas y una vez en el elegante porche golpeó la puerta, donde le abrió un mayordomo estirado y regio que recogió su abrigo y le invitó a pasar cuando lo reconoció. Después de mucho tiempo desaparecido, Mark Anderson, el orondo asesor y representantes de artistas conocido especialmente en el distrito de West End, había vuelto a aparecer en Londres, más concretamente en el club nocturno del Athenaeum, en el 107 de Pall Mall. Entró con aire preocupado a los salones imbuidos del humo de los puros, pipas y a perfume caro. Los sucesivos personajes con los que se cruzaban lo miraban por encima y al no reconocerlo apartaban su mirada con frivolidad. Corrillos de señores y damas hablaban de poesía, del último grito en moda, o de acciones en bolsa. Los miembros del club Atheaneum eran mayormente intelectuales: científicos, literatos, artistas de las artes escénicas y caballeros ingleses patronatos de las artes y de las ciencias. Ahí era donde había encajado una vez el señor Anderson hacía 10 años, como patrón de las artes escénicas; aunque realmente no fuera uno de los más conocidos. El burgués siguió caminando evitando las miradas altaneras de los socios del club y se dirigió hacia una barra americana, donde un barman muy diestro servía refrigerios. El gordo y hortera caballero se quitó el sombrero hongo de la cabeza y se lo puso al pecho mientras se sentaba torpemente en el taburete. A su lado, un hombre joven, de melena rubia y alborotada, se había desaflojado los tirantes y estaba en mangas de camisa, mientras fumaba despreocupadamente uno de los recientemente creados cigarrillos de liar. Mr. Anderson llamó la atención del barman, que limpiando indiferentemente un vaso se acercó a la barra.


-Disculpe, joven- dijo Anderson mientras acercaba el rostro al barman- Hace un tiempo salí de viaje y no he vuelto en años. Quería preguntar un poco sobre la actualidad del lugar.


El barman sonrió mientras se echaba la toalla por encima del hombro.


-Algo me dice, caballero, que tiene una pregunta ya formulada en su cabeza. ¡Adelante! No hace falta que se ande con rodeos. Esto es un club de sociedad, ni se imagina la de gente que viene aquí solo a buscar información o a escuchar cotilleos muy personales...


-Oh, claro- afirmó Anderson mientras se secaba el sudor con un feo pañuelo-. Quería saber si la señorita Evelyn Austen seguía acudiendo al Athenaeum Club. O su marido, el conde Maximilian Blair- susurró nerviosamente mientra miraba hacia los lados. El mozo rubio de su lado echaba una calada larga a su cigarro mientras jugaba a darle vueltas a su copa.


-¿Cómo...? Pero es que no lo sabe, caballero- respondió el joven rubio con un acento francés pobre, interrumpiendo la conversación-. ¿Acaso no se enteró? Debe haber estado lejos si no se había enterado de la desgracia que acechó al conde. Los Blair se arruinaron por las deudas que debían y no tardaron en llegar los buitres: un grupo de burgueses se encargó de abusar de ellos y así rapiñar las pequeñas fortunas que les quedaban. Para mayor desgracia para ellos, los títulos de nobleza perdieron sus beneficios para ser solo honoríficos por orden de la reina Victoria, por lo que su patrimonio ha sido prácticamente nulo. Ruina total.


Anderson asintió con la cabeza ansioso. Esa historia ya la conocía de sobra...él fue uno de esos buitres que se aprovechó de los problemas de una familia para arruinarla y forrarse a costa de la familia noble. Calló mientras esperaba las historia más recientes de los Blair. Lo que le interesaban eran las novedades.


-Pero eso ya no importa- siguió relatando el joven-. Oficialmente los Blair están disueltos y su condado expropiado tanto por los socios capitalistas como por el Estado. La señorita Evelyn Austen murió de peste blanca y su único hijo heredero, el señorito Edward Blair, se escapó de casa con unos tiernos 13 años para no volver jamás; dejando a un padre solitario que murió por la pena de la soledad y la pobreza sobre el butacón de una mansión que se inundaba de enredaderas. Al menos esos son los rumores que han llegado desde St. Helens. Lo cierto es que se celebraron los funerales tanto por el matrimonio del condado como por el...niño, al que dieron por fallecido.


El señor Anderson parecía claramente sorprendido por las noticias de los últimos 10 años que había estado fuera, como si el cambio hubiera sido drástico. Cuando se marchó, lo único que sabía era que los Blair se arruinaban. Las noticias le venían muy pero que muy bien, pero aquello...era exagerado. Tampoco deseaba la muerte de aquellas personas, por mucho que las estafara; aunque por otro lado, le aliviaba saber que no había posibilidad de encontrarse con ninguno de los Blair. Después de todo, abandonó a su mejor artista, a la dama Evelyn, cuando más lo necesitaba, mientras se llevaba su dinero.


-Por cierto- continuó diciendo el joven rubiales-. Mi nombre es François Leveque, soy poeta y miembro del club literario del Atheaneum. Enchanté, messier.


-Encantado, joven. Mark Anderson, representante de artistas- apretón de manos.


- Es un placer, messier Anderson. ¿Qué asuntos le traen por aquí?


-Oh...nada en especial...asuntos de negocios- respondió evitando el tema, tenía cosas que hacer.


-Negocios, ¿eh? Eso no es nada nuevo en el Athenaeum Club´s. Todos aquí tratamos con dinero, después de todo estamos en uno de los clubes elitistas de Londres...aunque no por ello todo sea...legítimo. ¿Me sigue?


El burgués ignoró a su interlocutor e iba a volverse al camarero para buscar más información, pero se lo pensó mejor, volviendo a mirar al francés enarcando una ceja, pensando en lo que significaba eso último que había dicho. Anderson acabó decidiendo que el joven François sabría encontrar lo que buscaba mucho mejor que un camarero, así que se decidió a preguntar.


- Usted parece llevar tiempo en este club y en Londres, y parece estar al tanto de lo que acontece en la ciudad


-Oui, messier. Dispare...¿qué quiere saber?- le animó el francés mientras estiraba una y otra vez sus tirantes.


- ¿Conocéis algún asesor financiero, bancario...o lo que sea?- dijo despacio como buscando las palabras adecuadas.


François tuvo que reprimir una sincera aunque maliciosa sonrisa, y respondió:


-Por supuesto, messier. Conozco a un miembro de la Building Society, la sociedad de préstamo inmobiliario.   Ese hombre podría hacer cualquier cosa con el dinero.


-¿Cualquier cosa...? -preguntó avaricioso Anderson.


François volvió a reprimirse, y respondió de forma indiferente.


-Por supuesto- dijo acercándose más para hablar más bajo-. Si le interesa, Mr. Robertson podría hacer parecer que los fondos más sucios se conviertan en algo más blanco que la nieve...si sabe a lo que me refiero.


-¿Y eso es legal?


El joven rió ante la pregunta de forma complaciente.


-Por supuesto que no, pero...¿quién está libre de pecado en este club? - preguntó maliciosamente mientras se colocaba los tirantes y el chaleco.


La idea de que muchos personajes importantes de la sociedad londinense cometieran tales actos fraudulentos animó al manager de artes escénicas.


-¿Y dónde podría encontrarlo?- preguntó impaciente el burgués.


François miró a un lado y a otro, por si alguien indebido escuchara la conversación.


-Está usted de suerte, hoy mismo mi colega se encuentra en el club. ¿Quiere que hable con él? Somos grandes socios.


-¡Sería un placer hacer negocios con el señor Robertson! Yo mismo le acompaño...


François cogió un rebote nervioso y rápidamente sentó al señor Anderson en su taburete.


-¡No! ¡No! Usted espere aquí. A Robertson no le gusta que... le atosiguen. Tenga paciencia ¿Ve aquella puerta del salón? Pues diríjase al despacho nº 7 allá en 5 minutos ¿de acuerdo?


-Sí, sí...¡lo que sea! Gracias, no tenéis ni idea del favor que me hacéis, extranjero.


Pero François no se encontraba ya allí, sino que había desaparecido corriendo salón abajo con gran prisa torpe, esquivando mayordomos y caballeros y damas por igual. Finalmente entró en el despacho solo.


"Toc, toc."


Anderson golpeó tal y como habían acordado dentro de cinco minutos en el despacho nº 7 del club nocturno. No había vuelto a ver a François, pero ni le importó. Estaba deseando ver a ese hombre que iba a transformar todo el dinero robado a la fallecida Evelyn Austen en dinero blanco...


