miércoles, 26 de diciembre de 2012

Revelaciones en el Aullido

Cambiar.

Mi vida cambia, o eso quiero creer. Aunque he dejado atrás algunos valores que creía que daban peso a las decisiones de mi vida. Quizás sean un lastre en la nueva vida que quiero comenzar, en la vida que quiero rehacer. En la vida que dejé de vivir por cosas a las que no puedo ni quiero dar.

Volvía a casa con las manos vacías, sabiendo que perdería a una amiga. Que ninguno de los pasos que había dado la salvarían de esa condena. Pero ahora ha demostrado su voluntad de salir. Su voluntad para vivir. Para tomar de cualquier modo su camino, pero para tomarlo de igual modo. Sin saber quien la ha ayudado, quien realmente le ha dejado de nuevo respirar... no sabría como agradecerle ese regalo.

Y se acerca un final. De un modo u otro. Ella, en su curiosidad que bendeciré cada uno de los días que vivo a partir de entonces, me ha perdonado la vida. Me arriesgaré a salvar otra vida, quizás. Un lugar que al principio suscitaba miedo, inseguridad. Ahora se parece más a una nueva casa. Un nuevo lugar para volver a encontrar con sonrisas a caras conocidas.

Me pregunto, aunque ya sin mucha ansiedad, cómo ha llegado a cambiar tanto todo. No parece mérito propio, no he trabajado en amistades ni contactos. Tan solo estoy, olvidados renombres, cargos y opulencias innecesarias. Nómada, florete en cinto, esperando a encontrar una nueva historia para escuchar.

lunes, 24 de diciembre de 2012

Siempre incorrectas


Dicen que no existe nada imposible. Y lo creo, en gran parte, pero eso no quita que alcanzar lo imposible no sea difícil.
Llamadme loca o pensad que tengo ideas retorcidas, pero después de todo lo que nos está ocurriendo a Phoenix y a mí, de la cantidad de veces que nos hemos separado... pienso que realmente hay alguien o algo que no quiere que permanezcamos unidos.
¿Destino? No lo creo. Ya ha sido demasiado injusto conmigo, creo que a pesar de todo... a pesar de mi pésima autoestima, creo que merezco un final feliz. Hasta los malos lo merecen si realmente se arrepienten de sus actos.

Y ahora para colmo hay una sombra detrás de mí. ¡Genial! Como si no tuviera suficiente. No sé si venir a Metáfora me ha complicado la vida más de lo que ya estaba. Aún tengo la esperanza de encontrar a mi hermano, si realmente está vivo. Y también la de vivir buenas aventuras con Cuentacuentos y, sobre todo, convivir con Phoenix tranquilamente.
¿Y sí no fue buena idea venir aquí? A pesar de lo bueno que he encontrado, lo malo supera con creces lo positivo.
¿Es de verdad culpa de Metáfora, o es que arrastro demasiados trazos de desgracia tras de mí? ¿Realmente el destino está escrito, o podemos escribir nuestro propio cuento?

Porque de momento... mis páginas están escritas con letra desconocida.
O quizá lo poco que he escrito yo misma, no han sido más que meras palabras incorrectas. 

domingo, 23 de diciembre de 2012

Handûr

Cuentan que hace mucho tiempo, en un lugar extraño en medio de ninguna parte, moraba un espíritu de la tierra. El nombre de aquella mujer se perdió entre las páginas del tiempo, más allá del sonido del viento y el agua. Dicen que sus cabellos eran tan largos que penetraban como raíces en la tierra, que de las puntas de sus dedos brotaban pequeñas y verdes hojas, que su risa era como el leve trino de las aves azules y en sus ojos se podían ver tantos caminos como destinos buscase el hombre. Campaba por doquier a su antojo, haciendo florecer los campos, reflejando su imagen en cada arroyo, velando los sueños de los arboles… hasta que estalló la guerra. El verdor se tiñó de sangre, la tierra, empapada de oscuridad era incapaz de preñar su vientre de frutos, el agua fresca ardía en la garganta… y su hermosura y su poder se marchitaron. Tanto lloró la dama que se secaron los ríos en su nombre, y llorando la encontró un joven soldado herido, con el alma deshilachada y los ojos cansados, y le dio tanta pena ver algo tan hermoso destrozado que la tomó en brazos y se la llevó de aquel lugar. 
Caminaron durante horas, días, semanas… hasta que llegaron al pie de una montaña, justo al lugar donde la piedra entraba en la tierra. Y en la entrada, quizá como un recibimiento, una flor roja había conseguido sobrevivir al mal que asolaba aquellos tiempos. Abandonando la fuerza de la roca que le había hecho resistir, el guerrero se dejó caer de rodillas dejando a la doncella acurrucada al lado de la flor. Su respiración comenzó a menguar y sus ojos a cerrarse mientras la joven inspiraba el suave aroma de aquel diamante rojo. La dama se acercó a los labios de él y tomó su último aliento como regalo. 
Dicen que se levantó un fuerte viento, como si el aire volviera a los pulmones del muchacho, y que a un gesto de ella, tomó la forma de un enorme gigante de piedra, con la fortaleza que bien había probado. 
Nadie sabe qué pasó después, pero los más ancianos aseguran que ambos viven bajo la montaña, y que la guerra no conoce aquel recóndito lugar, pues Handûr, el Gigante de Piedra, lo protege en compañía de su dama.

martes, 18 de diciembre de 2012

El origen



Metáfora existe desde que lo hace el miedo, pero no siempre fue una tierra de luz. Cuentan que al principio todo estaba oscuro, que las tinieblas habían atrapado al alba y las sombras eran tan espesas que el aire se pudría antes de llegar a los pulmones. La tierra estaba marchita, nada crecía, ni una flor, ni un sueño. El sol era una leyenda sobre la que no se hablaba, pues en ese lugar no había nadie vivo. Solo la noche permanecía, la noche, las pesadillas… y el frío. Pero un día, posiblemente en algún momento al borde de la desesperanza, alguien se atrevió a soñar, a creer que algo mas sería posible con tanta fuerza y anhelo que se encendió una llama que hizo incendio entre las sombras de aquel mundo, esa llama se propagó, extinguiendo a las pesadillas y encerrándolas en un pequeño reducto de aquel basto lugar al que llamaron “Tierra Oscura”.
Entre tantos sueños, entre tanta algarabía y felicidad, la luz se apoderó del mundo y la vida floreció como los campos en primavera, y como si la naturaleza respondiera con ímpetu ante tal destino, se alzaron enormes montañas que rozaban las nubes, plagados sus caminos de laberintos y se derramó un embravecido río, ambas fuerzas conjugadas para impedir que la oscuridad volviera, que resurgiera de allá donde se las confinó.
Pero el mal se alimenta del mal y ninguna prisión es imperecedera, y dicen los viejos magos, los cuentacuentos y algunas brujas, que algún día el hombre soñará con cosas tan terribles que esas pesadillas disfrazadas de dulces sueños volverán a brotar de las entrañas de Tierra Oscura, y como un manto negro devolverán a Metáfora la noche que les pertenece.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Montajes

La verdad es que me apetecía hacer algún montaje y no tenía ni pajotera idea de "de qué?", así que aquí va ^^


Aquí, el señor Edward y la señorita Aeryn


Aquí, sus realeSas, la princesa Drusila y el príncipe Dracul (oi oi oi)

sábado, 8 de diciembre de 2012

Descolgarse


La enorme casa se encontraba en silencio y casi oscuras. Solo un par de velas en el salón, dando luz quizás a la lectura de su padre, daban mudo testimonio de que alguien permanecía despierto a tales horas intempestivas. El joven dejó sus habituales ropas en el armario, cambiándolas por otras menos lujosas pero que, a decir verdad, no le sentaban nada mal, o eso opinaba más de una dama de baja ralea… aunque ya se sabe que el dinero puede comprar la mentira. Un buen amasijo de ropa bajo las sábanas, la luz extinta y el dormitorio en silencio, desde luego daba la sensación de que estaría durmiendo, otra vez. Se acercó a la ventana y la abrió, dejando que el viento frío casi le congelara las fosas nasales y un escalofrío recorriera su espalda. 

