Un lugar donde los sueños se hacen realidad, donde la magia tiene sentido y los imposibles son aventuras por llegar.
jueves, 11 de julio de 2013
Descubriendo el plan perfecto
Somos conscientes de que ponemos en peligro a todos (aunque ahora mismo solo pienso en que yo estoy poniendo mi vida en peligro ¡ya es más que suficiente!), pero créame, mi querido lector, si supiera que podemos huir de manera factible, un servidor hubiera puesto pies en polvorosa.
Necesitábamos un plan perfecto para salir de esta. ¡¿Pero cual?!
Le estuve dando vueltas a la cabeza todos los días desde que supimos la captura de Korvash por parte de su contratante. Dudo que el plan original del mago consistiera en mandarnos un mercenario callado y aparentemente duro para que simplemente nos encariñáramos de él. El caso es que pasó, es una de esas cosas que no se planean, son los daños colaterales, y esos siempre benefician a una parte y fastidia a la otra.
Y me parece que a Alasther le ha venido increíblemente bien las nuevas cartas barajadas. A nosotros nos ha venido de pena pero al menos hemos iniciado una nueva...y...peligrosa...aventura.
¡¡Qué miedo!!
Sí, sí, iremos a rescatar a Korvash, pero, ¿quién demonios me rescatará a mi? Ehem...bueno, a nosotros, quería decir.
Había aprovechado el descanso en la Sombra de la Tormenta para ponerme a pensar. Había muchas cosas que preparar ante la trampa de Alasther. Ethan deshacía los cabos con esos inquietantes brazos de marioneta que había creado y Aeryn buscaba con uno de los piratas (cuyo nombre no recuerdo ahora), la estrella norte.
Y yo aquí, intentando hacer lo que se me daba bien.
Pensar.
Pero había algo que no funcionaba en mi cabeza. Solo escuchaba la voz de mis pensamientos.
- Esto, querido y estimado Edward, te pasa por romper la regla número 11. Como siento con cierta certeza que no te acuerdas de la norma, te refrescaré la memoria. Veamos, regla número 11: no te ates a nadie, solo te traerán buenos sentimientos que impedirán tu independencia para continuar tu venganza personal contra el mundo. ¿Y qué es lo que haces? Hacerte amigo de estos personajes.
La voz era sorprendentemente familiar, tan familiar que sonaba en el interior de mi cabeza. Aquella frase no había sido escuchada por mis oídos. Había llegado a ese punto de concentración que podía escuchar los pensamientos de mi cabeza. Significaba que estaba altamente concentrado y que me había evadido de la realidad como hacía de pequeño. Era una sensación extraña en la que entraba pocas veces, se trata de un lugar en el que mi personalidad se desdoblaba y en la que podía escuchar lo que construía mi mente para poder hacer planes, así que inmediatamente saqué mi libreta para hacer anotaciones. Pero antes de que mi cabeza me diera algo útil, una segunda voz en discordia y más desenfadada rompió la concentración racional.
- Aaanda ya, Eddy. Tú y yo sabemos que tus planes no sirven para nada en Metáfora. No le hagas caso a esa cabeza loca que tienes. Hazme caso, siempre intentas adelantarte a todos y cada uno de los mil imprevistos con los que te puede patear el destino y eso es...¡imposible! Eso quizás te servía en Londres, cuando tus adversarios eran avariciosos burgueses en un mundo racional y sin magia. Ahora no cuentas con el factor sorpresa, vas directamente a la trampa y no tienes nada que hacer. Ahora estamos en el mundo de los cuentos. No lo pienses, siente. Esta vez, déjate guiar por el instinto, apóyate en tus amigos...¡hazme caso por una vez por el amor de dios!
El corazón había hablado. Pero la mente racional replicó al corazón con un tono educado, formal y quizás un poco pedante:
-Menuda estupidez, sr. Corazón. Lo que usted está pidiendo es que confiemos en unos personajes de cordura discutible. Si no piensa usted en un plan con raciocinio y trabajo, Edward, no lo hará nadie. Necesita cubrirse las espaldas por si algo saliera mal, algo así como una red de seguridad para evitar su caída en caso de que todo resultara un desastre...lo que probablemente pasará.
Pero el corazón le chistaba, loco y burlón.
-¿Sabes lo que he oído, señor Cerebro? ¡Bla bla bla bla! Menuda charla más aburrida. ¡Eh, tú, el de arriba!- exclamó dirigiéndose a mi- Mira, esto es más sencillo. ¿Tú confías en ellos?
Dudé un instante, vi como Ethan, Aery, Emily y Arthur trabajaban con más pena o más gloria por la cubierta.
-Supongo que...¿sí?
-¡Sí o no!- exigió saber el corazón
-¡Sí, sí!- respondí inquieto.
-¿Son tus amigos?- preguntó de nuevo.
-Eso creo.