Nadie abría la puerta. Solo escuchaba a alguien carraspear al otro lado, como si alguien fuera a dar un discurso o a aclarar su voz. Finalmente la impaciencia le pudo y entró, pillando a un señor Robertson carraspeanado mientras sacudía un pañuelo rojo por la ventana del despacho. Robertson era una persona mayor, de pelo y barba castaña con largas patillas y descuidadas, bien trajeado y unos ojos cansados tras unos anteojos limpios. Robertson abrió mucho los ojos claramente sorprendido, pegó un bote inesperado y guardó el pañuelo en la solapa de su bolsillo externo mientras cerraba la ventana adornada por unas enormes cortinas blancas que podrían esconder a todo un ejército.


-Usted debe ser el hombre del que me habló François. ¿El señor Mark Anderson, asesor de artistas de artes escénicas?


El patrón artístico había cogido su sombrero hongo y miraba desconfiado. La actitud del asesor financiero como el desorden que había en el despacho era algo que le desquiciaba de aquella situación ¡por el amor de dios, si incluso había ropa tirada por el suelo! Además, había otra cosa que le extrañaba.


-¿Cómo es posible? No he visto salir al joven François- dijo mientras intentaba inspeccionar con la mirada todo el despacho, pero el excéntrico señor Robertson se puso en mitad de su línea de visión torpemente, casi tropezando.


-Oh...¿en serio?- respondió el señor Robertson con una voz demasiado aguda-. No se preocupe, es un joven muy escurridizo. Tranquilo, me ha puesto al tanto de todo- decía Robertson mientras se atusaba una y otra vez las feas patillas, como si le picaran o algo.


-¿Se encuentra bien?


-Síiii, síii por supueeessstooo. No se preocupe señor, siéntese y hablemos de negocios. ¿Así que quiere blanquear su dinero en Londres?


Anderson parecía incómodo ante las maneras de decir las cosas, pero por mucho que le doliera, eso era lo que quería. Así que asintió levemente con la cabeza.


-Pues...sí, así es. ¿Cómo puede ayudarme?


Un estornudo se escapó de algún lugar del salón. Robertson y Anderson respondieron a la vez.


-Salud.


Ambos dudaron atónitos, pero nadie preguntó nada. Mr. Robertson rápidamente lo hizo tomar asiento lo más cercano posible al escritorio. El asesor se sentó al lado del ventanal por donde toda la niebla se desenvolvía como una enorme calada de humo y entrelazó sus dedos por encima del escritorio de caoba.


-Verá...como ya le habrán dicho por el club, pertenezco a la Building Society, por lo que soy uno de los socios de la sociedad de préstamos inmobiliario y asesor de bolsa en el Royal Exchange. Seré breve, ¿tiene alguna posesión altamente valorada?


-Oh, sí. Tengo a mi nombre un enorme edificio en la avenida Shaftesbury. Apenas lo uso...


-¡Perfecto! Verá, puedo otorgarle un seguro como cooperativa de ahorros. Es sencillo, usted asegura su edificio por una buena fortuna...


-¿Cuánto?


-5.000 £ al mes.


-¡¿Cómo?! ¡¿Al mes?! ¡Si 5.000 es todo lo que tengo!- exclamó Anderson mientras hacía ademán de levantarse y marcharse de allí.


Robertson levantó enérgicamente los brazos para llamar la atención de su interlocutor.


-¡Tranquilo! Lo único que tiene que hacer es darme 5.000 libras esterlina y yo le aseguro su propiedad. Esta misma noche usted organiza un ataque a su local y yo le valoro los daños en 4.000 libras, que volverían a usted. Todo legal.


-¿Y las otras 1.000 libras?


-Serían mis honorarios por hacer la vista gorda y por mis servicios. Entonces usted tendría 4.000 libras en blanco y yo 1.000 por mis servicios. Una vez pasado esto, daremos por finalizado nuestro contrato y no me volverá a ver la cara. Pase lo que pase, usted sale ganando.


-Comprendo...-meditó Anderson-. Mandaré ahora mismo a gente a asaltar mi propiedad.


Después de enviar a unos muertos de hambre a asaltar la propiedad de Mr. Anderson en la avenida Shaftesbury en el distrito teatral de West End, Robertson preparaba un té cítrico para su socio mientras charlaban.


-¿Puedo preguntar cómo consiguió el dinero? Solo por curiosidad. Ya sabe...por si algún día necesitara dinero.


Anderson se sentó una vez dada la orden de asaltar su propiedad. Tenía el contrato en la mesa y lo leía con detenimiento, si no fuera por las interrupciones del señor Robertson.


- ¿Tráfico de armas?


Anderson levantó la vista del papel.


-¡Por dios, no!


-¿Opio?


-¡Le he dicho que no!


-¿Entonces?


-Oiga, mire...no sé si quiero firmar esto...


Robertson se fue hacia las cortinas, mirando el poco paisaje que podía dejar entrever la niebla.


-Claro, puede probar suerte con otros asesores más legales. Cobran demasiado como para dejarse sobornar, no va a encontrar a ninguno como yo. Solo le pido saber cómo lo hizo, cómo consiguió todo ese dinero. No me irá a decir que representando a actores...


-No...claro que no. Representé durante un largo periodo de tiempo a la esposa de un alto miembro de la sociedad,  de Maximilian Blair. Su esposa, Evelyn Austen, era bastante buena actriz, hacía ilusionismo, escapismo y era una gran actriz de vaudeville. No sabe lo difícil que es conseguir que una mujer triunfe sobre los escenarios hoy día, así que cobraba una gran cantidad de dinero por hacer que pudiera actuar, pero no era suficiente. También llevaba los fondos del teatro Vaudeville, donde ella tenía una compañía.


-¿Y entonces usted se larga con el dinero? ¿Así como así...? ¿Nadie le denunció?


-No...aproveché un momento de debilidad. La señorita Evelyn contrajo una enfermedad. Temía muchísimo a su fiel esposo, pero esa fue la distracción que me permitió marcharme con todos los fondos de la compañía y de Evelyn fuera del país. Lo que no sabía hasta hoy es que el matrimonio y su primogénito, el chico de 13 años Edward Blair, habían fallecido de una forma tan dramática.


- A lo mejor si usted no se hubiera ido con todo el poco dinero que le quedaba a la familia Blair hubieran podido asistir a la mujer y tratar su peste blanca, su primogénito no se habría escapado de casa causando su muerte y el conde no hubiera muerto de pena y soledad en su casa ¿lo había pensado?


Anderson se quedó en silencio. ¿Su avaricia había asesinado realmente a toda una familia? No, era imposible que fuera culpa suya.


-Así que destrozó la infancia de un niño, Edward Blair, por avaricia...


-El muchacho no mostraba aptitudes de todas formas. Solo era un niño estúpido al que no le interesaba la vida real. Su padre estaba deseando enderezarlo como un hombre, pero el niño solo prefería jugar con su madre por todos los teatros que visitaba. Hágame caso, esa familia ya estaba destrozada de por sí, sin yo actuar.


Robertson se quedó en silencio mientras seguía rascándose sus patillas con preocupación.


-Entiendo.


Un grito femenino de sorpresa se escuchó desde el salón, parecía haber ajetreo en los salones, como si una estampida de animales hubiera irrumpido por el club nocturno.


-¿Qué demonios es eso?- dijo Anderson mientras se levantaba.


Robertson pegó un golpe en la mesa colocando el contrato.


-Rápido, firme y tendrá su dinero.


Anderson no dudó, firmó mientras deslizaba un fajo de billetes donde iban las 5.000 libras, pero seguía intrigado con lo que pasaba fuera. Cuando terminó de firmar el gentío y la marabunta de pasos que se escuchaba fuera llegó hasta la puerta del despacho nº 7.


-¡Abran a Scotland Yard!


Anderson se levantó tembloroso, mientras que Robertson se quedaba sentado tomando su té.


-¡Imposible!


La puerta cedió, y un par de guardias uniformados venían acompañados de un inspector fumando pipa y mirando su reloj aburrido.


-Mark Anderson, por orden del estado Británico está usted detenido por desfalco, fraude y blanqueo de dinero.


Los agentes esposaron al gordo, que no opuso resistencia alguna.


-¡Imposible! ¡Este hombre es el causante de todo!- gritó señalando a Robertson.


El inspector de Scotland Yard cerró su reloj de bolsillo y le dio un apretón de mano a Robertson.


-Buen trabajo, Smith. Es la primera vez que me das un buen chivatazo. Va a ser verdad que puedes ser un valioso enlace a Scotland Yard.


Robertson...o Smith, quien fuera, asintió con la cabeza con una sonrisa de oreja a oreja. Pero Anderson seguía gritando.