- Una noche estupenda para entrar en calor… - sonrió para sí, como un crío a punto de hacer una travesura 

Metió las manos en una pequeña cavidad que había hecho y tapado a conciencia en el suelo de madera y sacó la cuerda que en tantas ocasiones se había confabulado con él. La ató a una de las patas de la cama y la dejó deslizar con cuidado por la ventana hasta el césped del jardín, cayendo en aquel seto de flores medio machacadas sobre cuyo estado siempre preguntaba el pobre jardinero. Ya tenía una pierna fuera del pequeño balcón y el cuerpo a medio descolgar cuando la puerta se abrió repentinamente.

- ¿Qué estás…? – la mirada atónita de su padre casi le hizo resbalar de la risa 
- ¡Me estaba cayendo, padre! ¡Menos mal que habéis llegado justo a tiempo! ¿Podríais ayudarme? – respondió el joven con su expresión más severa, la cual, por cierto, dejaba mucho que desear 
- Cualquier día a tu madre va a darle un soponcio, Arthur…

sábado, 24 de noviembre de 2012

Volver a Londres

Respirar.
Por fin he dejado la cárcel de cristal, para ver el cielo abierto, sin que nada pueda impedirme alzar la mano para intentar tocarlo. Como si celebrase mi escapada, mi liberación, he huido de la ciudad volando sobre un dragón. Tan veloz, tan libre. Como si pudiese así borrar todos los malos recuerdos, como si me limpiase, dejase caer toda mi carga para empezar de nuevo.

Cambiar de nombre, de vida. De historia. De futuro. De caminos.
Todas esas son mis opciones. Pero todavía no. Aunque parezcan pocos, demasiados me conocen todavía. Por fin podría cumplir esa idea que por tanto tiempo he estado acariciando.
Londres.

¿Cómo será volver a casa? ¿Seguirán allí las personas a las que conozco? ¿Seguirá intacta la casa en la que me crié? Atesoro esas preguntas en mi interior, como un niño que aguarda a recibir una sorpresa. Pero me asusta crear demasiadas expectativas. En todo caso, espero no marcharme sola. Es posible que más personas quieran volver al lugar donde procedemos. Porque no hay lugar como el hogar, y el hogar está donde el corazón lo dicta.

viernes, 26 de octubre de 2012

ABCdario Común Metáfora



Este es el abecedario del idioma común que se habla en Metáfora. Por si lo queréis tener ^^.

martes, 16 de octubre de 2012

Una carta por enviar

Se acerca el final de muchísimas cosas en tan poco tiempo. Una liberación. Un miedo que paraliza, y después la paz. En caso de no conseguirlo, partiremos en direcciones distintas, y tal vez nos podamos reencontrar si existe algo más.

Te robé un un momento, algo que ni siquiera reclamaste de vuelta. Me lo guardo como el regalo de algo que nunca se llegó a fraguar del todo, algo que podría haber crecido. De igual modo, siempre van a quedar momentos perdidos. La duda, la desconfianza, la incertidumbre, las respuestas a medias verdades.
Aunque tarde para mí, me has enseñado a valorar lo que tengo. Y lo más importante. A valorarme a mí misma, a entender como soy. Mejor tarde que no hacerlo nunca.

Ojalá llegues a leer esta carta. Tal vez signifique que serás libre, que estaré de vuelta antes de que ocurra lo peor. Que podamos retomar nuestras vidas donde las dejamos, hace mucho tiempo. Al menos, en mi caso, dejé mi vida hace mucho tiempo, cuando la ambición dejó paso a otras cosas. Entonces, comenzó algo diferente.
Quedan tantas cosas por saber

lunes, 15 de octubre de 2012

Pagar con la misma moneda.

La noche había caído en el Londres victoriano. Las calles de su centro estaban de una forma especialmente vacía, y es que la niebla aquella noche fue más densa de lo normal. Hacía un frío terrible y la gente que podía permitírselo quemaba carbón a mansalva, por lo que la polución había acentuado la niebla amarillenta que los londinenses denominaba "puré de guisantes". Esa noche no había sido puesta en el escenario para ser disfrutada en las calles oscuras de Londres, sino que se esperaba que la gente se quedara en casa, con sus familias arrimados al fuego.

Pero eso era algo para pobres de dineros pero ricos en el amor. Además, no existía familia alguna para mi con la que volver. Ni casa en pie sobre la que volver a dormir. El camino se hacía con la mirada al frente, ¡nada de mirar atrás!


¿Entonces qué diablos se podía hacer aquella noche tan fría? Ah, amigo...el dinero te podía abrir las puertas de los solicitados clubes nocturnos de Londres. Y ahí se encontraba nuestro amigo el "caballero" Mark Anderson. Había entrado de forma disimulada con su enorme tripa de burgués, que a punto estaba de reventar su hortera faja roja que alcanzaba a asomarse desde una camisa que ya le quedaba pequeña: su espeso bigote flotaba sobre sus gruesos labios como un perro yorkshire inquieto por pulgas; los ojillos, ocultos en la sombra de un sombrero hongo muy feo, denotaban que estaba nervioso y que a la vez reconocía unas calles que hacía mucho que no visitaba. Mucho, mucho tiempo. Se sentía como un marinero que había esperado a que pasara la tormenta para cruzar un océano...y aún así se temía que le pillara el mal temporal. Y eso fue lo que pasó ¡pero no adelantemos acontecimientos! Sigamos con el señor Anderson, ¿qué tramará semejante personaje? Shhh, vamos a observarlo.


Con los puños enguantados y después de levantarse el cuello de su caro abrigo, el gordo y sudoroso caballero subió las escaleras del umbral del edificio de fachada clásica. Atravesó el umbral de columnas blancas y una vez en el elegante porche golpeó la puerta, donde le abrió un mayordomo estirado y regio que recogió su abrigo y le invitó a pasar cuando lo reconoció. Después de mucho tiempo desaparecido, Mark Anderson, el orondo asesor y representantes de artistas conocido especialmente en el distrito de West End, había vuelto a aparecer en Londres, más concretamente en el club nocturno del Athenaeum, en el 107 de Pall Mall. Entró con aire preocupado a los salones imbuidos del humo de los puros, pipas y a perfume caro. Los sucesivos personajes con los que se cruzaban lo miraban por encima y al no reconocerlo apartaban su mirada con frivolidad. Corrillos de señores y damas hablaban de poesía, del último grito en moda, o de acciones en bolsa. Los miembros del club Atheaneum eran mayormente intelectuales: científicos, literatos, artistas de las artes escénicas y caballeros ingleses patronatos de las artes y de las ciencias. Ahí era donde había encajado una vez el señor Anderson hacía 10 años, como patrón de las artes escénicas; aunque realmente no fuera uno de los más conocidos. El burgués siguió caminando evitando las miradas altaneras de los socios del club y se dirigió hacia una barra americana, donde un barman muy diestro servía refrigerios. El gordo y hortera caballero se quitó el sombrero hongo de la cabeza y se lo puso al pecho mientras se sentaba torpemente en el taburete. A su lado, un hombre joven, de melena rubia y alborotada, se había desaflojado los tirantes y estaba en mangas de camisa, mientras fumaba despreocupadamente uno de los recientemente creados cigarrillos de liar. Mr. Anderson llamó la atención del barman, que limpiando indiferentemente un vaso se acercó a la barra.


-Disculpe, joven- dijo Anderson mientras acercaba el rostro al barman- Hace un tiempo salí de viaje y no he vuelto en años. Quería preguntar un poco sobre la actualidad del lugar.


El barman sonrió mientras se echaba la toalla por encima del hombro.


-Algo me dice, caballero, que tiene una pregunta ya formulada en su cabeza. ¡Adelante! No hace falta que se ande con rodeos. Esto es un club de sociedad, ni se imagina la de gente que viene aquí solo a buscar información o a escuchar cotilleos muy personales...


-Oh, claro- afirmó Anderson mientras se secaba el sudor con un feo pañuelo-. Quería saber si la señorita Evelyn Austen seguía acudiendo al Athenaeum Club. O su marido, el conde Maximilian Blair- susurró nerviosamente mientra miraba hacia los lados. El mozo rubio de su lado echaba una calada larga a su cigarro mientras jugaba a darle vueltas a su copa.