-Pues entonces ahí lo tienes. Partid juntos en busca de lo que habéis perdido. Déjate llevar, diviértete como el niño que siempre has querido ser. ¡Recupera la maldita infancia que se te negó! ¿Por qué seguir abusando de la razón cuando estáis en un mundo de cuentos? Te voy a contar un secreto: en Metáfora se necesita algo más que la mente, necesitas la imaginación y sobre todo, a los amigos. Te sorprendería lo mucho que te pueden ofrecer y la de ideas que te van a dar. ¡Mucho más que tú poniéndote a solas con una estúpida libretita!
El Cerebro carraspeó indignado.
-En esa "estúpida" libretita, como usted lo llama, sr. Corazón, ha preparado docenas de estafas bien elaboradas, nos ha dado de comer y nos ha hecho sobrevivir en el mundo industrial de Londres.
-Pero yo le estoy ofreciendo la posibilidad de poder pensar de una nueva manera. ¡Claro que tienes que echarle cabeza a la situación, Edward! Pero está claro que, si te importan tus amigos, tendrás que echar en el puchero algo más que mente. El ingrediente secreto es alma y corazón. Si no existe una gran causa, ¿de que sirve una gran mente? Puede que no sea el más listo de los dos...
-En eso estamos de acuerdo- replicó la mente, y dejó continuar al corazón.
-...pero siempre se ha necesitado mucho más que cabeza para hacer el plan perfecto. El plan perfecto ahora mismo es que no hay plan, sino que los más alocados personajes os habéis reunido por recuperar un amigo. ¡Ese es el plan perfecto! El cómo se lleve a cabo no es un plan...es vuestra historia.
-Menuda tontería- replicó el racional consejero.
-Tontería es lo que dicen los tontos- respondió el corazón burlándose del cerebro.
-Pues entonces usted será tonto- concluyó el cerebro finamente
Entonces comenzó antes de comenzar una lista de improperios entre la educada y estirada razón y el irreverente sentimiento.
-¡Soso!- burló de forma infantil el corazón.
-Descarriado- respondió el cerebro impasible.
-¡Aburrido!
-Incoherente.
-¡Estirado!
-Incomprensible.
-¡Pedante!
-Inestable.
-¡asdjhasd!
-¡Basta, basta!- interrumpí, casi volviéndome loco por esos dos pesados- Esta claro que no puedo seguir aparentando que trabajo solo. No puedo hacer planes sin contar con ellos- pensé mirando a los cazurros de mi grupo-. Esta claro que habrá que improvisar- de pronto me vi sonriendo y pensando en plural-...tendremos que improvisar. Esta vez no perderemos el tiempo intentando preveer todos los imprevistos. Habrá que echarle sentimiento y trabajo en equipo...ese es el plan perfecto.
"El único"
Habrá que dejar de usar la cabeza un poco y empezar a oír al corazón. Más le vale ser bueno, porque solo pienso darle una oportunidad.
Arrojé la libreta al vacío, pensando en que arrojaba una parte de mi y avanzaba hacia adelante, de pronto sentí que dejaba atrás una pequeña parte de madurez que tanto me recordaba a mi fallecido padre. Volvía a sentirme un poco más niño.
"Bien, corazón...veamos lo que sabes hacer."
lunes, 15 de octubre de 2012
Pagar con la misma moneda.
Pero eso era algo para pobres de dineros pero ricos en el amor. Además, no existía familia alguna para mi con la que volver. Ni casa en pie sobre la que volver a dormir. El camino se hacía con la mirada al frente, ¡nada de mirar atrás!
¿Entonces qué diablos se podía hacer aquella noche tan fría? Ah, amigo...el dinero te podía abrir las puertas de los solicitados clubes nocturnos de Londres. Y ahí se encontraba nuestro amigo el "caballero" Mark Anderson. Había entrado de forma disimulada con su enorme tripa de burgués, que a punto estaba de reventar su hortera faja roja que alcanzaba a asomarse desde una camisa que ya le quedaba pequeña: su espeso bigote flotaba sobre sus gruesos labios como un perro yorkshire inquieto por pulgas; los ojillos, ocultos en la sombra de un sombrero hongo muy feo, denotaban que estaba nervioso y que a la vez reconocía unas calles que hacía mucho que no visitaba. Mucho, mucho tiempo. Se sentía como un marinero que había esperado a que pasara la tormenta para cruzar un océano...y aún así se temía que le pillara el mal temporal. Y eso fue lo que pasó ¡pero no adelantemos acontecimientos! Sigamos con el señor Anderson, ¿qué tramará semejante personaje? Shhh, vamos a observarlo.