-¡Esto es inaudito! ¡No tienen pruebas!


El inspector levantó el contrato fraudulento y se lo estampó delante de su cara.


-Tenemos una prueba firmada contra usted por blanqueo de dinero. Y un testigo presencial de la policía.


De entre las cortinas, estornudando, salía un agente torpe de la policía de Scotland Yard. Había estado aguantando todos sus estornudos todo lo que podía. Lo había conseguido, pues tenía un resfriado de tres pares por culpa de un incidente en el Támesis.


-¡Y lo he escuchado todo! ¡Atchís!


Pero Anderson seguía en sus treces.

-¡No os saldréis con la vuestra! ¡Tengo una propiedad con la que puedo pagar mi fianza!

El recién nombrado Smith (o Robertson, para Anderson), replicó:

- Claro, con su enorme propiedad que ha mandado a destrozar. Una lástima. 

-¡No!- gritó Anderson al percatarse de la metida de pata que había cometido.

El inspector se acercó a Smith, su investigador independiente y le susurró:

-¿Tienes el dinero de este canalla?

-Pues no, la verdad es que no ha traído el dinero, pero ha confesado.

Obviamente, era mentira, Smith/Robertson había hecho desaparecer las 5.000 libras como por arte de magia, como un truco de prestidigitación practicado y ensayado.

-Lástima. Se lo sonsacaremos a él- concluyó señalando a Anderson.

El inspector salió fuera con motivo de contactar con base. A Anderson lo arrastraban entre los dos policías hacia el exterior. Entonces, desde la puerta, pudo ver toda la habitación, y como en un hueco, había ropa tirada.


Había unos tirantes y un chaleco. Anderson enloqueció.

-¡Tú, traidor! ¡Tú eras el francés, el tal François que me trajo aquí! ¡También eras Robertson, el asesor financiero! ¡También eres un investigador independiente, el señor Smith!- Anderson reía de forma enloquecida.


El personaje se quitó las patillas falsas que tanto le incomodaban, así como la peluca castaña, dejando ver un pelo rubio frondoso. Acto seguido, mientras se acercaba a Anderson, se sacudió el pelo dejando caer un polvo amarillento que daba lugar al rubio de François para pasar a un color castaño natural. Al final quedaba una cara que no había visto nunca. François/Robertson/Smith se colocó su traje de frac, una chistera y un bastón. Anderson seguía gritando mientras los guardias lo llevaban fuera a rastras.


-¡¿Quién demonios eres tú?!


El enigmático personaje se acercó a él.


-Nadie. Porque ahora sé que estoy muerto, en parte por tu culpa.


Mark Anderson reprimió un grito de sorpresa al saber lo que ocurría.


-¡Edward Blair!


El extraño negó con la cabeza.


-No...Edward Austen. Y no temas, viejo amigo...que yo seguiré dando mal uso a tu nombre por ti. Te lo aseguro.


Yo, Edward Austen, salí del club con 5.000 libras en mi bolsillo, los cuales se perdieron en volver a abrir el arruinado teatro Vaudeville. Y una vez sin dinero,
 tenía que pensar en otro golpe. Se hablaba mucho de los banqueros Doyle, y eso me llamaba mucho la atención. Al fin y al cabo, el dinero llama al dinero.

Scotland Yard encarceló a Mark Anderson, el canalla representante de artistas. Sin embargo, hubo gente que seguía maldiciéndolo, pues a pesar de estar entre rejas parecía seguir haciendo de las suyas. Quizás alguien que se hacía pasar por él.



Y esto es lo que pasa cuando te pagan con tu misma moneda.


sábado, 18 de febrero de 2012

La función debe continuar...

Existe un principio universal en las grandes obras de todos los tiempos:

Todo principio tiene un final.


¡Sí, sí! Ya sé que Ethan es el "gran escritor de guiones" de teatro (si se tallara la cabeza en su sitio) y Aeryn la actriz. Vale que yo no soy del mundo del espectáculo como ellos... pero, en mi defensa, debo decir que orquesto fantásticos espectáculos en el gran teatro de la vida; la pena es que tengo un público que no me comprende (sobre todo cuando me voy con su dinero), como la ley. Soy un joven incomprendido, qué desdicha.

Pero, para variar, no voy a hablar de mi persona. Hoy es el momento de Luna.

Podría decirse que la entrada en escena de la señorita Luna fue tímida pero llena de potencial. Personaje clave de una historia de amor que acabó en tragedia por la locura de un enamorado que creía que jamás volvería a ver a su amada. Tierna, dulce, joven y enamorada. Con la mirada brillante de alguien que cree incondicionalmente en algo...y con la mirada vidriosa de perderlo todo por ello. Fue el perfecto contrapunto de blancura en el caos de colores epilépticos que llega a ser nuestro elenco. Creada para la danza y castigada a no moverse jamás en un pecho quebrado de madera...

Una joven fuerte, sin duda. Momentos de desgracias que a veces les das las gracias por hacerte querer conocer a las personas que comparten la vida contigo. Un adiós y un consejo de la vida.

Adiós Luna, puedes salir de escena en volandas sobre un grandioso aplauso. Tus puntas seguirán vuestro baile, nunca olvidarán la huella llena de gracia de vuestros pies. Nosotros tampoco la olvidaremos.

Empezó su actuación de manera prometedora y llena de ensoñaciones...y acabó con el alma partida por la distancia y la locura.

Todo principio tiene un final, eso dije ¿no?
No estoy de acuerdo.
Nadie nos cuenta que un final y un principio van entrelazados. Cogidos de la mano como actores unidos en un saludo triunfal al final del teatro de sus vidas. Hasta que el oscuro telón cae sobre ellos.

Se acabó la función para la señorita...pero el espectáculo debe continuar.

Nos veremos sobre otros escenarios, estoy seguro.




Allá donde sólo actúan los mejores.

domingo, 4 de diciembre de 2011

"La comedia fue creada para enmascarar el drama que actúa en el mundo."
Edward Austen

miércoles, 16 de noviembre de 2011

No olvides de dónde vienes

Ocurrió justo después de cruzar el puente levadizo del castillo de Ushâr. Ocurrió también al ver la locura de Ethan. Ocurrió al volver a despertarme junto a esa panda de locos brillantes. Ocurrió cuando empecé a desvariar con teorías cuando lo importante era continuar.

Ocurrió varias veces ese mismo día, después de todas estas cosas. Pero la última y más importante me llegó cuando estaba justo delante de la puerta de nuestras habitaciones en El Baile de la Zíngara. Tenía en mis manos una caja que me obsequió el pequeño y galante Kenney, hijo del único juez de Ushâr, que debe ser una especie de superhéroe porque sólo recae sobre él el ejercer la justicia, ¡como si la ley no hubiera otros puntos de vista! ¡viva la justicia de las dictaduras encubiertas!

Me alegro de que sepáis apreciar el buen humor en tan trágica muerte de la libertad. ¡No es broma! Me alegro de que compartáis mi opinión de mantener el buen humor en las situaciones tan catastróficas.

Bueno, que se me sube la tensión y me arrugo el traje, y no queremos que eso pase. ¿No? A lo que iba, el pequeño Kenney me había dicho que la caja que me había entregado era un regalo de los niños de la calle, y después de prometerle que no iba a contarle a nadie su aventurilla prohibida, fui a la posada donde estábamos instalados...quizás demasiado tiempo, pensé sacudiendo la cabeza haciendo que casi se me cayera la chistera. Subí las escaleras dándole vueltas a este último pensamiento, reflexionando si quizás llevábamos demasiado tiempo en este lugar. Llegué a la habitación de Aeryn y me puse en condiciones el pelo antes de golpear en la puerta. Estaba plantado con el regalo enigmático en la mano, pero no golpeé en la puerta todavía. Iba a entrar en la habitación y disfrutar de una estancia agradable con mis socios, quizás mientras sonreíamos y bromeábamos agradecidos con lo que nos habían regalado los niños. ¡Sí, iba a ser divertido, caray!

De pronto, mi puño se paró en seco al escuchar risas al otro lado de la puerta y no se produjo la llamada. Presté atención, sonreí al escuchar que mis compañeros reían en carcajadas mientras se atizaban con algo suave. Probablemente los muy inocentes ruidos eran los mismos que una guerra de almohadas, seguían siendo niños en el fondo. Escuché a Arthur quejarse de la almohada en llamas que seguramente empuñaba Emilie. Disfruté anonimamente de la infancia repentina de mis compañeros, pero algo en mi mente resonó más fuerte que sus risas y mi pícara sonrisa (¡que tan atractivo me hacía!) me abandonó.