-¿Cómo...? Pero es que no lo sabe, caballero- respondió el joven rubio con un acento francés pobre, interrumpiendo la conversación-. ¿Acaso no se enteró? Debe haber estado lejos si no se había enterado de la desgracia que acechó al conde. Los Blair se arruinaron por las deudas que debían y no tardaron en llegar los buitres: un grupo de burgueses se encargó de abusar de ellos y así rapiñar las pequeñas fortunas que les quedaban. Para mayor desgracia para ellos, los títulos de nobleza perdieron sus beneficios para ser solo honoríficos por orden de la reina Victoria, por lo que su patrimonio ha sido prácticamente nulo. Ruina total.


Anderson asintió con la cabeza ansioso. Esa historia ya la conocía de sobra...él fue uno de esos buitres que se aprovechó de los problemas de una familia para arruinarla y forrarse a costa de la familia noble. Calló mientras esperaba las historia más recientes de los Blair. Lo que le interesaban eran las novedades.


-Pero eso ya no importa- siguió relatando el joven-. Oficialmente los Blair están disueltos y su condado expropiado tanto por los socios capitalistas como por el Estado. La señorita Evelyn Austen murió de peste blanca y su único hijo heredero, el señorito Edward Blair, se escapó de casa con unos tiernos 13 años para no volver jamás; dejando a un padre solitario que murió por la pena de la soledad y la pobreza sobre el butacón de una mansión que se inundaba de enredaderas. Al menos esos son los rumores que han llegado desde St. Helens. Lo cierto es que se celebraron los funerales tanto por el matrimonio del condado como por el...niño, al que dieron por fallecido.


El señor Anderson parecía claramente sorprendido por las noticias de los últimos 10 años que había estado fuera, como si el cambio hubiera sido drástico. Cuando se marchó, lo único que sabía era que los Blair se arruinaban. Las noticias le venían muy pero que muy bien, pero aquello...era exagerado. Tampoco deseaba la muerte de aquellas personas, por mucho que las estafara; aunque por otro lado, le aliviaba saber que no había posibilidad de encontrarse con ninguno de los Blair. Después de todo, abandonó a su mejor artista, a la dama Evelyn, cuando más lo necesitaba, mientras se llevaba su dinero.


-Por cierto- continuó diciendo el joven rubiales-. Mi nombre es François Leveque, soy poeta y miembro del club literario del Atheaneum. Enchanté, messier.


-Encantado, joven. Mark Anderson, representante de artistas- apretón de manos.


- Es un placer, messier Anderson. ¿Qué asuntos le traen por aquí?


-Oh...nada en especial...asuntos de negocios- respondió evitando el tema, tenía cosas que hacer.


-Negocios, ¿eh? Eso no es nada nuevo en el Athenaeum Club´s. Todos aquí tratamos con dinero, después de todo estamos en uno de los clubes elitistas de Londres...aunque no por ello todo sea...legítimo. ¿Me sigue?


El burgués ignoró a su interlocutor e iba a volverse al camarero para buscar más información, pero se lo pensó mejor, volviendo a mirar al francés enarcando una ceja, pensando en lo que significaba eso último que había dicho. Anderson acabó decidiendo que el joven François sabría encontrar lo que buscaba mucho mejor que un camarero, así que se decidió a preguntar.


- Usted parece llevar tiempo en este club y en Londres, y parece estar al tanto de lo que acontece en la ciudad


-Oui, messier. Dispare...¿qué quiere saber?- le animó el francés mientras estiraba una y otra vez sus tirantes.


- ¿Conocéis algún asesor financiero, bancario...o lo que sea?- dijo despacio como buscando las palabras adecuadas.


François tuvo que reprimir una sincera aunque maliciosa sonrisa, y respondió:


-Por supuesto, messier. Conozco a un miembro de la Building Society, la sociedad de préstamo inmobiliario.   Ese hombre podría hacer cualquier cosa con el dinero.


-¿Cualquier cosa...? -preguntó avaricioso Anderson.


François volvió a reprimirse, y respondió de forma indiferente.


-Por supuesto- dijo acercándose más para hablar más bajo-. Si le interesa, Mr. Robertson podría hacer parecer que los fondos más sucios se conviertan en algo más blanco que la nieve...si sabe a lo que me refiero.


-¿Y eso es legal?


El joven rió ante la pregunta de forma complaciente.


-Por supuesto que no, pero...¿quién está libre de pecado en este club? - preguntó maliciosamente mientras se colocaba los tirantes y el chaleco.


La idea de que muchos personajes importantes de la sociedad londinense cometieran tales actos fraudulentos animó al manager de artes escénicas.


-¿Y dónde podría encontrarlo?- preguntó impaciente el burgués.


François miró a un lado y a otro, por si alguien indebido escuchara la conversación.


-Está usted de suerte, hoy mismo mi colega se encuentra en el club. ¿Quiere que hable con él? Somos grandes socios.


-¡Sería un placer hacer negocios con el señor Robertson! Yo mismo le acompaño...


François cogió un rebote nervioso y rápidamente sentó al señor Anderson en su taburete.


-¡No! ¡No! Usted espere aquí. A Robertson no le gusta que... le atosiguen. Tenga paciencia ¿Ve aquella puerta del salón? Pues diríjase al despacho nº 7 allá en 5 minutos ¿de acuerdo?


-Sí, sí...¡lo que sea! Gracias, no tenéis ni idea del favor que me hacéis, extranjero.


Pero François no se encontraba ya allí, sino que había desaparecido corriendo salón abajo con gran prisa torpe, esquivando mayordomos y caballeros y damas por igual. Finalmente entró en el despacho solo.


"Toc, toc."


Anderson golpeó tal y como habían acordado dentro de cinco minutos en el despacho nº 7 del club nocturno. No había vuelto a ver a François, pero ni le importó. Estaba deseando ver a ese hombre que iba a transformar todo el dinero robado a la fallecida Evelyn Austen en dinero blanco...


Nadie abría la puerta. Solo escuchaba a alguien carraspear al otro lado, como si alguien fuera a dar un discurso o a aclarar su voz. Finalmente la impaciencia le pudo y entró, pillando a un señor Robertson carraspeanado mientras sacudía un pañuelo rojo por la ventana del despacho. Robertson era una persona mayor, de pelo y barba castaña con largas patillas y descuidadas, bien trajeado y unos ojos cansados tras unos anteojos limpios. Robertson abrió mucho los ojos claramente sorprendido, pegó un bote inesperado y guardó el pañuelo en la solapa de su bolsillo externo mientras cerraba la ventana adornada por unas enormes cortinas blancas que podrían esconder a todo un ejército.


-Usted debe ser el hombre del que me habló François. ¿El señor Mark Anderson, asesor de artistas de artes escénicas?


El patrón artístico había cogido su sombrero hongo y miraba desconfiado. La actitud del asesor financiero como el desorden que había en el despacho era algo que le desquiciaba de aquella situación ¡por el amor de dios, si incluso había ropa tirada por el suelo! Además, había otra cosa que le extrañaba.


-¿Cómo es posible? No he visto salir al joven François- dijo mientras intentaba inspeccionar con la mirada todo el despacho, pero el excéntrico señor Robertson se puso en mitad de su línea de visión torpemente, casi tropezando.


-Oh...¿en serio?- respondió el señor Robertson con una voz demasiado aguda-. No se preocupe, es un joven muy escurridizo. Tranquilo, me ha puesto al tanto de todo- decía Robertson mientras se atusaba una y otra vez las feas patillas, como si le picaran o algo.


-¿Se encuentra bien?


-Síiii, síii por supueeessstooo. No se preocupe señor, siéntese y hablemos de negocios. ¿Así que quiere blanquear su dinero en Londres?


Anderson parecía incómodo ante las maneras de decir las cosas, pero por mucho que le doliera, eso era lo que quería. Así que asintió levemente con la cabeza.


-Pues...sí, así es. ¿Cómo puede ayudarme?


Un estornudo se escapó de algún lugar del salón. Robertson y Anderson respondieron a la vez.


-Salud.


Ambos dudaron atónitos, pero nadie preguntó nada. Mr. Robertson rápidamente lo hizo tomar asiento lo más cercano posible al escritorio. El asesor se sentó al lado del ventanal por donde toda la niebla se desenvolvía como una enorme calada de humo y entrelazó sus dedos por encima del escritorio de caoba.


-Verá...como ya le habrán dicho por el club, pertenezco a la Building Society, por lo que soy uno de los socios de la sociedad de préstamos inmobiliario y asesor de bolsa en el Royal Exchange. Seré breve, ¿tiene alguna posesión altamente valorada?