Con los puños enguantados y después de levantarse el cuello de su caro abrigo, el gordo y sudoroso caballero subió las escaleras del umbral del edificio de fachada clásica. Atravesó el umbral de columnas blancas y una vez en el elegante porche golpeó la puerta, donde le abrió un mayordomo estirado y regio que recogió su abrigo y le invitó a pasar cuando lo reconoció. Después de mucho tiempo desaparecido, Mark Anderson, el orondo asesor y representantes de artistas conocido especialmente en el distrito de West End, había vuelto a aparecer en Londres, más concretamente en el club nocturno del Athenaeum, en el 107 de Pall Mall. Entró con aire preocupado a los salones imbuidos del humo de los puros, pipas y a perfume caro. Los sucesivos personajes con los que se cruzaban lo miraban por encima y al no reconocerlo apartaban su mirada con frivolidad. Corrillos de señores y damas hablaban de poesía, del último grito en moda, o de acciones en bolsa. Los miembros del club Atheaneum eran mayormente intelectuales: científicos, literatos, artistas de las artes escénicas y caballeros ingleses patronatos de las artes y de las ciencias. Ahí era donde había encajado una vez el señor Anderson hacía 10 años, como patrón de las artes escénicas; aunque realmente no fuera uno de los más conocidos. El burgués siguió caminando evitando las miradas altaneras de los socios del club y se dirigió hacia una barra americana, donde un barman muy diestro servía refrigerios. El gordo y hortera caballero se quitó el sombrero hongo de la cabeza y se lo puso al pecho mientras se sentaba torpemente en el taburete. A su lado, un hombre joven, de melena rubia y alborotada, se había desaflojado los tirantes y estaba en mangas de camisa, mientras fumaba despreocupadamente uno de los recientemente creados cigarrillos de liar. Mr. Anderson llamó la atención del barman, que limpiando indiferentemente un vaso se acercó a la barra.
-Disculpe, joven- dijo Anderson mientras acercaba el rostro al barman- Hace un tiempo salí de viaje y no he vuelto en años. Quería preguntar un poco sobre la actualidad del lugar.
El barman sonrió mientras se echaba la toalla por encima del hombro.
-Algo me dice, caballero, que tiene una pregunta ya formulada en su cabeza. ¡Adelante! No hace falta que se ande con rodeos. Esto es un club de sociedad, ni se imagina la de gente que viene aquí solo a buscar información o a escuchar cotilleos muy personales...
-Oh, claro- afirmó Anderson mientras se secaba el sudor con un feo pañuelo-. Quería saber si la señorita Evelyn Austen seguía acudiendo al Athenaeum Club. O su marido, el conde Maximilian Blair- susurró nerviosamente mientra miraba hacia los lados. El mozo rubio de su lado echaba una calada larga a su cigarro mientras jugaba a darle vueltas a su copa.
-¿Cómo...? Pero es que no lo sabe, caballero- respondió el joven rubio con un acento francés pobre, interrumpiendo la conversación-. ¿Acaso no se enteró? Debe haber estado lejos si no se había enterado de la desgracia que acechó al conde. Los Blair se arruinaron por las deudas que debían y no tardaron en llegar los buitres: un grupo de burgueses se encargó de abusar de ellos y así rapiñar las pequeñas fortunas que les quedaban. Para mayor desgracia para ellos, los títulos de nobleza perdieron sus beneficios para ser solo honoríficos por orden de la reina Victoria, por lo que su patrimonio ha sido prácticamente nulo. Ruina total.
Anderson asintió con la cabeza ansioso. Esa historia ya la conocía de sobra...él fue uno de esos buitres que se aprovechó de los problemas de una familia para arruinarla y forrarse a costa de la familia noble. Calló mientras esperaba las historia más recientes de los Blair. Lo que le interesaban eran las novedades.
-Pero eso ya no importa- siguió relatando el joven-. Oficialmente los Blair están disueltos y su condado expropiado tanto por los socios capitalistas como por el Estado. La señorita Evelyn Austen murió de peste blanca y su único hijo heredero, el señorito Edward Blair, se escapó de casa con unos tiernos 13 años para no volver jamás; dejando a un padre solitario que murió por la pena de la soledad y la pobreza sobre el butacón de una mansión que se inundaba de enredaderas. Al menos esos son los rumores que han llegado desde St. Helens. Lo cierto es que se celebraron los funerales tanto por el matrimonio del condado como por el...niño, al que dieron por fallecido.
El señor Anderson parecía claramente sorprendido por las noticias de los últimos 10 años que había estado fuera, como si el cambio hubiera sido drástico. Cuando se marchó, lo único que sabía era que los Blair se arruinaban. Las noticias le venían muy pero que muy bien, pero aquello...era exagerado. Tampoco deseaba la muerte de aquellas personas, por mucho que las estafara; aunque por otro lado, le aliviaba saber que no había posibilidad de encontrarse con ninguno de los Blair. Después de todo, abandonó a su mejor artista, a la dama Evelyn, cuando más lo necesitaba, mientras se llevaba su dinero.
-Por cierto- continuó diciendo el joven rubiales-. Mi nombre es François Leveque, soy poeta y miembro del club literario del Atheaneum. Enchanté, messier.
-Encantado, joven. Mark Anderson, representante de artistas- apretón de manos.
- Es un placer, messier Anderson. ¿Qué asuntos le traen por aquí?