Entonces volvió a ocurrir. Otra vez la razón y las preguntas:

"Eddy, ¿qué estas haciendo? ¿Acaso olvidaste las normas?"

Y entonces, lentamente, se me borró la sonrisa. Decidí dejar la caja en el suelo, frente a la puerta. En mi mente resonó mi voz cuando tenía 15 años, cuando intentaba memorizar la lista de lo que sería mi vida a partir de ese momento, mientras moría de hambre por los suburbios de York. Mis pies estaban descalzos y doloridos por los adoquines, mi ropa estaba sucia y mis manos ensangrentadas por la rotura del cristal de una panadería, de donde recuerdo haber sacado algún mendrugo. Esa voz mía, que venía de hace tanto tiempo y de tan lejos, resonó claramente en mis pensamientos a pesar de ser adulto y estar en Metáfora. Aquellas eran las normas de Edward Austen.

"Eddy, recuerda las normas...:
1. No pares de caminar..."

Suspiré y me quedé serio, intentando reconocer mi voz infantil en mis recuerdos. Pegué en la puerta de mis compañeros dejando el regalo de los niños junto a la madera de la entrada. Escuché cómo paraban el juego y alguien se acercaba a abrir la puerta. Antes de que eso ocurriera, me di media vuelta y bajé las escaleras sin esperar a que me recibieran. Unos segundos después, alguien abría la puerta y se preguntaba quién había dejado esa caja solitaria enfrente de la puerta. No paré de caminar, era la primera norma.

"2. No mires atrás, allí solo hay dolor o ataduras"

Escuché a Aeryn de fondo llamarme por el pasillo mientras yo ya iba por las escaleras, probablemente me hubiera visto de reojo irme por el pasillo. Pero no miré atrás, así recordaba la segunda norma.

"3. Nunca eches raíces en algún lugar"

Y entonces, mientras salía de la posada, me di cuenta de que debía dejar Ushâr de una vez. ¿Cuántos días habíamos estado allí hablando con las mismas personas y viendo los mismos lugares? ¿Cuántos días levantando sospechas y siendo reconocibles? ¡Claro que estábamos en otro mundo y aquí no me perseguía Scotland Yard! pero quizás el juego fantástico de Metáfora era mucho más mortal, ya se decía públicamente que en el reino se había torturado a alguien. Debíamos acabar la calle de los niños y salir de allí. Estar en el mismo lugar demasiado tiempo era peligroso, siempre lo fue para mi. Había que dejar Ushâr. No echar raíces, así era la tercera norma.

"4. Estafa a los ricos y dáselo a los que lo necesiten"
Esa nunca la olvidé. Ya fuera en la posada caminé por las calles mientras seguía recordando. La norma me recordó a los niños moribundos de Ushâr. Decidí ir a la calle de los niños, para ver cómo iban las obras y si se iban gestionando tal y como habíamos establecido y ayudado. Después de la estafa en el castillo de Ushâr teníamos más dinero para financiar la calle. Mis pisadas por las calles de la Ushâr nocturna resonaban en el empedrado y sentí nostalgia ¡Después de todo lo que había pasado y no podía echar de menos Londres! El mágico Londres... Aquí ya no había más que estafar. La norma estaba cumplida en Ushâr: estafar inocentemente al reino y dárselo a los niños hambrientos. Ésa fue la cuarta norma, gratamente cumplida, debo decir. ¿No lo piensa así? ¡Claro que sí!

"5. Quédate siempre un tanto por ciento, por las molestias, claro está"
Sonreí mientras aferraba el maletín de mi padre, que tanto dinero guardaba. Pero no tenía mucho más valor que los objetos personales que siempre estuvieron encerrados allí. Me pareció curioso: realmente lo que llevaba en el maletín no tenía ningún valor. ¡No era más que papel y un montón de piezas metálicas! Qué gracioso era ver a una loca mayoría que piensan que lo que llevaba encima tenía valor alguno. Necios, ¡el dinero era la mayor estafa de todos los tiempos jamás inventada! Pero aún así si la mayoría está loca, la locura es normalidad. Necesitaba vivir y por lo tanto, el dinero. Esa es la quinta norma, y está más que cumplida. No nos faltaba de nada, no como cuando malvivíamos en Londres.

"6. Si ayudas a alguien con dinero, cóbrale hasta por respirar"
Ésta norma no era demasiado importante, pero sí me permitió vivir por las calles de York durante mi adolescencia. ¡Pero ojo querido lector! Ésta norma de Edward Austen no es más que para autofinanciarse la subsistencia y nada más. ¡Solo en caso de extrema necesidad! Así es la sexta norma.

"7. Trabaja solo, pero gana aliados y socios"
¡Ésta era una norma que siempre me da jaqueca! ¡¿Quiénes son esa panda de pirados con los que viajo ahora mismo?! Habíamos compartido muchas risas, sobre todo bromas y eso ya era demasiado. Nos encantaba picarnos los unos a los otros, pero lo más gracioso, es que no permitíamos que alguien ajeno se metieran con nosotros. Era como si nadie pudiera comprender nuestro extraño juego o como si quisiéramos decirnos algo entre las bromas y los insultos inofensivos. Ellos fueron mis socios en la estafa de Londres y mis grandes aliados. La séptima norma es así.

Seguí caminando y entré en la calle de los niños. Miré cómo andaban las obras mientras los niños dormían. La calle de los niños ya contaban con puertas y ventanas. Ningún niño se resfriaría los veranos ni moriría congelado en invierno por los helados vientos de la calle. Al menos no por culpa de Edward Austen. Seguí caminando a la par que recordaba, la lista era mucho más larga.

"8. Después de cada estafa, reparte el dinero y separa los caminos. Nunca vuelvas a ver a tus socios y cambia de ciudad."
Aquí es donde se me está yendo la cabeza últimamente ¡Ésta regla era la que más había roto y destrozado el infame Edwar Austen! ¿En qué demonios estaría pensando? En Londres tenía que haber repartido el dinero y haberme ido a Francia y seguir tu ruta establecida por España, Italia, Grecia... ¡En los planes no estaba acabar en un mundo de fantasía! Maldita sea, ¿alguna vez dejaré de improvisar y a ceñirme al plan? ¿Por qué seguía viajando con ellos? ¿Por qué seguían conmigo? Además, si ahora no había ningún timo entre manos...¿de qué éramos socios entonces Aeryn, Emilie y Ethan? ¿Qué se suponía que era todo aquello? ¡Qué cosa tan confusa! Hay que mantener las distancias, así es la octava norma.

"9. Que tu ánimo nunca decaiga. Sé siempre tú y a la misma vez nunca lo seas."
Admito que esta norma también la he roto últimamente. Lo de Luna ha sido un golpe duro y a Ethan se le ha ido la chaveta totalmente. Y yo solo puedo hacer bromas...¡es que no sé hacer otra cosa! Las palabras de ánimo y esperanza no me acompañan, solo la lástima por la vida destrozada de una muchacha inocente. Además...¡se supone que todo esto me importa un bledo! No me pasó a mi, ¿no? Pues entonces así va la novena regla.

"10. Procura no conocerte a ti mismo, es la mejor manera de que no te conozcan."
Estupendo. No voy a pensar demasiado, últimamente solo hago eso. Creo que de momento los tengo a todos más mareados que una perdiz sobre quién soy en realidad. O quizás a nadie le interesa. Espero que a usted sí, querido amigo, pues está leyendo estas palabras y ha soportado tanta palabrería barata de mi persona. Tanto he mareado la perdiz sobre quien soy que ya no lo sé ni yo. Aquí acaba la décima norma.

"11. No te ates a nadie, solo te traerán buenos sentimientos que impedirán continuar tu venganza fría y personal."
¡Ah! La onceava norma me decía que debía andar muy lejos y dejar atrás a mis compañeros, eso es. Nada de volver a ver a Aeryn, Ethan, Emilie, Arthur, Korvash y así seguir mi propósito en la vida, pero...¿por qué no las dos cosas? ¡No! ¿Ves? ¡Ésto te pasa por incumplir todas las normas anteriores! ¡Estás empezando a dudar! ¡No estás cumpliendo bien esta norma! Nadie te va a seguir a una prisión que hay en los cielos. ¡A nadie le interesa! ¡Ni a ti te interesa salvar el mundo ni Metáfora! No eres un héroe ni quieres serlo, amigo. ¡Ah, mi querido lector, la onceava norma es dura! ¿No estáis de acuerdo? Pero, Eddy, recuerda que también fue aquella que de tantas lágrimas te salvó cuando malvivías en Inglaterra. ¿Así es como se lo agradeces?