-Oh, sí. Tengo a mi nombre un enorme edificio en la avenida Shaftesbury. Apenas lo uso...


-¡Perfecto! Verá, puedo otorgarle un seguro como cooperativa de ahorros. Es sencillo, usted asegura su edificio por una buena fortuna...


-¿Cuánto?


-5.000 £ al mes.


-¡¿Cómo?! ¡¿Al mes?! ¡Si 5.000 es todo lo que tengo!- exclamó Anderson mientras hacía ademán de levantarse y marcharse de allí.


Robertson levantó enérgicamente los brazos para llamar la atención de su interlocutor.


-¡Tranquilo! Lo único que tiene que hacer es darme 5.000 libras esterlina y yo le aseguro su propiedad. Esta misma noche usted organiza un ataque a su local y yo le valoro los daños en 4.000 libras, que volverían a usted. Todo legal.


-¿Y las otras 1.000 libras?


-Serían mis honorarios por hacer la vista gorda y por mis servicios. Entonces usted tendría 4.000 libras en blanco y yo 1.000 por mis servicios. Una vez pasado esto, daremos por finalizado nuestro contrato y no me volverá a ver la cara. Pase lo que pase, usted sale ganando.


-Comprendo...-meditó Anderson-. Mandaré ahora mismo a gente a asaltar mi propiedad.


Después de enviar a unos muertos de hambre a asaltar la propiedad de Mr. Anderson en la avenida Shaftesbury en el distrito teatral de West End, Robertson preparaba un té cítrico para su socio mientras charlaban.


-¿Puedo preguntar cómo consiguió el dinero? Solo por curiosidad. Ya sabe...por si algún día necesitara dinero.


Anderson se sentó una vez dada la orden de asaltar su propiedad. Tenía el contrato en la mesa y lo leía con detenimiento, si no fuera por las interrupciones del señor Robertson.


- ¿Tráfico de armas?


Anderson levantó la vista del papel.


-¡Por dios, no!


-¿Opio?


-¡Le he dicho que no!


-¿Entonces?


-Oiga, mire...no sé si quiero firmar esto...


Robertson se fue hacia las cortinas, mirando el poco paisaje que podía dejar entrever la niebla.


-Claro, puede probar suerte con otros asesores más legales. Cobran demasiado como para dejarse sobornar, no va a encontrar a ninguno como yo. Solo le pido saber cómo lo hizo, cómo consiguió todo ese dinero. No me irá a decir que representando a actores...


-No...claro que no. Representé durante un largo periodo de tiempo a la esposa de un alto miembro de la sociedad,  de Maximilian Blair. Su esposa, Evelyn Austen, era bastante buena actriz, hacía ilusionismo, escapismo y era una gran actriz de vaudeville. No sabe lo difícil que es conseguir que una mujer triunfe sobre los escenarios hoy día, así que cobraba una gran cantidad de dinero por hacer que pudiera actuar, pero no era suficiente. También llevaba los fondos del teatro Vaudeville, donde ella tenía una compañía.


-¿Y entonces usted se larga con el dinero? ¿Así como así...? ¿Nadie le denunció?


-No...aproveché un momento de debilidad. La señorita Evelyn contrajo una enfermedad. Temía muchísimo a su fiel esposo, pero esa fue la distracción que me permitió marcharme con todos los fondos de la compañía y de Evelyn fuera del país. Lo que no sabía hasta hoy es que el matrimonio y su primogénito, el chico de 13 años Edward Blair, habían fallecido de una forma tan dramática.


- A lo mejor si usted no se hubiera ido con todo el poco dinero que le quedaba a la familia Blair hubieran podido asistir a la mujer y tratar su peste blanca, su primogénito no se habría escapado de casa causando su muerte y el conde no hubiera muerto de pena y soledad en su casa ¿lo había pensado?


Anderson se quedó en silencio. ¿Su avaricia había asesinado realmente a toda una familia? No, era imposible que fuera culpa suya.


-Así que destrozó la infancia de un niño, Edward Blair, por avaricia...


-El muchacho no mostraba aptitudes de todas formas. Solo era un niño estúpido al que no le interesaba la vida real. Su padre estaba deseando enderezarlo como un hombre, pero el niño solo prefería jugar con su madre por todos los teatros que visitaba. Hágame caso, esa familia ya estaba destrozada de por sí, sin yo actuar.


Robertson se quedó en silencio mientras seguía rascándose sus patillas con preocupación.


-Entiendo.


Un grito femenino de sorpresa se escuchó desde el salón, parecía haber ajetreo en los salones, como si una estampida de animales hubiera irrumpido por el club nocturno.


-¿Qué demonios es eso?- dijo Anderson mientras se levantaba.


Robertson pegó un golpe en la mesa colocando el contrato.


-Rápido, firme y tendrá su dinero.


Anderson no dudó, firmó mientras deslizaba un fajo de billetes donde iban las 5.000 libras, pero seguía intrigado con lo que pasaba fuera. Cuando terminó de firmar el gentío y la marabunta de pasos que se escuchaba fuera llegó hasta la puerta del despacho nº 7.


-¡Abran a Scotland Yard!


Anderson se levantó tembloroso, mientras que Robertson se quedaba sentado tomando su té.


-¡Imposible!


La puerta cedió, y un par de guardias uniformados venían acompañados de un inspector fumando pipa y mirando su reloj aburrido.


-Mark Anderson, por orden del estado Británico está usted detenido por desfalco, fraude y blanqueo de dinero.


Los agentes esposaron al gordo, que no opuso resistencia alguna.


-¡Imposible! ¡Este hombre es el causante de todo!- gritó señalando a Robertson.


El inspector de Scotland Yard cerró su reloj de bolsillo y le dio un apretón de mano a Robertson.


-Buen trabajo, Smith. Es la primera vez que me das un buen chivatazo. Va a ser verdad que puedes ser un valioso enlace a Scotland Yard.


Robertson...o Smith, quien fuera, asintió con la cabeza con una sonrisa de oreja a oreja. Pero Anderson seguía gritando.


-¡Esto es inaudito! ¡No tienen pruebas!


El inspector levantó el contrato fraudulento y se lo estampó delante de su cara.


-Tenemos una prueba firmada contra usted por blanqueo de dinero. Y un testigo presencial de la policía.


De entre las cortinas, estornudando, salía un agente torpe de la policía de Scotland Yard. Había estado aguantando todos sus estornudos todo lo que podía. Lo había conseguido, pues tenía un resfriado de tres pares por culpa de un incidente en el Támesis.


-¡Y lo he escuchado todo! ¡Atchís!


Pero Anderson seguía en sus treces.

-¡No os saldréis con la vuestra! ¡Tengo una propiedad con la que puedo pagar mi fianza!

El recién nombrado Smith (o Robertson, para Anderson), replicó:

- Claro, con su enorme propiedad que ha mandado a destrozar. Una lástima. 

-¡No!- gritó Anderson al percatarse de la metida de pata que había cometido.

El inspector se acercó a Smith, su investigador independiente y le susurró:

-¿Tienes el dinero de este canalla?

-Pues no, la verdad es que no ha traído el dinero, pero ha confesado.

Obviamente, era mentira, Smith/Robertson había hecho desaparecer las 5.000 libras como por arte de magia, como un truco de prestidigitación practicado y ensayado.

-Lástima. Se lo sonsacaremos a él- concluyó señalando a Anderson.

El inspector salió fuera con motivo de contactar con base. A Anderson lo arrastraban entre los dos policías hacia el exterior. Entonces, desde la puerta, pudo ver toda la habitación, y como en un hueco, había ropa tirada.


Había unos tirantes y un chaleco. Anderson enloqueció.

-¡Tú, traidor! ¡Tú eras el francés, el tal François que me trajo aquí! ¡También eras Robertson, el asesor financiero! ¡También eres un investigador independiente, el señor Smith!- Anderson reía de forma enloquecida.


El personaje se quitó las patillas falsas que tanto le incomodaban, así como la peluca castaña, dejando ver un pelo rubio frondoso. Acto seguido, mientras se acercaba a Anderson, se sacudió el pelo dejando caer un polvo amarillento que daba lugar al rubio de François para pasar a un color castaño natural. Al final quedaba una cara que no había visto nunca. François/Robertson/Smith se colocó su traje de frac, una chistera y un bastón. Anderson seguía gritando mientras los guardias lo llevaban fuera a rastras.