-Oh...nada en especial...asuntos de negocios- respondió evitando el tema, tenía cosas que hacer.
-Negocios, ¿eh? Eso no es nada nuevo en el Athenaeum Club´s. Todos aquí tratamos con dinero, después de todo estamos en uno de los clubes elitistas de Londres...aunque no por ello todo sea...legítimo. ¿Me sigue?
El burgués ignoró a su interlocutor e iba a volverse al camarero para buscar más información, pero se lo pensó mejor, volviendo a mirar al francés enarcando una ceja, pensando en lo que significaba eso último que había dicho. Anderson acabó decidiendo que el joven François sabría encontrar lo que buscaba mucho mejor que un camarero, así que se decidió a preguntar.
- Usted parece llevar tiempo en este club y en Londres, y parece estar al tanto de lo que acontece en la ciudad
-Oui, messier. Dispare...¿qué quiere saber?- le animó el francés mientras estiraba una y otra vez sus tirantes.
- ¿Conocéis algún asesor financiero, bancario...o lo que sea?- dijo despacio como buscando las palabras adecuadas.
François tuvo que reprimir una sincera aunque maliciosa sonrisa, y respondió:
-Por supuesto, messier. Conozco a un miembro de la Building Society, la sociedad de préstamo inmobiliario. Ese hombre podría hacer cualquier cosa con el dinero.
-¿Cualquier cosa...? -preguntó avaricioso Anderson.
François volvió a reprimirse, y respondió de forma indiferente.
-Por supuesto- dijo acercándose más para hablar más bajo-. Si le interesa, Mr. Robertson podría hacer parecer que los fondos más sucios se conviertan en algo más blanco que la nieve...si sabe a lo que me refiero.
-¿Y eso es legal?
El joven rió ante la pregunta de forma complaciente.
-Por supuesto que no, pero...¿quién está libre de pecado en este club? - preguntó maliciosamente mientras se colocaba los tirantes y el chaleco.
La idea de que muchos personajes importantes de la sociedad londinense cometieran tales actos fraudulentos animó al manager de artes escénicas.
-¿Y dónde podría encontrarlo?- preguntó impaciente el burgués.
François miró a un lado y a otro, por si alguien indebido escuchara la conversación.
-Está usted de suerte, hoy mismo mi colega se encuentra en el club. ¿Quiere que hable con él? Somos grandes socios.
-¡Sería un placer hacer negocios con el señor Robertson! Yo mismo le acompaño...
François cogió un rebote nervioso y rápidamente sentó al señor Anderson en su taburete.
-¡No! ¡No! Usted espere aquí. A Robertson no le gusta que... le atosiguen. Tenga paciencia ¿Ve aquella puerta del salón? Pues diríjase al despacho nº 7 allá en 5 minutos ¿de acuerdo?
-Sí, sí...¡lo que sea! Gracias, no tenéis ni idea del favor que me hacéis, extranjero.
Pero François no se encontraba ya allí, sino que había desaparecido corriendo salón abajo con gran prisa torpe, esquivando mayordomos y caballeros y damas por igual. Finalmente entró en el despacho solo.
"Toc, toc."
Anderson golpeó tal y como habían acordado dentro de cinco minutos en el despacho nº 7 del club nocturno. No había vuelto a ver a François, pero ni le importó. Estaba deseando ver a ese hombre que iba a transformar todo el dinero robado a la fallecida Evelyn Austen en dinero blanco...
Nadie abría la puerta. Solo escuchaba a alguien carraspear al otro lado, como si alguien fuera a dar un discurso o a aclarar su voz. Finalmente la impaciencia le pudo y entró, pillando a un señor Robertson carraspeanado mientras sacudía un pañuelo rojo por la ventana del despacho. Robertson era una persona mayor, de pelo y barba castaña con largas patillas y descuidadas, bien trajeado y unos ojos cansados tras unos anteojos limpios. Robertson abrió mucho los ojos claramente sorprendido, pegó un bote inesperado y guardó el pañuelo en la solapa de su bolsillo externo mientras cerraba la ventana adornada por unas enormes cortinas blancas que podrían esconder a todo un ejército.
-Usted debe ser el hombre del que me habló François. ¿El señor Mark Anderson, asesor de artistas de artes escénicas?
El patrón artístico había cogido su sombrero hongo y miraba desconfiado. La actitud del asesor financiero como el desorden que había en el despacho era algo que le desquiciaba de aquella situación ¡por el amor de dios, si incluso había ropa tirada por el suelo! Además, había otra cosa que le extrañaba.
-¿Cómo es posible? No he visto salir al joven François- dijo mientras intentaba inspeccionar con la mirada todo el despacho, pero el excéntrico señor Robertson se puso en mitad de su línea de visión torpemente, casi tropezando.
-Oh...¿en serio?- respondió el señor Robertson con una voz demasiado aguda-. No se preocupe, es un joven muy escurridizo. Tranquilo, me ha puesto al tanto de todo- decía Robertson mientras se atusaba una y otra vez las feas patillas, como si le picaran o algo.