"12. Nunca preguntes sobre el pasado de los demás, no quieres que pregunten por el tuyo"
Éste punto está roto muy en parte. Aeryn consiguió romper algo de la máscara. Sin embargo, en mi favor, debo decir que yo conseguí ver parte de ella misma. Un trueque de recuerdos y personalidades mientras limpiábamos la calle de los niños, en la que estoy ahora ¡Fue un buen negocio, debo decir! No des si no quieres recibir. Así es la norma número doce.

Ya era de noche. Debía volver a dormir. Me giré para darme la vuelta y volver a la posada. Pero, de repente me acordé de la última norma. ¡Y me atrevería a decir que la más importante!

"13. Nunca...NUNCA, olvides de dónde vienes."

No lo hago...ésta norma nunca la he incumplido ¡Jamás! Iba a salir de la calle de los niños, pero la norma número trece me paralizó. Me di la vuelta y vi la calle oscura, fría y desértica, aunque después de nuestro trabajo ya no apestaba a muerte. Aquello era incluso peor que de donde yo venía. Aquí ni siquiera se sueña con salir de la infancia. Mi frío callejón de los suburbios, que tantas veces me arropó con sus sombras y donde los gatos negros me cantaron nanas maulladas para que me durmiera junto a mi cajita de música. No, hoy recordaría de donde vengo una vez más. Por no acostumbrarme demasiado a lo bueno. Me eché en la calle entre los adoquines y memoricé las normas de nuevo. Morfo se convirtió en una almohada con ojos...bueno, un pequeño capricho no me hará olvidar la pobreza de la que vengo.

Pensé en que debía sacar conclusiones de la vida que llevaba y mis normas. Debía, como se suele decir, consultarlo con la almohada. ¡Aunque mi almohada era Morfo! ¿Debía consultar mis dudas con Morfo, pues? No...él ya estaba en el séptimo sueño y no creo que entendiera demasiado la complicada psicología humana. ¡Seguramente piensa que somos complicados de narices!

Entonces, mientras me acurrucaba en el suelo frío, pensé que debía retomar las normas con las que había sobrevivido tiempo atrás: debía dejar atrás a mis nuevos compañeros. Mañana mismo haría las maletas y seguiría solo mi camino para no olvidar todo lo que había aprendido hasta ahora. Dejaría atrás todo: a la avispada Aeryn y a nuestra complicidad en el escenario de la vida diaria; a la impaciente y olvidadiza Emlie, cuya inocencia no le permite engañar a la gente con nombres falsos; a Ethan, el enfermizo enamorado de una mujer a la que está destinado a no conocer; al avispado Arthur, que se maneja como una culebra por las calles como si fuera su elemento, pero cuya lengua no tiene el veneno de la mentira; al duro y paciente Korvash, de enigmática presencia, su edad anónima y el peculiar brillo de sus ojos cuando ve que le tratamos como un amigo en vez de como un guardaespaldas; A la dulce Luna, pobre...ni siquiera ella pudo decidir cuál iba a ser su fatal destino.


Debía dejarlos atrás y no decir nada. Quitarme sus ataduras y seguir caminando solo. No volvería a recordar a Aeryn y a mi jugando a desenmascararnos mientras limpiábamos la calle de los niños, su manera de maquillarme antes de que yo pudiera salir a escena ni su predisposición a entrar en acción. Tampoco tendría que recordar la extraña danza marcial de Emilie, la lanzadora de espadas, ni la imprudencia me metió de lleno en la casa de la bruja del pantano, pero de la que después recordamos con bromas. Tampoco volvería a recordar a Ethan, cuya boda falsificamos y con el que podía teorizar hasta el fin de los tiempos y con el que podía tratar los pormenores más estúpidos de mis planes.

No, ellos tienen que quedarse atrás, para que yo pueda seguir adelante en mi venganza personal contra el mundo.


Era duro, pero tenía que cumplir las reglas. Después de todo, las normas están para cumplirlas...¿no?
No pares de caminar. No mires atrás. Nunca eches raíces. Estafa a los ricos. Ayuda a los pobres. Vive del cuento. Trabaja solo. Reparte el dinero y separa los caminos. Nunca te desanimes. Sé siempre tú y a la misma vez nunca lo seas. Procura que no te conozcan. No te ates a nadie. Alimenta tus recuerdos. Nunca perdones. Nunca preguntes. NUNCA olvides de dónde vienes.

Estaba decidido.

¿O no?

De repente, en vez de quedarme dormido, me sorprendí sonriendo mientra miraba las estrellas desde la calle de los niños. Una extraña ocurrencia vino a mi.

Es curioso. Ellos tres, Emilie, Aeryn y Ethan, no eran más que tres estafas cuando les conocí. Tres estafas fallidas, debo decir. Para Emilie era el supervisor de confiterías James Looper, a Aeryn me presenté como el manager de actores Mark Anderson y para Ethan primeramente fui James Doyle, tío de su prometida.

Normalmente mis planes no salen mal. Pero curiosamente esas tres estafas fueron un fracaso. No gané su dinero, pero sí que me llevé algo de valor de ellos... su presencia y quizás, solo quizás...algo de amistad

Supongo que los planes no salen como uno espera. ¿Por qué éste sí? Por muchas reglas y normas que tuviera...todo iba a salir improvisado. Como todas mis actuaciones. Como toda mi vida.

Sonreí y miré las estrellas. Le hice un guiño a las constelaciones del cielo nocturno, que ahora sabía que eran los dioses a los que se les podía pedir deseos. Hice una promesa silenciosa.

Solté una carcajada en la soledad de la calle.

Definitivamente, era un buen momento para empezar a romper las normas.

lunes, 10 de octubre de 2011

¿Quién soy?

Es una pregunta que me he planteado miles de veces y siempre es una respuesta diferente, en una situación diferente y frente a una persona diferente.

Ahora esa persona estaba frente la mesa de un despacho La persona era...¿Lawrence se apellidaba?. Cuando se presentó solo dijo su título así que no estoy seguro... ¡oh! ¿para qué iba a decirnos su nombre a nosotros los pequeños mortales?

Oh sí, Lawrence es persona de título. Oh no, no, tranquilo querido lector, no es falta de educación por mi parte el no acompañar el nombre de este personaje seguido de su título de Senescal, Edward Austen es educado siempre que puede. Simplemente no me dejo impresionar ni arrodillar ante la gente por un simple título que han ganado por la simpatía de alguien poderoso, por dinero o simplemente por haber nacido. Bueno, Lawrence, una...mujer...hombre...¿mujer varonil? (¿?¿?¿?) se encontraba dispuesta a recibirnos a Aeryn y a mí. Es una sorpresa después de casi ser apresados por querer ir a una biblioteca pública. ¡Qué descaro por el amor de Dios! ¡Somos horribles y somos lo peor!

Bueno, a lo que iba. Nos presentamos en el despacho de Lawrence y, evidentemente, con nuestras personalidades cambiadas tal y como habíamos establecidos en mi plan (ya lo echaba de menos, snif)


En algún momento de la reunión, lógicamente, nos preguntaron quiénes éramos.

Entonces en mis pensamientos volvió a resonar.

¿Quién soy?
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-¡Guaau!- exclamó el niño corriendo entre las butacas de rojo terciopelo de la sala de teatro, esquivando a los señores que celebraban el final de la actuación que acababan de presenciar.

-Eddy, por favor, ten cuidado con nuestros queridos amigos. - le dijo su madre, Evelyn Austen, mientras seguía rodeada de sus colegas actores, comentando las interpretaciones y los más y menos de sus propias actuaciones-. Si no estás atento te chocarás con alguno y a papá no le gustará.- le advirtió finalmente.

El chico, vestido demasiado elegantemente para su propio gusto y comodidad (se había aflojado la pajarita que su madre le había obligado a llevar para ir al teatro), tragó saliva ante lo que eso suponía. Y eso era otro sermón de su padre sobre que debería madurar y crecer. ¿Por qué demonios estaba tan empeñado en que creciera tan deprisa?

El grupo, formado por Evelyn y dos señores: uno que se había quitado el traje y había aflojado corbata y otro bastante más mayor que vestía ostentosamente un traje y sombrero hongo, luciendo un mostacho señorial.

-¿Así que ese es el escandaloso e imparable Eddy?- dijo uno de los colegas de su madre con una sonrisa. Se llamaba Mathew y era uno de los actores. Era de mediana edad, mata de pelo rubia y ojos claros. Su sonrisa era tranquilizadora. - Veo que eres uno de los míos y te has quitado la chaqueta y pajarita.

-Es que es incómodo.- protestó el niño ante la mirada de su madre.