-¡¿Quién demonios eres tú?!


El enigmático personaje se acercó a él.


-Nadie. Porque ahora sé que estoy muerto, en parte por tu culpa.


Mark Anderson reprimió un grito de sorpresa al saber lo que ocurría.


-¡Edward Blair!


El extraño negó con la cabeza.


-No...Edward Austen. Y no temas, viejo amigo...que yo seguiré dando mal uso a tu nombre por ti. Te lo aseguro.


Yo, Edward Austen, salí del club con 5.000 libras en mi bolsillo, los cuales se perdieron en volver a abrir el arruinado teatro Vaudeville. Y una vez sin dinero,
 tenía que pensar en otro golpe. Se hablaba mucho de los banqueros Doyle, y eso me llamaba mucho la atención. Al fin y al cabo, el dinero llama al dinero.

Scotland Yard encarceló a Mark Anderson, el canalla representante de artistas. Sin embargo, hubo gente que seguía maldiciéndolo, pues a pesar de estar entre rejas parecía seguir haciendo de las suyas. Quizás alguien que se hacía pasar por él.



Y esto es lo que pasa cuando te pagan con tu misma moneda.


jueves, 4 de octubre de 2012

Lo esperado

Ya ha ocurrido.
Ha llegado la hora de pagar mi deuda.
Sé perfectamente que él esperaba que eligiera la segunda opción, a pesar de hacerme creer que me ha dejado decidir entre ambas.
Pero no importa, al fin y al cabo tenía que pasar.
No conozco lo suficientemente este mundo como para saber dónde, cómo y con quién mantener una conversación. Mucho menos un trato.
Ahora sé al menos con quién no.
Pero si siempre sale ganando, ¿por qué todo el mundo recurre a él? No debo dar por sentado que no habrá un "nunca más". Al menos sí un "ten cautela".

No sé como voy a llevar a cabo mi pago, ni tampoco puedo pedir ayuda. Aunque es mejor, porque ya ha llegado el momento de pagar por mis propios problemas sin pedir ayuda a los demás. Podré hacerlo, y si no... ¿y si no qué?
Ni siquiera me he atrevido a preguntar.

Con su misterio, su conveniencia y su capacidad para conseguir lo que desea... más que un hombre llamado Petrelli, se asemeja a un Rumplestinski que ha olvidado su nombre.
Solo que este cuento no tiene aún su final feliz.

lunes, 1 de octubre de 2012

Mensaje en una botella




"Amor mío…
Hay tantas cosas que tras todo este tiempo podría contaros…
No sé ya qué hacer, cómo hacer para que mis palabras lleguen a vosotros, pues no confío en los dioses como portadores, no porque piense que se les van a caer de los bolsillos, sino porque dudo que sepan expresarlas igual que yo.
Es posible que el viento te las lleve cuando las guarde con secretos entre mis manos, y luego… bueno, está esto.
Hay confines de Metáfora que quedan más allá de la imaginación, más allá de los sueños, dicen. Solo se me ocurre una cosa que pueda haber en ese lugar tan absolutamente maravilloso, y esa cosa sois vosotros. He pensado que quizás, si escribo estas letras, las encierro dentro de una botella, como en tantos cuentos se hace, y la lanzo al mar, llegará al puerto donde os encontréis.
Este mundo sigue siendo igual que el anterior, que el que nosotros vimos. Los mismos amaneceres vuelven cada mañana, creo que esperan que algún día os asoméis de nuevo a la ventana y les sonriáis. Llueve aun, y la lluvia, como los sueños, tampoco se ha perdido, ni las flores, ni la bruma. Tampoco las estrellas, siguen ahí arriba, mudas y temblorosas.
Son tantos los cuentos nuevos que podría contaros… hay nuevos héroes, nuevas batallas, nuevos amores imposibles y amistades inquebrantables. Hay nuevos monstruos también, y villanos, y brujas ¡y pesadillas! ¡Pero hay nuevos valientes que se atreven a enfrentarlas! Valientes de los que os gustaría disfrazaros, que desearíais ser algún día, y ella y yo os miraríamos combatir lo inimaginable, soñar con lo improbable.
Os extraño tanto…
Un día, quizá pronto o quizá no, estaré con vosotros. Hasta entonces tendré que conformarme con escribiros y con deciros de forma breve, pero intensa, que os quiero."

"Bajo agua"


“Bajo agua”. Ese era el nombre con el que comúnmente los piratas y otros hombres de mar, conocían aquel extraño lugar. Lancel se había tomado al pie de la letra el dicho que reza “el capitán se hunde con el barco”, y para demostrarlo, cuando su propio barco encalló en la costa de Puerto Viejo, cansadas ya sus gastadas tablas de tanta agua y tormenta enfrentadas, decidió que era hora de echar amarras por última vez. Orillado y hundido, el viejo navío descansaba desde hacia bastantes años. La proa salía parcialmente a la superficie, permitiendo a los visitantes entrar por la escotilla para descender al interior, que a pesar de la pronunciada inclinación del barco, estaba plagado de mesas y sillas, e incluso una barra digna de cualquier posada, dispuestas para cualquier pirata o corsario que quisiera echar un trago, una siesta, o lo que se terciase.

Aquella noche el cielo traía quizá demasiadas nubes como para lanzarse a la mar, y un par de barcos se encontraban ya besando la costa de Puerto Viejo, y sus honrados tripulantes con un pie (o los dos) “Bajo agua”.
Dejando a varios marineros a cargo, el Nereida era otro de los barcos que acababa de echar amarras. Entre risas y promesas de un buen vino, varios de sus hombres bajaron las inclinadas escaleras de la ahora posada, y automáticamente una sonrisa se dibujó en el rostro de varios de ellos. Stefan miró a su alrededor, y ante ausencia de dama alguna desinfló el pecho y devolvió su espalda a su postura agazapada, a juego con los ojos. El capitán, como era su costumbre, echó un vistazo para anotar mentalmente quienes de los allí presentes podían conllevar problemas esa noche. Lobo y Florian, por su parte, se dirigieron hacia la barra sin más dilación que un par de saludos, de Florian con la mano alzada y de Lobo con una sonrisa amplia, respondidos de alguna forma por parte de quienes fueran (siempre, claro está, que no estuviera el saludado demasiado ebrio como para devolver el gesto).
Tras la antigua tabla por las que más de un prisionero o amotinado había paseado antiguamente, y que ahora servía a modo de barra, Lancel sonrió al verles.
- ¡Dichosos los ojos! ¿Ha sido el timón o el viento quien os traído hasta aquí? – Lancel puso un par de vasos sobre la tabla y vertió en ellos con rapidez lo que sabía más que de sobra que pediría cada uno de ellos
- El capitán, en realidad – Lobo sonrió y alzó su vaso a la altura de su nariz, aspirando el fuerte olor que desprendía – Ahhh… - suspiró – No se os olvida, ¿eh?
- Se me olvidará el día que a mis oídos llegue que navegáis cerca de esta costa y no echáis amarras para pasaros por aquí – rió
- Parece una noche tranquila – incluso fuera del barco, el capitán no bajaba la guardia ni despejaba sus formas
- Vamos, Razvan, relajaos – Lancel dio un leve empujón a su vaso, instándole a que lo cogiera – Y bueno… puede que para algunos no sea tan tranquila, o al menos noche al uso
- No hay mujeres, ¿qué tipo de barcos hay en puerto? – Stefan dio un trago rápido de su bebida y se frotó la nariz
- Dos, de piratas y corsarios con la cabeza llena de supercherías – asintió Lancel
- ¿Cómo puede traer mal fario llevar mujeres a bordo? ¡Al contrario! Es una bendición para los oídos, la vista… - Stefan negó con la cabeza con el ceño fruncido
- El tacto… - sonrió Lobo
- La música… - añadió Florian bebiéndose de un sorbo su vino, sin inmutarse por ello
- ¿La música? – Lancel lo miró extrañado
- Le gusta oír cantar a las mujeres – Lobo se encogió de hombros
- Hablando de… - Lancel retiró el vaso de las manos del joven pirata y lo apuró, soltándolo sobre la tabla con un leve golpe – Lobo – chasqueó la lengua – Debéis salir de mi barco
- ¿Qué?
- ¿Qué habéis hecho? – Razvan lo miró con severidad
- ¡Nada! ¡No me ha dado tiempo!
- A saber… - añadió Stefan mientras Florian asentía con la cabeza
- No ocurre nada, pero hacedme caso, os gustará salir, le he hecho cambios a la cubierta
- Os referiréis a la parte visible, imagino – supuso Lobo incorporándose sin entender muy bien aquello mientras el capitán escudriñaba el rostro de Lancel, que mostraba una amplia sonrisa
- Así, es, no perdáis detalle, os gustará lo que la vista ofrece
- Si vos lo decís…

Sólo nuestro



Un paso más, una nueva pincelada en el boceto y una nueva huella en nuestro camino. Cada momento tiene que ser intenso, y las decisiones más dulces son las que se toman de repente.
Lo llevaba pensando un tiempo, desde que lo encontré. Antes de hacerlo me sentía tan sola que no era capaz de irme a vivir a un lugar apartado de alguien. Pero ahora ya estaba lista para pedírselo, a la mínima oportunidad que me ofrecieran sus palabras.