-¿Se encuentra bien?
-Síiii, síii por supueeessstooo. No se preocupe señor, siéntese y hablemos de negocios. ¿Así que quiere blanquear su dinero en Londres?
Anderson parecía incómodo ante las maneras de decir las cosas, pero por mucho que le doliera, eso era lo que quería. Así que asintió levemente con la cabeza.
-Pues...sí, así es. ¿Cómo puede ayudarme?
Un estornudo se escapó de algún lugar del salón. Robertson y Anderson respondieron a la vez.
-Salud.
Ambos dudaron atónitos, pero nadie preguntó nada. Mr. Robertson rápidamente lo hizo tomar asiento lo más cercano posible al escritorio. El asesor se sentó al lado del ventanal por donde toda la niebla se desenvolvía como una enorme calada de humo y entrelazó sus dedos por encima del escritorio de caoba.
-Verá...como ya le habrán dicho por el club, pertenezco a la Building Society, por lo que soy uno de los socios de la sociedad de préstamos inmobiliario y asesor de bolsa en el Royal Exchange. Seré breve, ¿tiene alguna posesión altamente valorada?
-Oh, sí. Tengo a mi nombre un enorme edificio en la avenida Shaftesbury. Apenas lo uso...
-¡Perfecto! Verá, puedo otorgarle un seguro como cooperativa de ahorros. Es sencillo, usted asegura su edificio por una buena fortuna...
-¿Cuánto?
-5.000 £ al mes.
-¡¿Cómo?! ¡¿Al mes?! ¡Si 5.000 es todo lo que tengo!- exclamó Anderson mientras hacía ademán de levantarse y marcharse de allí.
Robertson levantó enérgicamente los brazos para llamar la atención de su interlocutor.
-¡Tranquilo! Lo único que tiene que hacer es darme 5.000 libras esterlina y yo le aseguro su propiedad. Esta misma noche usted organiza un ataque a su local y yo le valoro los daños en 4.000 libras, que volverían a usted. Todo legal.
-¿Y las otras 1.000 libras?
-Serían mis honorarios por hacer la vista gorda y por mis servicios. Entonces usted tendría 4.000 libras en blanco y yo 1.000 por mis servicios. Una vez pasado esto, daremos por finalizado nuestro contrato y no me volverá a ver la cara. Pase lo que pase, usted sale ganando.
-Comprendo...-meditó Anderson-. Mandaré ahora mismo a gente a asaltar mi propiedad.
Después de enviar a unos muertos de hambre a asaltar la propiedad de Mr. Anderson en la avenida Shaftesbury en el distrito teatral de West End, Robertson preparaba un té cítrico para su socio mientras charlaban.
-¿Puedo preguntar cómo consiguió el dinero? Solo por curiosidad. Ya sabe...por si algún día necesitara dinero.
Anderson se sentó una vez dada la orden de asaltar su propiedad. Tenía el contrato en la mesa y lo leía con detenimiento, si no fuera por las interrupciones del señor Robertson.
- ¿Tráfico de armas?
Anderson levantó la vista del papel.
-¡Por dios, no!
-¿Opio?
-¡Le he dicho que no!
-¿Entonces?
-Oiga, mire...no sé si quiero firmar esto...
Robertson se fue hacia las cortinas, mirando el poco paisaje que podía dejar entrever la niebla.
-Claro, puede probar suerte con otros asesores más legales. Cobran demasiado como para dejarse sobornar, no va a encontrar a ninguno como yo. Solo le pido saber cómo lo hizo, cómo consiguió todo ese dinero. No me irá a decir que representando a actores...
-No...claro que no. Representé durante un largo periodo de tiempo a la esposa de un alto miembro de la sociedad, de Maximilian Blair. Su esposa, Evelyn Austen, era bastante buena actriz, hacía ilusionismo, escapismo y era una gran actriz de vaudeville. No sabe lo difícil que es conseguir que una mujer triunfe sobre los escenarios hoy día, así que cobraba una gran cantidad de dinero por hacer que pudiera actuar, pero no era suficiente. También llevaba los fondos del teatro Vaudeville, donde ella tenía una compañía.
-¿Y entonces usted se larga con el dinero? ¿Así como así...? ¿Nadie le denunció?
-No...aproveché un momento de debilidad. La señorita Evelyn contrajo una enfermedad. Temía muchísimo a su fiel esposo, pero esa fue la distracción que me permitió marcharme con todos los fondos de la compañía y de Evelyn fuera del país. Lo que no sabía hasta hoy es que el matrimonio y su primogénito, el chico de 13 años Edward Blair, habían fallecido de una forma tan dramática.
- A lo mejor si usted no se hubiera ido con todo el poco dinero que le quedaba a la familia Blair hubieran podido asistir a la mujer y tratar su peste blanca, su primogénito no se habría escapado de casa causando su muerte y el conde no hubiera muerto de pena y soledad en su casa ¿lo había pensado?