-¡Y pica como mil demonios!- añadió Mathew.

-¡Sí!- se entusiasmó el niño al ver que un adulto le comprendía-. Y además hace mucha calor...

Los presentes soltaron una risita.

-Dime, Eddy: ¿es la primera vez que vienes al teatro a ver a tu madre?

-No, la verdad...-comenzó a responder su madre, pero Eddy le dio un tirón a la falda de su madre en señal de desacuerdo. Odiaba cuando su madre respondía por él. ¡Como si no tuviera boca! Su madre entendió el gesto y le dejó hablar a él con una sonrisa.

-No... ya la he visto haciendo en muchos teatros trucos de magia, ilusionismo y escapismo.- dijo el muchacho muy orgulloso-. Pero es la primera vez que la veo hacer una obra de teatro.

-Entonces es la primera vez que ves el teatro Vaudeville ¿no?

-Sí...claro.- preguntó el niño receloso por tanta atención recibida por parte del grupo de adultos. Parece que se divertían con él aunque no parecía haber malicia.

-Éste ha sido un día importante para tu madre, ¿sabes?-prosiguió Mathew, Evelyn sonreía, había visto a su marido, Maximilian Blair, en la entrada hablando con unos caballeros en la entrada-. Es la primera vez que pisa un escenario para ser actriz, oficialmente, claro.

-¿Por qué?

-Bueno- empezó a explicar su madre ya prestando atención a la conversación-. Digamos que a las mujeres no se nos permite demasiado estar sobre las tablas. Pero tu padre quiso hacerme este regalo. Con su influencia ha sido posible.

El hombre bigotudo que hasta ahora había estado callado y aburrido añadió:

-Y fue un gran acierto. Hemos recaudado bastante dinero. Más del que esperábamos, la verdad. Si me lo permitís, señora y caballeros, me dispongo a hacer contabilidad de lo recaudado.

-Claro, Anderson. -respondió Evelyn con una sonrisa.

Cuando se marchó, Mathew tomó la palabra.

-No sé si es un acierto esto de tener a un manager. Nunca me gustó la gente que se mete en el mundo del espectáculo por dinero. Por mucho que Mark Anderson sea bueno en su profesión.

-Oh, te preocupas demasiado Mathew- de pronto Evelyn dio cuenta de la aún presencia de su hijo-. ¿Te gustó la obra, Eddy?

El chico asintió con la cabeza. Ella se acercó confidencialmente.

-¿Te gustaría subir al escenario?

Ahora asintió con energía.

-¡Vamos!- susurró la mujer con energía.

Eddy subió cogido de la mano de su madre, detrás de Mathew, que vigilaba que nadie se quejara de la aventurilla del chico. El actor Mathew a su vez hacía de guía turístico mientras andaba detrás de madre e hijo.

-Este es el teatro Vaudeville, abierto este año y diseñado por C.J. Phipps. Se nota que es nuevo ¿eh? Aunque su diseñador aún no está convencido con el diseño, sobre todo con la fachada.

-¿Qué significa Vaudeville?-preguntó el niño subiendo por el escenario, subiendo cada vez más en altura. Vio como ya solo quedaban esparcidos por las butacas señores que querían comentar la obra y felicitar al autor y director. El resto de espectadores ya se habían marchado.

Su madre se lo explicó.

-Vaudeville, Eddy, es una burla y satírica política o a piezas dramáticas. Nos burlamos de políticos absurdos o expresamos indignación de una situación de forma cómica, a través de bromas que traen verdades como puños. Moralizamos, intentamos abrir los ojos a la gente siendo pícaros, astutos y elocuentes.

-¿Os burláis de los poderosos delante de sus narices?- preguntó el muchacho pensando que eso debía ser terriblemente peligroso.

-Sí, pero no somos nosotros, son nuestros personajes.- ya llegaron a las tablas del escenario, el chico se impresionó y se agobió a la misma vez de ser visto por miles de butacas vacías.- Éste es el escenario, es nuestra pecera, donde podemos nadar libremente, respirar y quitarnos la máscara, aunque los de abajo crean que nos la ponemos. Aquí, Eddy, puedes ser quien quieras.

-¿Quien yo quiera?

-Serás quien quieras. Sólo tienes que creértelo. Saldrá de ti una voz nueva, unos recuerdos diferentes, te olvidarás de tus problemas para relevarlos con las de tu personaje, la gente te creerá y lo mejor de todo es que no les engañas. Realmente eres ese personaje. ¿Quién eres, Eddy?

El muchacho se quedó impresionado y estupefacto por las palabras de su madre. Estaba agobiado por toda esos butacones que esperaban que Eddy eligiera una identidad ahora mismo.

-¿Quién soy?
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"¿Quién soy?"

Elisabeth Lawrence seguía esperando a nuestra respuesta sobre nuestra identidad.

-Soy... Alexandros- dije con una voz áspera de soldado curtido en miles de batallas-, oficial de la guardia de aquí mi señora de Terrain. Venimos a tratar un asunto de diplomacia.

-Bien, tomad asiento. -fue la respuesta de nuestro interlocutor.

Aeryn y yo nos sentamos con nuestra nueva identidad. Nos miramos de forma cómplice y de forma imperceptible. Si todo salía bien, la calle de los niños tendría un poquito más de dinero. Huele a estafa...

Pero ahora no era Edward Austen, sino Alexandros, no debía pensar en dinero.
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-Soy Alexandros, mamá.- dijo el chico.

Evelyn rió.

-¿Y quién es Alexandros?- preguntó intrigada su madre.

La imaginación de Eddy comenzó a trabajar.

-Un soldado curtido de un mundo de fantasía. Protege a los suyos y acaba con los malos.- Eddy fingía pegar mandobles a un monstruo invisible con su espada.

-Bien...¡bien!- aplaudió su madre con una risa dulce, aunque poco estruendosa, no quería molestar a los caballeros de abajo.

Maximilian Blake se acercó al escenario. Venía impecable con su chaqué, su chistera en mano y su bastón.

-Evelyn. Edward. ¿Nos marchamos?

-Sí...claro, vamos Eddy. Bajemos del escenario.

Edward bajó del escenario junto con su madre, que era ayudada a bajar por su padre, el cuál le tendía una mano de forma cordial y elegante. Cuando llegaron abajo Maximilian le dio un beso suave y poco sonoro en la mejilla.

-Estáis preciosa. Y vuestra actuación sublime.- le dijo aprovechando la cercanía de su mejilla en sus labios-. Edward.

-¿Sí...padre?- preguntó el chaval esperando un sermón.

-Te has portado correctamente. Mis felicitaciones.

-Gracias, padre.- dijo con una sonrisa el chico. Adoraba los momentos en los que su padre no estaba desacuerdo con él.- Con vuestro permiso avanzaré delante vuestra.

-Permiso concedido.- dijo Maximilian Blair con una media sonrisa.

Cuando salieron del teatro, los caballeros despidieron cordialmente a la pareja.

-Buenas noches, Conde Blair. Y a su esposa, Evelyn Austen.

-Buenas noches caballeros.

La pareja anduvo detrás de su hijo. Evelyn tomaba a su marido de su brazo y él marcaba ritmo con el bastón por los adoquines de la calle de West End. Su hijo seguía jugando a que era un espadachín.

-Evelyn, es casi seguro que van a abolir ya los privilegios de los títulos nobiliarios.

-Oh...Max, ahora no. Disfrutemos del paseo.

-Es importante. Quieren quitarnos los privilegios, pero no es eso lo que me preocupa. Lo que me preocupa es que escucho rumores sobre que van a acabar con el condado de Merseyside, dado lo pequeño que es. Si lo que me temo es cierto van a ir a por nosotros y a repartirse nuestras posesiones como si fueran buitres. Así te sugiero que dejaras de meterle pájaros en la cabeza a Edward y le dejes que madure cuanto antes. Lo agradecerá cuando nuestro condado haya sido destruido, así como nuestra casa... y quién sabe. Tenemos que andarnos con ojo con estos burgueses.

-¿Piensas que lo que le enseño no sirve para nada?- preguntó ella, pero no estaba dolida. Todos excepto sus colegas de tabla pensaban igual.

-Al menos para el mundo real.- respondió sombrío.

-Quien sabe. A lo mejor son mis enseñanzas las que le ayuda a sobrevivir en un futuro. Es pícaro, gracioso, educado cuando se lo propone y le encanta el ilusionismo. Max, Eddy no ha nacido para ser un noble como nosotros.

-Sí...quien sabe.


Ella tenía razón...papá.