Me encanta ser impulsiva en estos aspectos, al igual que me gusta que él también lo sea.
Parece tan grande en comparación a como lo imaginaba.
No sé que voy a hacer con tantas habitaciones. Quizá en un futuro se ocupen, pero ahora... pueden ser cualquier cosa que imaginemos.
Y su reacción al preguntárselo, al remar hacia nuestro refugio, al confirmar que nos quedaremos ahí... no quiero pensar en nada más.

Nunca pensé que tendría mi propio lugar, algo a lo que llamar hogar y que no esté ligado únicamente a personas.
¿Quién ha dicho que sólo podemos tener un hogar?

jueves, 27 de septiembre de 2012

Montaje


Damas y caballeros, es un gran placer para mí enseñarles este cacho de cacho de montaje realizado por la fabulera de Nereida ^^.

Como sin explicación quizás no se entienda, la cara de ella es la de su antepasada (que curiosamente coincide con la suya propia) y la de él la del ya conocido por algunos, señor Aleksander Piatroski.

No me preguntéis como, pero no se nota nada el montaje O.O

Gracias Nere!^^

martes, 25 de septiembre de 2012

El precio de la vida...

Bueno señores, cuelgo esto porque por fin he arreglado las cosas de la moneda.
Lamento la tardanza pero, honestamente... me daba una pereza...

Aquí va, se aceptan ruegos y preguntas:


1 Luar tiene 2 Tir
1 Tir tiene 50 umbra

Luar: Luz de la noche (gallego)
Umbra: Sombra (latín)
Tir: Tierra (galés)

Sueldo medio-bajo en Ushâr: 10 luar  (medio bajo quiere decir... por ejemplo, el suelto de un agricultor).


Mi intención es hacer una tabla con costes de cosas varias, pero quería ver primero si esto se entendía.

Ya me contáis ^^

domingo, 23 de septiembre de 2012

Jaque mate

Después de un tiempo, en el que todo parecía muy gris. Todo se vuelve tan oscuro... que hay que reunir el valor para retirar el velo, y buscar una salida. Porque en el juicio todo estaba manchado de mentiras, tantos sinsentidos. Y ahora otra vida, como la de tantos otros antes, está en peligro. Y a ella no parece no importarle.

Tal vez el hastío por una carga demasiado grande, durante demasiado tiempo. Una vida en la que empiezo a adentrarme, buscando a ciegas una respuesta. Y todavía no sé por qué me importa tanto. En poco tiempo, ella me ha hecho ver la niebla, lo oscuro de mi interior, y me ha enseñado a aceptarlo.
También a quitarme la cadena que durante tanto tiempo me he impuesto. Y aunque el objetivo se ve cada vez más cercano, menos sentido le encuentro a mi presencia en ese lugar.

Lo que intenté por primera vez, fue condenado.
Ahora otros toman el testigo, y son aclamados por ello.
Una pieza inútil en el tablero.

Y aunque me retire del juego, libre por fin, siento de veras que estoy haciendo algo importante.
Volveré a viajar, volveré a sentir.

Detenerse es marchitarse y morir

jueves, 20 de septiembre de 2012

Mi lugar


Nunca pensé que acabaría en un lugar como este. Cada día me encanta más estar aquí, sobre todo después de mi primera misión en Escocia, con desapariciones, castillos con fantasmas y un laberinto que tan solo aliviaba el reclamo de un alma solitaria en busca de la salida o de al menos... compañía.

Esa sensación que deja el hecho de haber ayudado a alguien, aunque en este caso... ese alguien ya no estaba en este mundo, pero aún así incluso ellos pueden llegar a ser felices.
Voy a extrañar el grupo, a pesar de que ese tipo era un tragón y me sacaba de quicio, y ella me echó la bronca alguna vez por mi humilde e insaciable curiosidad. Seguro que nos volveremos a ver.

Ahora estoy con Christian. Al final Michel ha decidido asignarnos como compañeros permanentes, con una sutil prueba.
¡Auch! ¡Me duele todo el cuerpo!

Hemos luchado contra enredaderas que nos han atacado sin ningún tipo de reparo, y no contento con eso, el suelo se ha caído bajo nuestros pies y hemos acabado nadando con sirenas.
¿Dónde están las sirenas de los cuentos que eran maravillosas y dulces? ¡Porque estas han intentado comernos!

En fin... a pesar de todo esto, sé que es el comienzo de algo bueno, algo que podré usar para ayudar a los demás y tener aventuras también.
Este es mi sitio, el lugar al que quiero pertenecer.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Volver a nacer


Una bocanada de aire entró a través de sus fosas nasales, como si de algún modo volviera a nacer. Abrió los ojos despacio descubriendo ante él a la oscura noche que plagada de estrellas parecía un manto impenetrable. Lo último que recordaba era a sí mismo hundiéndose, y la visión poco alentadora de varias mujeres parcialmente desnudas nadando hacia él a toda prisa, con una sonrisa cruel en los labios.
Estaba tumbado sobre la arena, fría. El helor se había refugiado en cada rincón de su cuerpo, carcomiendo sus huesos y haciéndole temblar. Descalzo, apenas vestido y con varias algas anudadas casi decorativamente en sus brazos y en la melena, Razvan se sobresaltó cuando al mirar a su lado se percató de una figura que le observaba. Retrocedió ligeramente sin levantarse y sin dejar de mirarla, cerró los ojos con fuerza y volvió a abrirlos, como intentando cerciorarse de que no se trataba de un espejismo, producto posiblemente de haber tragado demasiada agua de mar.
La silueta no era ni más ni menos que la de una mujer. Tenía el cuerpo sumergido en el agua hasta la altura de la cadera y el resto descansaba sobre la orilla, totalmente desnudo aunque cubierto por una larga cabellera levemente mojada.

- ¿Quién… quién sois?
- Nimué – su voz era suave, como el mar en calma, casi parecía que el viento la arrastrase hasta sus oídos
- Razvan – tragó saliva - ¿Sois una…?
- ¿Sirena? – ella sonrió con dulzura y negó con la cabeza, haciendo moverse el collar de pequeños trozos de coral que llevaba prendido al cuello – Nereida
- ¿Nereida? ¿es similar o…? – aun trataba de ubicarse, de centrarse, apenas podía terminar una pregunta sin empezar otra en su cabeza
- Quien no nos conoce nos confunde a menudo. Las sirenas son malvadas, no quedaría nada de vos si yo fuera sirena, y sin embargo – lanzó un breve vistazo a su espalda y del agua emergió una larga cola similar a la de un pez, terminada en un par de aletas grandes y casi translúcidas, de un color azulado que perfectamente se confundía con el mar – somos muy parecidas a simple vista
- Comprendo – sonrió escuetamente, algo más tranquilo - ¿Cómo he llegado…? ¿me habéis traído vos?
- Así es – rió – Las sirenas devoran a los hombres que se extravían en el mar, nosotras los llevamos a casa
- Pues… gracias – esta vez su sonrisa fue franca
- ¿Por qué saltasteis?
- ¿Disculpad?
- Iba siguiendo el barco, el lugar estaba plagado de sirenas y si algún marinero caía al agua estaría perdido, así que seguí vuestra estela… y – dio un par de suaves aletazos – Os vi saltar. No caísteis, he visto a muchos caer por la borda, pero vos saltasteis – parpadeó, curiosa - ¿Por qué?
- En primer lugar… ignoraba que esa zona fuera hogar de sirenas y en segundo lugar… bueno, estaba escapando, así que… - una ráfaga de aire le hizo recordar que su cuerpo estaba entumecido hasta los huesos y se abrazó a sí mismo
- ¿Escapando? ¿por qué? ¿de qué? ¿no eran amigos vuestros esos hombres?
- No, señorita, eran mis carceleros
- No parecéis malvado – sonrió encogiéndose de hombros
- Supongo que ellos no juzgaron lo mismo – un ruido a su espalda le hizo girarse repentinamente