Anderson se quedó en silencio. ¿Su avaricia había asesinado realmente a toda una familia? No, era imposible que fuera culpa suya.
-Así que destrozó la infancia de un niño, Edward Blair, por avaricia...
-El muchacho no mostraba aptitudes de todas formas. Solo era un niño estúpido al que no le interesaba la vida real. Su padre estaba deseando enderezarlo como un hombre, pero el niño solo prefería jugar con su madre por todos los teatros que visitaba. Hágame caso, esa familia ya estaba destrozada de por sí, sin yo actuar.
Robertson se quedó en silencio mientras seguía rascándose sus patillas con preocupación.
-Entiendo.
Un grito femenino de sorpresa se escuchó desde el salón, parecía haber ajetreo en los salones, como si una estampida de animales hubiera irrumpido por el club nocturno.
-¿Qué demonios es eso?- dijo Anderson mientras se levantaba.
Robertson pegó un golpe en la mesa colocando el contrato.
-Rápido, firme y tendrá su dinero.
Anderson no dudó, firmó mientras deslizaba un fajo de billetes donde iban las 5.000 libras, pero seguía intrigado con lo que pasaba fuera. Cuando terminó de firmar el gentío y la marabunta de pasos que se escuchaba fuera llegó hasta la puerta del despacho nº 7.
-¡Abran a Scotland Yard!
Anderson se levantó tembloroso, mientras que Robertson se quedaba sentado tomando su té.
-¡Imposible!
La puerta cedió, y un par de guardias uniformados venían acompañados de un inspector fumando pipa y mirando su reloj aburrido.
-Mark Anderson, por orden del estado Británico está usted detenido por desfalco, fraude y blanqueo de dinero.
Los agentes esposaron al gordo, que no opuso resistencia alguna.
-¡Imposible! ¡Este hombre es el causante de todo!- gritó señalando a Robertson.
El inspector de Scotland Yard cerró su reloj de bolsillo y le dio un apretón de mano a Robertson.
-Buen trabajo, Smith. Es la primera vez que me das un buen chivatazo. Va a ser verdad que puedes ser un valioso enlace a Scotland Yard.
Robertson...o Smith, quien fuera, asintió con la cabeza con una sonrisa de oreja a oreja. Pero Anderson seguía gritando.
-¡Esto es inaudito! ¡No tienen pruebas!
El inspector levantó el contrato fraudulento y se lo estampó delante de su cara.
-Tenemos una prueba firmada contra usted por blanqueo de dinero. Y un testigo presencial de la policía.
De entre las cortinas, estornudando, salía un agente torpe de la policía de Scotland Yard. Había estado aguantando todos sus estornudos todo lo que podía. Lo había conseguido, pues tenía un resfriado de tres pares por culpa de un incidente en el Támesis.
-¡Y lo he escuchado todo! ¡Atchís!
Pero Anderson seguía en sus treces.
-¡No os saldréis con la vuestra! ¡Tengo una propiedad con la que puedo pagar mi fianza!
El recién nombrado Smith (o Robertson, para Anderson), replicó:
- Claro, con su enorme propiedad que ha mandado a destrozar. Una lástima.
-¡No!- gritó Anderson al percatarse de la metida de pata que había cometido.
El inspector se acercó a Smith, su investigador independiente y le susurró:
-¿Tienes el dinero de este canalla?
-Pues no, la verdad es que no ha traído el dinero, pero ha confesado.
Obviamente, era mentira, Smith/Robertson había hecho desaparecer las 5.000 libras como por arte de magia, como un truco de prestidigitación practicado y ensayado.
-Lástima. Se lo sonsacaremos a él- concluyó señalando a Anderson.
El inspector salió fuera con motivo de contactar con base. A Anderson lo arrastraban entre los dos policías hacia el exterior. Entonces, desde la puerta, pudo ver toda la habitación, y como en un hueco, había ropa tirada.
Había unos tirantes y un chaleco. Anderson enloqueció.
-¡Tú, traidor! ¡Tú eras el francés, el tal François que me trajo aquí! ¡También eras Robertson, el asesor financiero! ¡También eres un investigador independiente, el señor Smith!- Anderson reía de forma enloquecida.
El personaje se quitó las patillas falsas que tanto le incomodaban, así como la peluca castaña, dejando ver un pelo rubio frondoso. Acto seguido, mientras se acercaba a Anderson, se sacudió el pelo dejando caer un polvo amarillento que daba lugar al rubio de François para pasar a un color castaño natural. Al final quedaba una cara que no había visto nunca. François/Robertson/Smith se colocó su traje de frac, una chistera y un bastón. Anderson seguía gritando mientras los guardias lo llevaban fuera a rastras.
-¡¿Quién demonios eres tú?!
El enigmático personaje se acercó a él.
-Nadie. Porque ahora sé que estoy muerto, en parte por tu culpa.