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Salimos del castillo de Ushar, había salido todo según el plan establecido. Seguía mi venganza personal contra los nobles déspotas y asquerosamente ricos. Seguramente les había quitado más dinero de la cuenta pero eso aún estaba por ver. Parte del dinero se lo merecían los más necesitados, pero obviamente Edward Austen era un poco egocéntrico también, así que tendría mis propios intereses. Alexandros y su señora cogieron un carruaje de caballos y salieron del escenario con una ovación silenciosa que resonaba en mi mente. Sentía que mi madre me felicitaba por mi actuación.

"Bien hecho...Eddy"

viernes, 26 de agosto de 2011

No soy un héroe

¿Cómo era posible que se hayan olvidado de tal manera?

Personas mugrientas y famélicas por doquier, devorados por las moscas. Padres que no han tenido infancia renuncian a comer para dar la únicas migajas que hay en la mesa a sus hijos. Niños que juegan en su imaginación a ser héroes y salvar a toda su gente. Madres que no quieren creer que su bebé ha fallecido entre sus brazos mientras le cantan una nana...

Como si así pudieran despertar de aquella pesadilla que es la calle de los niños.

¿Cómo diantres alguien puede ignorar esta miseria?

Toc, toc...¿Hola, reinantes, senescales, consejeros, reyes, nobles, ricos...? ¡El pueblo está aquí, detrás de vuestras monedas y blancos muros de vuestros impresionantes y lujosos castillos! Mirad por encima de vuestro pomposo culo y veréis que se muere...el alma de este reino se muere.

Después de las maravillas del pueblo llano de Drakooner, no podía imaginar encontrar la misma miseria en Metáfora que en el mundo humano. Pensaba que la descompensación y las injusticias de riquezas no me tocaría las narices aquí en Metáfora. Me equivocaba. Ushar me ha demostrado que este mundo puede ser igual de cruel, mezquino y pobre que el mundo real. Aquí hasta los niños mueren. La inocencia también muere. Lo cuál contradecía totalmente este mundo.

¿Por qué me recuerda todo esto a Whitechapel...?

Y dicen que los niños son el futuro... entonces en Ushar no había futuro alguno. Al menos para los niños de la calle no.

Metáfora hasta ahora parecía un paraíso para la inocencia y la infancia. Entonces...¿por qué en Ushar los niños mueren de inanición? ¡Los niños!

Descuidad lo que queráis...pero no a los niños, por favor.

¡Vale! ¡Os estoy viendo mi amigo lector! Veo vuestro ceño fruncido y las preguntas que os estáis haciendo sobre mí: ¿Desde cuando el independiente Ed se preocupa por los demás? ¿Por qué el despreocupado Edward tiene un ataque de altruismo? ¿Por qué una persona que solo se ha centrado en salvar el culo durante toda su vida quiere arriesgarse por los demás...?

Podéis pensar de mi todo lo que queráis, y de todas ellas ciertas. Sí, sí...sé los adjetivos con los que me etiquetaríais: Estafador, ruin, dicharachero, confuso, mezquino, divertido (¿por qué no...?), cobarde, caótico, desesperante, timador, mentiroso, farsante...

Sí...soy todas esas cosas y ninguna a la vez.

Pero aún tengo corazón. Sí...lo tengo, ¡no os hagáis el sorprendido querido lector! Y por ello aún tengo el valor de poder ver la miseria cara a cara...como todos estos años. Aún tengo ojos y no voy a cerrarlos solo porque lo que vea me disgusta.

Y no hay nada que me reviente más que una infancia echada a perder. Supongo que porque me pilla cercano ese tema.

¿Y qué hacen los de arriba? Nada...
¡NADA! Me recuerdan tanto a esos bigotudos burgueses a los que estafaba en Gran Bretaña...que ganas les tenía. ¿Por qué aquí deberían salir impunes de mis chanchullos?
¿Y qué hacen los de abajo? Mantener a los de arriba con sus frágiles brazos.
El pueblo dona lo poco que les sobra para ayudar a esos niños...pero no es a ellos a los que les sobra el dinero en las arcas.

En el castillo ellos tienen el todo el poder y aquí en el pueblo solo se tienen los unos a los otros.

¿Pero qué demonios puedo hacer yo...? ¿Y por qué quiero ayudarlos? ¿Por qué quiero seguir haciendo daño a los tiranos empapelados de dinero? Nunca me he atado a nadie ni a ningún lugar... pero podría ayudar...


¡No, no no! ¡Yo tengo mis propios problemas...! A mi no me interesa nada de todo esto. No gano nada ayudando a este pueblo. Pero...¿por qué me revienta tanto? ¿Por qué no puedo irme y no mirar atrás? La desvergüenza de los nobles me debería dar igual (pero nunca lo hizo). La miseria de esta gente no debería afectarme. Nunca lo ha hecho...o he sabido enmascararla
Debería andar e irme a otro lugar. Gastarme todo el dinero que gané con la estafa y ya está. Irme a unas islas y tumbarme en una playa, quizás ponerme moreno...

¿Por qué me cuesta tanto dejar toda esta ruina atrás...? ¿Por qué me cuesta aún perdonar a los déspotas que tienen el poder? Después de dejar en la miseria a nobles, ferroviarios, burgueses...todos ellos magnates capitalistas sin escrúpulos ¿aún no han aprendido? ¿Tendré que enseñarles yo a estos nuevos desgraciados con riquezas lo efímero que es el poder? ¿Tendrá que entrar Edward Austen en acción una vez más? Es posible...y, para qué negarnos, ya le tenía ganas a un nuevo plan desde la estafa en Londres, el cuál me dejó mal sabor de boca porque podría haberles sacado aún más dinero del que se merecían.


Y también está lo de la prisión en el cielo. Mi padre, la espiral...
¿Se te acumula el trabajo, Austen? ¡Pues mueve el culo!


¿Por qué me costará tanto perdonar...?
Después de todo lo que pasó en Londres y aún me cuesta dejar que los ricos se salgan con la suya...

¿Aún me siento impotente porque nunca podré sentirme satisfecho con mi venganza personal contra el mundo?

Es posible.

Edward Austen quizá tenga que actuar. Todo este embrollo tiene los ingredientes necesarios. Gente que pide a gritos ayuda y ricos que viven maravillosamente sin aflojar ni una moneda para los que lo necesitan. Es posible...y además, están mis socios (¿¿amigos??). Y sé que la señorita lady Aeryn estaría encantada de ayudarme. De hecho, es la que me ha entusiasmado con la idea de pasar a la acción.

Deberíamos darle al pueblo lo que es suyo. Pero ante todo lo que quiero es ver el miedo de los ricos al ver que toda su materia es perdida (o aprovechada por el pueblo, según se mire). Como...cuando yo lo perdí todo, solo por dinero.

Pero no os equivoquéis conmigo, amigo mío. Todo esto no es altruismo. Edward Austen no conoce eso, ni siquiera es...bueno como podría serlo Ethan. Lo que me ha movido durante toda mi vida no es algo bueno. Todo esto es una venganza personal que llevo ejecutando desde mi infancia. Mi venganza contra el mundo. El mundo sabe por qué.

Estafador, ruin, dicharachero, confuso, mezquino, divertido, cobarde, caótico, desesperante, timador, mentiroso, farsante, atrevido...

Todo eso aparento. Y nada soy en realidad.

Y sin embargo...hay algo que sé que nunca seré.

Porque Edward Austen puede ser muchas cosas... pero no es ningún héroe.

viernes, 15 de julio de 2011

Un teatro que no ha cerrado el telón

Os podéis imaginar, querido lector, cuál fue la cara que se me quedó al encontrar una familia que no sabía ni siquiera que existía. ¡ Imaginárosla cuando me enteré que ni siquiera es verdadera familia! Entonces ahí se nos desencajaría la mandíbula y huiría como alma que lleva el diablo.

Fue exactamente lo que me pasó entre los nobles de Drakoneer.

¿Así que mi padre tenía un hermano? Bueno, siempre supe que yo había salido a mi madre, ¿pero este hombre? Este hombre no compartía ni un ápice de lo que soy yo. No lo digo por presumir, pero creo que ese hombre tendría que relajarse un poco, tendría que parecerse más a mi.

...

Bueeno, no me miréis así querido lector. Sé que no suelo caer bien porque mi personalidad (¿cuál?) es nefasta y confusa, pero reconoceréis que me preferís a mi a alguien estirado y escueto, o a alguien preguntón y sin energía infantil o pícara. Si sabéis a qué me refiero, sonreid.

Muy bien, sigamos con la función.