Juraría que algo se había movido… y sin embargo allí no había nada, solo arena y silencio. Suspiró, y al volver la vista al agua, la joven había desaparecido dejando solamente, en el aire y tras de sí, un leve chapoteo de espuma y sal. Varado en la orilla descansaba un collar de coral. Razvan lo observó durante un momento y una ola lo trajo con suavidad hasta sus pies, dibujando en sus labios una sonrisa. Lo cogió con ambas manos y se lo anudó con cuidado en la muñeca, luego dirigió la mirada al mar y como si ella pudiera escucharle o responderle, preguntó con voz queda:

- ¿Volveré a veros?

miércoles, 5 de septiembre de 2012

Grilletes contra el vuelo


Sentado sobre el marco de la ventana, como cada mañana, contemplaba el amanecer tras las casas de la ciudad. A pesar de lo repetitivo del suceso, a sus ojos un amanecer nunca era igual que otro. Le fascinaban, su mirada se perdía más allá de las nubes anaranjadas, tratando de imaginar qué habría al otro lado. A menudo soñaba con volar, más allá de los grilletes y los muros, más allá incluso de las nubes y el alba, saludar a la mañana desde lo alto, como las aves. Sin embargo, su sino era aquella prisión de arena donde todo se pudre por dentro.
Dirigió la mirada a sus extraños brazaletes, colocados desde hace años en torno a sus muñecas. A ojos de cualquiera podrían parecer pulseras poco ostentosas, llenas de grabados y símbolos que a simple vista pasaban desapercibidos.
Se encontraba recostado cuando un pájaro pequeño, del tamaño de un ruiseñor pero con los colores vivos del cielo, se posó sobre su vientre. El roce de las diminutas patas del ave sobre la piel desnuda le hizo sonreír, como si el animalito le hubiera hecho cosquillas.

-        -  Buenos días – pasó el dedo índice con suavidad sobre la cabecita emplumada y el pájaro cerró los ojos – Es temprano – y asintió como si comprendiera el silencio del animal – Lo sé, para mí también lo es, pero me gusta ver esto – añadió señalando hacia afuera con la mirada

Pasó un rato en compañía del animal, acariciándole el plumaje despreocupadamente, hasta que un par de golpes en la puerta interrumpieron su paz.

-       -  Márchate, tú que puedes – susurró al pájaro poniéndole la nariz en la cabecita mientras, a su vez, el ave emitía un leve y dulce silbido. Luego, la dejó volar hasta perderla de vista.

De nuevo, dos golpes en la puerta. Casi los había olvidado, al igual que su encierro, pero la voz de quien le aguardaba fuera se aseguró de recordárselo:

-       -   Khalid, tenéis trabajo. Preparáos.

miércoles, 8 de agosto de 2012

¿Arriesgarse a vivir o quedarse a morir?


Llevo toda la noche dándole vueltas a lo mismo: tengo que salir de aquí.
Por mucho que trato de convencerme a mí mismo, no nos sacarán por las buenas. No habrá un intercambio de prisioneros y después de demasiados días (he perdido la cuenta), tampoco parece que quieran darnos una muerte rápida. En realidad no sé cuál es el propósito de tenernos aquí encerrados, pero estas paredes se estrechaban cada vez más, y cada día que pasa somos menos.
Tiene que terminar esta noche, sea como sea.
Solo se me ocurre una forma de salir: muerto. ¿Cómo? Supongo que es una buena pregunta pero he tenido tiempo para pensar, de hecho, es lo único que he podido hacer en todo este tiempo.
A lo largo de estos días no han sido pocos los compañeros que nos han abandonado, y siempre ocurre lo mismo. Un tipo baja, le propina al cadáver una patada en las costillas para asegurarse de que no queda ni un soplo de vida en su cuerpo, y lo arrastra hacia el exterior.
Cuando nos trajeron aquí pude ver una zanja, a no demasiados metros de ese antro, donde tiran los cadáveres para que no huelan más de lo debido y así evitar a los carroñeros. Nadie se preocupa por un puñado de muertos, nadie vigila aquel agujero en el suelo.
No, no es el mejor plan del mundo, pero es el único que tiene un mínimo de posibilidades.
Solo tengo dos alternativas: Arriesgarme a vivir o quedarme a morir.

Comentárselo a Ricardo no es una opción, no es el mejor del mundo mintiendo y si quiero que todos aquí abajo piensen que he muerto, tiene que ser así.
Espero toda la noche bocabajo, por la sencilla razón de que si mi primer saludo va a ser esa patada en las costillas para voltearme, no sé si podré contener el gesto en la cara, y de esa forma evitaré que se vea cualquier mueca de dolor.
La mañana llega, supongo, porque escucho el talón de unas botas bajando los escalones hasta nosotros. Quien sea comienza a dar voces para despertarnos, llamándonos cosas agradables como “bastardos”. Tal como espero que ocurra, un golpe seco en mi costado.

-          Eh, ¡despierta! – otro golpe, esta vez más brusco, consiguiendo ponerme bocarriba – Este está muerto, ayúdame… - supongo que le dice a otro compañero

Dos manos me agarran los brazos, otras dos las piernas y me levantan. Por el bamboleo deduzco que estamos subiendo las escaleras mientras escucho mi nombre perderse abajo en voz de Ricardo. Evito suspirar. Supongo que salimos de allí porque noto la luz del sol en la cara. Llevamos tanto tiempo abajo casi en la oscuridad que cuando abra los ojos me costará ver bien. Escucho gente a mi alrededor, hablando, moviendo cosas. Me encantaría abrir los ojos ahora. Sin previo aviso, las manos dejan de sujetarme y siento mi cuerpo caer y chocar contra algo nada uniforme y duro. Huele a podrido y mi nariz ha quedado aplastada contra algo pegajoso. Entreabro los ojos y me cuesta adaptarme a la luz, pero frente a los míos encuentro otros, abiertos y oscuros, pero muertos. Contengo el estómago como puedo, no es menester vomitar ahora, aunque estar tirado sobre una pila de cadáveres no ayuda a mi propósito. Trago saliva y giro despacio la cabeza, para comprobar que no hay nadie mirando al foso, y en efecto, nadie observa.
Miro con detenimiento las paredes a mi alrededor. No es excesivamente profundo y está excavado en la tierra, así que hay un montón de recovecos que puedo utilizar para agarrarme. Me muevo despacio, reptando sobre los cuerpos hasta llegar a una de las paredes y comienzo a trepar muy despacio, con cuidado de no resbalar ni hacer ruido. No puedo evitar recordar cuando mi superior insistía en que la calma es mejor amiga que la prisa. Cuánta razón tenía.
Después de pensarlo unos segundos, asomo ligeramente la cabeza, lo justo para ver qué tengo cerca. Delante de mí, a pocos pasos hay un tipo vuelto de espaldas. Por la postura diría que parece tranquilo, aunque claro, un montón de muertos no son asunto de alterarse, no van a ponerse en pie, ¿no? 

No parece demasiado atento a lo que ocurre tras de sí y en su espalda, prendido de un cinto lleva un cuchillo. Quizás con un movimiento rápido… Miro alrededor, no hay más hombres, pasean a distancia pero ninguno lo bastante cerca, al menos, si consigo ser lo bastante ágil.
Apoyo los brazos y me quedo de rodillas en el suelo, tras él. Me incorporo despacio y trato de no proyectar sombra que pueda extrañarle. Una mano en su boca, con la otra desenvaino el cuchillo de su cinturón y su garganta da un paseo rápido por su filo. Lo dejo tumbado despacio, me hago con los otros dos cuchillos que lleva encima y sin apartar la vista lo empujo al foso.