Mark Anderson reprimió un grito de sorpresa al saber lo que ocurría.
-¡Edward Blair!
El extraño negó con la cabeza.
-No...Edward Austen. Y no temas, viejo amigo...que yo seguiré dando mal uso a tu nombre por ti. Te lo aseguro.
Yo, Edward Austen, salí del club con 5.000 libras en mi bolsillo, los cuales se perdieron en volver a abrir el arruinado teatro Vaudeville. Y una vez sin dinero, tenía que pensar en otro golpe. Se hablaba mucho de los banqueros Doyle, y eso me llamaba mucho la atención. Al fin y al cabo, el dinero llama al dinero.
Scotland Yard encarceló a Mark Anderson, el canalla representante de artistas. Sin embargo, hubo gente que seguía maldiciéndolo, pues a pesar de estar entre rejas parecía seguir haciendo de las suyas. Quizás alguien que se hacía pasar por él.
Y esto es lo que pasa cuando te pagan con tu misma moneda.
domingo, 1 de abril de 2012
sábado, 18 de febrero de 2012
La función debe continuar...
Todo principio tiene un final, eso dije ¿no?
domingo, 4 de diciembre de 2011
miércoles, 16 de noviembre de 2011
No olvides de dónde vienes
Pensé en que debía sacar conclusiones de la vida que llevaba y mis normas. Debía, como se suele decir, consultarlo con la almohada. ¡Aunque mi almohada era Morfo! ¿Debía consultar mis dudas con Morfo, pues? No...él ya estaba en el séptimo sueño y no creo que entendiera demasiado la complicada psicología humana. ¡Seguramente piensa que somos complicados de narices!
Entonces, mientras me acurrucaba en el suelo frío, pensé que debía retomar las normas con las que había sobrevivido tiempo atrás: debía dejar atrás a mis nuevos compañeros. Mañana mismo haría las maletas y seguiría solo mi camino para no olvidar todo lo que había aprendido hasta ahora. Dejaría atrás todo: a la avispada Aeryn y a nuestra complicidad en el escenario de la vida diaria; a la impaciente y olvidadiza Emlie, cuya inocencia no le permite engañar a la gente con nombres falsos; a Ethan, el enfermizo enamorado de una mujer a la que está destinado a no conocer; al avispado Arthur, que se maneja como una culebra por las calles como si fuera su elemento, pero cuya lengua no tiene el veneno de la mentira; al duro y paciente Korvash, de enigmática presencia, su edad anónima y el peculiar brillo de sus ojos cuando ve que le tratamos como un amigo en vez de como un guardaespaldas; A la dulce Luna, pobre...ni siquiera ella pudo decidir cuál iba a ser su fatal destino.
No pares de caminar. No mires atrás. Nunca eches raíces. Estafa a los ricos. Ayuda a los pobres. Vive del cuento. Trabaja solo. Reparte el dinero y separa los caminos. Nunca te desanimes. Sé siempre tú y a la misma vez nunca lo seas. Procura que no te conozcan. No te ates a nadie. Alimenta tus recuerdos. Nunca perdones. Nunca preguntes. NUNCA olvides de dónde vienes.
lunes, 10 de octubre de 2011
¿Quién soy?
Bueno, a lo que iba. Nos presentamos en el despacho de Lawrence y, evidentemente, con nuestras personalidades cambiadas tal y como habíamos establecidos en mi plan (ya lo echaba de menos, snif)
-¿Os burláis de los poderosos delante de sus narices?- preguntó el muchacho pensando que eso debía ser terriblemente peligroso.
viernes, 26 de agosto de 2011
No soy un héroe
viernes, 15 de julio de 2011
Un teatro que no ha cerrado el telón
jueves, 21 de abril de 2011
Un recuerdo...
Son curiosas las gentes de Terrain (¿se escribirá así? ¿Me lincharían las masas si escribiera mal el nombre de su tierra?), y sobre todo sus mercados. No solo venden comidas extrañas, de sabores contradictorios como frutas con sabor a dulce, sino que son muy valoradas las artes...¡y qué artes!
Londres me gustaba, pero allí el arte era para la alta sociedad, era...¿valioso? Pero aquí las artes son tan valiosas que viven en todas partes, expuestas para todo el mundo, de cualquier clase y condición. Aquello no se parecía en nada nuestro mundo. En nuestro mundo el progreso es la industrialización, la búsqueda del menor coste y mayor producción y beneficios. Pero aquí parece que no se han olvidado del progreso "humano" (entre comillas porque visto lo visto en Metáfora lo humano no predomina mucho): la sociabilidad sin intereses, las artes, los sueños, las ilusiones...aquello sí que era un progreso que nuestra sociedad no es capaz de vislumbrar, quizás porque no es material. Allí había dos malabaristas, que hacían trucos que ni yo hubiera imaginado a soñar. Habían acabado y contaban sus monedas recaudadas.
-Disculpad.
-¿Si?- dijo el muchacho levantando la vista justo después de contar las monedas equitativamente entre los dos malabaristas.