Resulta que el villano Edward Austen ha descubierto el paradero de su padre. ¿Paradero? ¡¿Pero no estaba bajo tierra?! Pues no, me temo que he quedado como un mentiroso cuando os conté la trágica historia de los Blair. ¡¿Bajo tierra dije?! ¡Nada más lejos! ¡Resulta que se encuentra sobre nuestras cabezas! Ironías de la vida, mi vida siempre fue una gran ironía de la que no saco ninguna moraleja, fijaos.

Una fortaleza en el cielo dicen, ¿será eso posible? Ps, después de todo lo que nos ha pasado y aún me cuesta creer.

Mi padre podía ser un estirado caballero, aburrido, soso, incrédulo y adulto. Pero tampoco era como para encerrarlo en una fortaleza aérea en un mundo de fantasía.

Vale, quizás me haya excedido describiendo a mi padre, pues yo también soy igual que él. Quizás es lo que dicen, que cuando te pruebas la ropa de alguien te conviertes en esa persona.

Fuera bromas. Fuera comedia. Es mi padre, fuera el mejor o no, cuidar de un hijo ya te hace ser el mejor. Siempre había pensado lo que decían los periódicos, que había fallecido solo en su butacón, mientras miraba envejecer el retrato de su familia a la misma vez que la casa era plagada de enredaderas salvajes y retorcidas. Pero saber que después de tanto tiempo está vivo...y no poder saber nada. No poder hablar con él.

Y eso de no poder meter las narices me toca...¡las narices! Já...no me negaréis lo elocuente que puedo llegar a ser.


Además... quiero saber qué fue de mi madre. Quizás no murió tampoco. Quizás el telón no cerró para ella también.


¡Pero Eddy, piensa por el amor de Dios! ¡Que es una fortaleza en el aire, allí no van ladrones ni estafadores! ¿Dónde crees que te estarías metiendo? ¡Esto no es una estafa en una boda! ¡No es hacerte pasar por el hermano de alguien o un empresario! Aquello es una trampa, una fortaleza inexpugnable y no creo que concedan tiempos para visitar a los presos de prisiones mágicas. ¡Es de locos, nunca lo conseguiré!


Mmm...


Por otra parte, siempre me han gustado los retos. Y llevarle la contraria a la gente. Mi tío no iba a ser menos, por supuesto.

Tendré que idear el mejor plan que se me haya ocurrido en la vida si quiero entrar allí arriba.

Es hora de ponerse manos a la obra.


¡Ésta será quizás el mayor reto al que se haya enfrentado el timador Edward Austen!


¡Deseadme suerte, querido lector!

La necesitaré...

jueves, 21 de abril de 2011

Un recuerdo...

Son curiosas las gentes de Terrain (¿se escribirá así? ¿Me lincharían las masas si escribiera mal el nombre de su tierra?), y sobre todo sus mercados. No solo venden comidas extrañas, de sabores contradictorios como frutas con sabor a dulce, sino que son muy valoradas las artes...¡y qué artes!
Londres me gustaba, pero allí el arte era para la alta sociedad, era...¿valioso? Pero aquí las artes son tan valiosas que viven en todas partes, expuestas para todo el mundo, de cualquier clase y condición. Aquello no se parecía en nada nuestro mundo. En nuestro mundo el progreso es la industrialización, la búsqueda del menor coste y mayor producción y beneficios. Pero aquí parece que no se han olvidado del progreso "humano" (entre comillas porque visto lo visto en Metáfora lo humano no predomina mucho): la sociabilidad sin intereses, las artes, los sueños, las ilusiones...aquello sí que era un progreso que nuestra sociedad no es capaz de vislumbrar, quizás porque no es material. Allí había dos malabaristas, que hacían trucos que ni yo hubiera imaginado a soñar. Habían acabado y contaban sus monedas recaudadas.
-Disculpad.
-¿Si?- dijo el muchacho levantando la vista justo después de contar las monedas equitativamente entre los dos malabaristas.
-Son...buenos trucos. ¿Cómo los hacéis?
-¿De farsante a farsante?- preguntó él con una sonrisa irónica.
-¿Perdón, farsante?
-Sabemos reconocernos entre nosotros, somos como del gremio.
-Eh, ya.
-¿Qué queréis aprender?
-¿Los trucos que hacéis son con magia...o tienen truco?
-Ilusiones...solo ilusiones.
-No os comprendo.
-¿Cómo lo hacéis entonces?
-Pues, con trucos.
-Os enseñaré pero, ¿de cuanto hablamos?
-Os enseñaré un truco si me enseñáis a hacer ilusiones.
-Trato hecho.
Le enseñé un truco bastante simple, sacar una moneda tras la oreja, pañuelos inexistentes de la boca, incluso hacer aparecer cosas que él mismo llevaba en el bolsillo.
-Vuestro turno.
Él se crujió los dedos:
-Bien, realmente no hay ningún truco, solo usamos las ilusiones del espectador. Bien, pon las palmas de las manos juntas. Imagina lo que quieras...y aparecerá.
-No sé...
-Venga, una madeja de hilo.
-Vale. -accedí no muy convencido.
-Una madeja de hilo, una madeja de hilo, una madeja de hilo.- repetía concentrándose mientras yo miraba incrédulo.-¿En qué piensas?
-En que no va a aparecer una madeja de hilo.
-¡Vamos! ¡Esa no es la actitud! Tienes que creérlo, si no no saldrá.
-Bien...lo intentaré.

"Una madeja de hilo, una madeja de hilo, una madeja de hilo...vamos Eddy, solo tienes que creer"

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-Vamos Eddy, solo tienes que creer.
-Evelyn, no le hagas perder el tiempo al crío.- dijo un señor bigotudo ataviado con un traje de levita, que leía el Times con una pipa en la boca, sentado en un butacón de roble.
-No seas duro, Max.- le dijo la mujer-. A él le gusta.
-Tonterías.- respondió el caballero con un bufido mientras volvía a la lectura de finanzas.
-No es una tontería.- dijo el niño concentrado en medio del salón.- Mamá lo conseguirá.
El salón era enorme y las ventanas gigantescas estaban acompañadas de fantasmales cortinas, pero padres e hijo estaban concentrados al lado de la chimenea. No había mejor manera de pasar la lluviosa tarde de un sábado que al lado del fuego con la familia.
-Venga Eddy, solo tienes que creer. ¿Qué crees que aparecerá en mi mano?
-¡Una madeja de hilo!- gritó el niño, cuyo eco resonó en toda la estancia.
-¡Voilá!- gritó la madre haciendo aparecer una madeja de hilo de la nada.
-¡Bravo! ¡Bravo!- aplaudió el niño con fervor y admiración.

Cuando se apagaron las risas, Evelyn miró por la ventana y sonrió tan ilusionada como el niño.
-¡Anda, pero si ha escampado!
-¡Viva!
-¿Por qué no sacas a Nala y jugáis en el jardín?
-¡Síii!- gritó él mientras llamaba a gritos al cachorro de golden terrier-. ¡Nala! ¡Nala!

Cuando el niño salió al jardín de la mansión, su madre los observó cómo jugaban en el jardín con una sonrisa en los labios. De repente notó la presencia de su esposo detrás.
-Evelyn, se nos acaba el dinero.
A ella se le borró la sonrisa.
-¿Y qué vamos a hacer?
-Tendremos que deshacernos del perro...es una boca que alimentar que no nos podemos permitir.
-¡Le romperás el corazón a Eddy! Max...no lo hagas. ¡Te juro que mi manager me dará lo que me debe! Me lo juró tras la última actuación en Londres...
-Olvídalo. No volverás a ver al canalla de Mark Anderson. Ha desaparecido y mis acreedores cada vez están más impacientes. Puede que incluso tengamos que vender la casa.
-Oh, Max...
-Hay que deshacerse del perro.
-¿Y qué le diremos a Eddy?
-La verdad, ya va siendo hora de que crezca y se convierta en un hombre. Y llámalo Edward, que ya es mayorcito. Tengo que irme, mis acreedores tampoco esperan.

El hombre cogió su maletín, su bastón, su traje y chistera y salió de casa, sombrío. Evelyn soltó una lágrima al ver cómo su esposo despedía a su hijo fríamente en el jardín.

"Es hora de que crezca"

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"Una madeja de hilo, una madeja de hilo, una madeja de hilo..."

Levanté la palma de la mano...y allí estaba, de la nada, una madeja de hilo. El ilusionista quedó también impresionado.

-La verdad...te quería estafar, iba a apelar a tu ineptitud, pero resulta que has podido. ¿Tienes sangre de ilusionista?
-No...no lo sé.

Ya no sé apenas ni quién soy. Cada vez me percato del enorme puzzle que son nuestras vidas, y como todo empieza a encajar.