“Venga, Tomás, corre”. Me pongo el cinto y, agachado, espero el instante oportuno para correr hacia la puerta donde están mis compañeros retenidos.
Creo que las piernas van a fallarme de un momento a otro, pero llego casi a la entrada de aquella prisión socavada en la tierra. Dos hombres en la puerta. Dos armas en mis manos. Tiene que ser visto y no visto. Respiro profundamente y con el dorso de la mano me seco el sudor que resbala hasta mis ojos. Tengo la espalda contra la pared, que me da cobertura. Suelto aire y abandono mi escondite, lanzando dos tajos lo más certeros posible. Uno de los hombres abre la boca con intención de dar la alarma, pero llego antes a su cuello que su voz, la sangre salpica en mi cara y él cae desplomado. El otro me apunta con el mosquete y lanzo el cuchillo, que se clava en su pecho. Me quedo solo con el silencio, los dos yacen en el suelo.
Suspiro y recupero el arma del pecho del tipo, y ya de paso las llaves que cuelgan de su cinto. Echo un vistazo rápido, nadie parece haberse percatado, pero no es menester perder el tiempo.
Bajo los escalones tratando de ser silencioso, pero cuando le llega el turno al candado no tengo mucha suerte. Cruje el hierro al girar la llave. El ruido ya está hecho. Me doy prisa en llegar a ellos y los zarandeo.

-          Shhhh – es todo cuanto digo, quiero evitar alboroto
-          ¡Maldito bastardo! – alguien me engancha de la camisa, reconozco la voz de Ricardo y le tapo la boca con rapidez
-          Las explicaciones luego, ahora toca correr – sonrío mientras le aparto la mano de la boca y él me devuelve la sonrisa
-          Otra vez – me tiende la mano y se la estrecho
-          Otra vez

viernes, 3 de agosto de 2012

Aferrado a la esperanza


¿Vivo?.. Las palabras de la vieja adivina resonaron en su cabeza como las campanas de la mayor de las catedrales . Aun... No puede ser, la sangre de ella, sus piernas... pude ver el sangrado... No entiendo nada, el médico aseguró la pérdida, quizás la mujer se equivoque, quizás. Pero ahora más que nunca quiero creer aunque me aterre, y sólo puedo pensar en su rostro si fuera cierto, en sus caras más allá de toda credulidad, dela felicidad recuperada. Del dolor, por el que han tenido que pasar...

No sé si será , pero se que si existe una posibilidad, debe estar mi mano conseguirla y haré cuanto sea por traerlo de vuelta.

... Supongo

miércoles, 11 de julio de 2012

A media noche

Azucenas. El olor a azucenas revoloteaba en el ya apagado jardín. Las dos lunas se enfrentaban en distintos cuartos, rodeadas de un sinfín de estrellas. Se había sentado en el mismo lugar de siempre, justo en el centro de un enorme arbusto que bien podría parecer una pequeña cueva hecha de ramitas y adornada con flores azules. La luz de la noche se filtraba por sus recovecos iluminándole parcialmente la cara. Tenía los dedos parcialmente sumergidos en la tierra húmeda y blanda. Abrió los ojos al escuchar el crujir de las hojas y dirigió la mirada al lugar del que provenía el sonido.

 - ¿Importuno? – el hombre esbozó una sonrisa e hizo una leve pausa medio acuclillado
 - Vos nunca – susurró devolviéndole la sonrisa y haciéndole un gesto con la cabeza, invitándole a tomar asiento a su lado
 - ¿Es una mala noche? – cambió su tono de voz a un susurro, igual que había hecho ella antes, y se sentó cruzando las piernas
- Es una noche más – desenterró las manos y comenzó a sacudirse la tierra de ellas – Pero supongo que no has venido a hablar de la magnífica noche que espera fuera
- No – Céfiro le cogió las manos, continuando la labor que ella acababa de empezar y fijó sus ojos en los de ella – El tema que me trae es algo más… desagradable
- Esa palabra se ciñe a vuestros asuntos pero rara vez a vuestra persona – sonrió
 - Lo tomaré como un cumplido
 - ¿De qué se trata? – a ninguno de los dos le gustaba demasiado andarse por las ramas
- Estáis en peligro, Evelyn
 - Constantemente, Céfiro – no pudo evitar una leve carcajada
- Consideradlo entonces un añadido – soltó sus manos ya limpias con cuidado – Se os cree culpable del asesinato de la mujer del señor Kenney
- Algo he escuchado – suspiró bajando ligeramente el rostro, que su compañero alzó apoyando el índice en su barbilla
- Deberíais prestar oído a esas habladurías
- ¿No vais a preguntarme si son ciertas esas habladurías? – sonrió con ironía
- No vengo en calidad de confesor, querida mía
- Es un alivio – su gesto se tornó franco y le acarició la mejilla con el dorso de la mano - ¿Por qué me avisáis?
- Me parece adecuado hacerlo
- Siempre tan parco en palabras
- Las palabras cumplen su función, que es desvelar misterios, por eso tengo cuidado con las mías… pero os diré algo, Evelyn… hayáis sido vos o no, no creo que este asunto sea algo simple
- ¿Os gustan las azucenas, Céfiro? – dijo rozando con los dedos una de las flores que pendía cerca de su cabeza
- No especialmente, pero a vos sí
- Aún tengo aquella que me regalasteis. Solo una, atrapada en un frasco de cristal sin ningún tipo de adorno o grabado
- La recuerdo – asintió con una sonrisa
- Siempre sois tan acertado…

miércoles, 27 de junio de 2012

El filo...

Aquí las espadas gemelas que lleva Edahi (el guerrero de Drakooner)





Aquí la espada (en este caso un sable) de Tomás de Santiago



Aquí la espada de Korvash (la hoja es normal y corriente, sin filigranas ni grabados)




Aquí la daga de Korvash



(Entrada rara, ya, pero no sé, me dio por ahí) Si tenéis curiosidad en alguna otra, decidme y trato de buscar ^^
 


sábado, 16 de junio de 2012

En las pausas...

Una vez más, la noche y la niebla se apoderaron del lugar. Había sido un día difícil y el silencio se había coronado rey del momento y la espera. A pesar de la calma, los ojos del joven soldado no se alejaban del horizonte, temiéndose un ataque que podría llegar en cualquier momento. 

 - ¿Buscando estrellas? – un muchacho sonriente, soldado al igual que él, se dejó caer a su lado, sentándose de forma despreocupada 
- No se ven esta noche 
- Ni esta noche, ni ayer, ni antes de ayer, ni el mes pasado… - Edahi se echó a reír – No sé si hace más tiempo que no veo estrellas o a mi mujer 
- Creo que tu mujer te dará una bienvenida más cálida que esas de ahí arriba 
- Oh, eres muy gracioso, tal vez podrías dejarme uno de tus escritos, quizá con eso el recibimiento sea aún mejor 
- Dice muy poco de ti que me necesites para agradar a tu mujer – Korvash sonrió – Aunque si me lo pides por favor, podría dejarte alguno 
- Muy amable – dijo con cierto sarcasmo mientras cogía una pequeña bota que colgaba de su cinto y luego dio un trago al contenido
- ¿De dónde demonios has sacado vino? – no pudo evitar la mueca de incredulidad 
- La gente me quiere, ¿sabes? 
- ¿Cuánto? 
- Dos luar 
- ¿Por esto? – señaló la bota soltando una carcajada – Vaya, eres un negociador nato 
- ¡Ríete de otro! ¿Se te ocurre alguna otra cosa en la que gastar dos luar aquí? 
- Está bien, siéntete orgulloso entonces de haber hecho un trueque horrible 
- ¿Tienes tu arma? – el tono de su voz y la expresión en su rostro se tornaron serios de golpe y su mirada se alejó más allá del parapeto 
- ¿Tanto te he ofendido? – la sonrisa se borró de sus labios y sus ojos se encaminaron hacia el mismo lugar que los de Edahi. Tras una pausa suspiró – Comenzará en breve 
- Avisa a los demás – ordenó sin apartar la mirada 
- En seguida, señor – Korvash asintió secamente con la cabeza y se retiró a toda prisa 
- Va a ser una noche larga…