-Son...buenos trucos. ¿Cómo los hacéis?
-¿De farsante a farsante?- preguntó él con una sonrisa irónica.
-¿Perdón, farsante?
-Sabemos reconocernos entre nosotros, somos como del gremio.
-Eh, ya.
-¿Qué queréis aprender?
-¿Los trucos que hacéis son con magia...o tienen truco?
-Ilusiones...solo ilusiones.
-No os comprendo.
-¿Cómo lo hacéis entonces?
-Pues, con trucos.
-Os enseñaré pero, ¿de cuanto hablamos?
-Os enseñaré un truco si me enseñáis a hacer ilusiones.
-Trato hecho.
Le enseñé un truco bastante simple, sacar una moneda tras la oreja, pañuelos inexistentes de la boca, incluso hacer aparecer cosas que él mismo llevaba en el bolsillo.
-Vuestro turno.
Él se crujió los dedos:
-Bien, realmente no hay ningún truco, solo usamos las ilusiones del espectador. Bien, pon las palmas de las manos juntas. Imagina lo que quieras...y aparecerá.
-No sé...
-Venga, una madeja de hilo.
-Vale. -accedí no muy convencido.
-Una madeja de hilo, una madeja de hilo, una madeja de hilo.- repetía concentrándose mientras yo miraba incrédulo.-¿En qué piensas?
-En que no va a aparecer una madeja de hilo.
-¡Vamos! ¡Esa no es la actitud! Tienes que creérlo, si no no saldrá.
-Bien...lo intentaré.
"Una madeja de hilo, una madeja de hilo, una madeja de hilo...vamos Eddy, solo tienes que creer"
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-Vamos Eddy, solo tienes que creer.
-Evelyn, no le hagas perder el tiempo al crío.- dijo un señor bigotudo ataviado con un traje de levita, que leía el Times con una pipa en la boca, sentado en un butacón de roble.
-No seas duro, Max.- le dijo la mujer-. A él le gusta.
-Tonterías.- respondió el caballero con un bufido mientras volvía a la lectura de finanzas.
-No es una tontería.- dijo el niño concentrado en medio del salón.- Mamá lo conseguirá.
El salón era enorme y las ventanas gigantescas estaban acompañadas de fantasmales cortinas, pero padres e hijo estaban concentrados al lado de la chimenea. No había mejor manera de pasar la lluviosa tarde de un sábado que al lado del fuego con la familia.
-Venga Eddy, solo tienes que creer. ¿Qué crees que aparecerá en mi mano?
-¡Una madeja de hilo!- gritó el niño, cuyo eco resonó en toda la estancia.
-¡Voilá!- gritó la madre haciendo aparecer una madeja de hilo de la nada.
-¡Bravo! ¡Bravo!- aplaudió el niño con fervor y admiración.
Cuando se apagaron las risas, Evelyn miró por la ventana y sonrió tan ilusionada como el niño.
-¡Anda, pero si ha escampado!
-¡Viva!
-¿Por qué no sacas a Nala y jugáis en el jardín?
-¡Síii!- gritó él mientras llamaba a gritos al cachorro de golden terrier-. ¡Nala! ¡Nala!
Cuando el niño salió al jardín de la mansión, su madre los observó cómo jugaban en el jardín con una sonrisa en los labios. De repente notó la presencia de su esposo detrás.
-Evelyn, se nos acaba el dinero.
A ella se le borró la sonrisa.
-¿Y qué vamos a hacer?
-Tendremos que deshacernos del perro...es una boca que alimentar que no nos podemos permitir.
-¡Le romperás el corazón a Eddy! Max...no lo hagas. ¡Te juro que mi manager me dará lo que me debe! Me lo juró tras la última actuación en Londres...
-Olvídalo. No volverás a ver al canalla de Mark Anderson. Ha desaparecido y mis acreedores cada vez están más impacientes. Puede que incluso tengamos que vender la casa.
-Oh, Max...
-Hay que deshacerse del perro.
-¿Y qué le diremos a Eddy?
-La verdad, ya va siendo hora de que crezca y se convierta en un hombre. Y llámalo Edward, que ya es mayorcito. Tengo que irme, mis acreedores tampoco esperan.
El hombre cogió su maletín, su bastón, su traje y chistera y salió de casa, sombrío. Evelyn soltó una lágrima al ver cómo su esposo despedía a su hijo fríamente en el jardín.
"Es hora de que crezca"
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"Una madeja de hilo, una madeja de hilo, una madeja de hilo..."
Levanté la palma de la mano...y allí estaba, de la nada, una madeja de hilo. El ilusionista quedó también impresionado.
-La verdad...te quería estafar, iba a apelar a tu ineptitud, pero resulta que has podido. ¿Tienes sangre de ilusionista?
-No...no lo sé.
Ya no sé apenas ni quién soy. Cada vez me percato del enorme puzzle que son nuestras vidas, y como todo empieza a encajar.